Las elecciones presidenciales en nuestro país son ejercicios bastante -casi totalmente- personalizados, es decir, lo que importa son las características y condiciones del candidato, es el carisma y la opinión que haya logrado construir de sí mismo, es su trayectoria profesional y como dirigente político, social y/o eventualmente empresarial, su capacidad comunicativa, incluida su oratoria y a partir de la propuesta de gobierno que propone, desafortunadamente no siempre lo más relevante para los votantes, es que se va construyendo la campaña y la imagen que se busca proyectar a los ciudadanos futuros votantes.
Ahora bien, como lo sucedido en Colombia en las últimas décadas ha sido la pérdida de confianza total en los partidos políticos -esto hay que decirlo, también ha sucedido en otros países de la región y de otros continentes-, a tal punto que los partidos políticos no son útiles sino parcialmente para elegir los miembros de las corporaciones públicas, aunque también lo son los llamados ‘grupos de ciudadanos’, ello hace que el rol de las formaciones partidistas que en el pasado fuera muy determinante en el comportamiento político de los ciudadanos, hoy día son poco relevantes y en esto hay que reconocerlo ha influido el comportamiento en ocasiones muy cuestionado de las dirigencias partidistas, su ‘docilidad’ para someterse a distintos tipo de gobiernos, independiente de las afinidades políticas y el no cumplimiento de una de las tareas fundamentales de las formaciones partidistas en una democracia liberal, como lo es el control político de los gobiernos. Por ello tenemos partidos políticos, en teoría de derecha, que han coexistido políticamente con gobiernos de centro y aún de izquierda, simplemente para no perder sus cuotas burocráticas en la administración pública o su incidencia en el destino del presupuesto público. De allí se deriva, que varios congresistas igualmente actúan con la misma lógica y las normas de disciplina partidista se relajan al máximo hasta volverse un ‘rey de burlas’; todo ello como reflejo de la laxitud de los llamados partidos políticos.
Sin embargo y pese a esa realidad de las formaciones políticas partidistas, se acostumbra en la fase avanzada de las campañas presidenciales promover las adhesiones partidistas, propiciar coaliciones o alianzas políticas -pese a lo desprestigiadas que las dejó el actual gobierno, que sólo las utilizó para contar con transitorias mayorías en el Congreso para que le aprobaran sus iniciativas, no para negociar el contenido de esas reformas y estabilizar una gobernanza, como debería haber sido-. Por eso estamos en un momento en el cual se está a la expectativa de qué partido adhiere a qué campaña o en ocasiones para hacerlo más presentable, cómo un determinado partido político ‘negocia’ la adhesión a una determinada candidatura, negociación que luego no hay ningún mecanismo de hacerla cumplir y queda simplemente como una constancia histórica.
Si tomamos como base las cinco candidaturas que aparecen con mayores opciones -aunque para muchos sólo sean las tres primeras-, tenemos que la de Iván Cepeda y Aida Quilcué es la del partido político Pacto Histórico -de la izquierda-, la de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo es la del partido Centro Democrático -de la derecha- y el Nuevo Liberalismo, la de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo inscrita por firmas -es también de la derecha-, Sergio Fajardo y Edna Bonilla, inscrita por firmas -del centro político- y Claudia López y Leonardo Huertas inscrita por firmas –igual del centro político-.
Tenemos que la candidatura de Cepeda tiene el desafío de cómo presentarse como una propuesta que incluye también a otros sectores de la sociedad, se habla del centro político, porque es claro que con los solos votos de la izquierda no alcanza para el triunfo en segunda vuelta y menos en primera como parecen soñar algunos de sus activistas -el problema es que para los votantes desencantados con Petro y su gobierno, o abiertamente opuestos, no va a ser fácil convencerlos de votar-; el fuerte de los apoyos de la candidatura de Cepeda ha sido la adhesión y apoyo de organizaciones y movimientos sociales populares, donde tiene una gran fortaleza; entonces ha empezado la búsqueda de adhesiones y acuerdos con pequeños partidos o candidatos que no tienen mucho futuro pero que ‘suman’ para mostrar una aparente coalición, como el partido En Marcha, el movimiento de la ex candidata Clara López, seguramente un sector mayoritario de Alianza Verde y otros pequeños partidos de la izquierda que por ahora no están en el Pacto Histórico.
A la candidata Paloma Valencia se sumó el partido de la U. y con alta probabilidad de que se sumen el partido Conservador y seguramente el partido Liberal, y algunos sectores minoritarios del partido Alianza Verde además de algunos pequeños partidos cristianos; adicionalmente creo que el hecho de presentarse como la primera mujer con opción cierta de ser la primera presidenta del país, puede ser un estímulo para un sector de votantes. Para ella su preocupación es ganarle en primera vuelta a su rival Abelardo de la Espriella y configurar así para segunda vuelta un escenario muy parecido al chileno -aunque igual que en el campo de Cepeda también hay algunos soñadores que aspiran a ganar en primera vuelta, pero con alta probabilidad ningún candidato va a ganar en primera vuelta-. El partido Cambio Radical se mueve entre apoyar a Paloma Valencia o a Abelardo de la Espriella.
El candidato Abelardo de la Espriella, que ha venido desarrollando una campaña del tipo outsider, prefiere, aparentemente, que no adhieran a su propuesta ningún partido político, aunque sí lo han hecho, no solo Salvación Nacional, sino algunos pequeños partidos cristianos; su estrategia de campaña va en la dirección de fortalecerse como un candidato al margen de la política tradicional partidaria; su prioridad es igualmente ganarle a Paloma Valencia para enfrentarse en segunda vuelta con el candidato de la izquierda, Cepeda. Tanto De la Espriella como Paloma Valencia deberían tener en sus cuentas que no es fácil que en segunda vuelta se dé un desplazamiento total de los votantes del candidato perdedor hacia el ganador, aunque sí es probable de las mayorías de votantes, pero seguramente un remanente podría preferir no votar en segunda vuelta.
Los dos candidatos que se reclaman del centro político, Sergio Fajardo y Claudia López que si bien no registran muy bien en las encuestas hasta ahora conocidas, apuntan a dar eventualmente una sorpresa electoral en primera vuelta -especialmente Sergio Fajardo-, aunque las probabilidades no son muchas; ambos son repitentes como candidatos presidenciales o vicepresidenciales y pretenden ser una opción para los votantes, pero un grupo de precandidatos que se situaban en esa franja del centro, participaron en marzo 8 del 2026 en la llamada Gran Consulta que ganó Paloma Valencia y ésta escogió como su fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo quien se ha reivindicado como el representante del centro político y todo indica que ha tenido acogida en determinados sectores -como lo muestran los actos de campaña posteriores-, pero veremos el 31 de mayo cómo se dan los resultados electorales.
Sergio Fajardo, en principio tiene el apoyo de su partido político Compromiso y del partido Dignidad, liderado inicialmente por el exsenador Jorge Robledo; no parece probable que haya adhesiones o alianzas con otros partidos, pero seguramente sí con determinados líderes políticos y sociales, que de hecho ya se han venido produciendo, pero para la primera vuelta no parece haber otras opciones en ese sentido.
Claudia López, seguramente aspiraba a contar con el apoyo de un sector más amplio del partido Alianza Verde, al reclamarse como heredera de unos de los fundadores, Antanas Mockus, sin embargo, esa influencia parece haberse diluido y sigue teniendo más peso la incidencia de antiguos miembros del M-19 como Carlos Ramón González, hoy día prófugo de la justicia en Nicaragua; algunos miembros y dirigentes de Alianza Verde es posible que se sumen a esta candidatura.
Todo indica que esas adhesiones, coaliciones y alianzas, son más formalidades que otra cosa, por lo menos para la primera vuelta. Probablemente podrían tener mayor capacidad de ‘jalar’ votantes ciertas adhesiones individuales de líderes o lideresas, si realmente se comprometen a trabajar por la candidatura que van a adherir, porque si el acto es solamente nominal -firmar una carta, una proclama o cualquier documento de ese tipo, la cosa no pasa de ahí-, pero sobre todo porque cada vez más los votantes, especialmente de sectores medios de la sociedad, que probablemente pueden ser mayoritarios electoralmente en la sociedad, y no los sectores populares como algunos creen, esos sectores tienden a tomar sus decisiones políticas de manera autónoma y si tienen una opinión, por ejemplo muy negativa del actual gobierno y del actual presidente, difícilmente van a modificar esa posición porque determinado líder u organización se sume a apoyar esta o aquella candidatura. Para esos sectores seguramente es más interesante ver a su eventual candidato a apoyar, debatiendo con los otros candidatos y defendiendo sus propuestas, actividad que se podría realizar de manera seria en programas de opinión de radio y eventualmente de TV, pero seguramente los especialistas en manejo de campañas, que como dirían nuestros abuelos ‘doctores tiene la santa madre iglesia’, pueden considerar que lo más productivo electoralmente es no debatir, ir a algunas plazas públicas y solazarse con algunos asistentes que los aplauden y esperar que otros mecanismos de la política tradicional hagan lo suyo.
Ya veremos cómo se dará el resultado el 31 de mayo, en un contexto regional latinoamericano donde los llamados gobiernos de izquierda tienden a ser la gran minoría y eso también es un factor que puede incidir en un sector de los votantes.
Alejo Vargas Velásquez
Foto tomada de: La Silla Vacía

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