Luego, en las elecciones del año 2026, metido a político con la lengua fácil para el insulto y la amenaza contra los enemigos que se fabricaba, especialmente los de izquierda, terminó conectando sin tropiezos con la “movida anti-petrista”; lo hizo en medio de una estrategia de guerrero contra el ubicuo mal, la misma que lo llevó a conquistar la presidencia de la República; representando ahora sí las aspiraciones de media Colombia, la de un conservadurismo retrechero, fanático del orden y la seguridad, componentes estos últimos de una confrontación bélica contra el enemigo interior, la que excluye cualquier línea de negociación para llegar a la paz; línea que por otra parte, en los últimos cuatro años, con el proyecto de Paz Total, se reveló como un proceso frágil e inestable, ineficaz en definitiva; resultado como lo fue, de una incomprensión sorprendente acerca de la naturaleza de las nuevas organizaciones armadas, también debido a equivocaciones en los ritmos y en los tiempos para las concesiones, para los ceses al fuego, esa cara invertida de la contención militar y del enfrentamiento en los teatros de la guerra, que no pueden sufrir, mientras tanto, desmedro alguno.
Ahora, después de un mes de estrenarse en el poder, el autodenominado “Tigre” se ensaya como comandante en jefe, empeñado en sus objetivos contra subversivos y delincuentes; eso sí, sin traicionar su compulsiva vocación de teatrero desmesurado; persona exagerada y aparatosa, tanto en la guerra como en la oración. Una pulsión que no le impide recibir el apoyo devoto de iglesias evangélicas y partidos tradicionales; de gremios y de medios; de periodistas y “cacaos”, los unos dueños de la opinión, los otros de la bolsa.
La preferencia por los gestos de la guerra
En escasos treinta días, Abelardo de la Espriella ha ordenado un bombardeo aéreo contra un campamento de las disidencias de Mordisco, a las que en una sola noche les mató 23 individuos, incluidos tres menores de edad; también autorizó un operativo de envergadura, con el que liquidó a Bendito Menor, en La Guajira, un narco local, obsesionado con mostrarse a diario en las redes sociales, portando cadenas de oro en el cuello y pistolas en la cintura, una auténtica “boleta de captura”, como se decía coloquialmente, blanco fácil para las fuerzas del orden, a las que precisamente se iba a entregar su novia, después de una negociación con la Fiscalía, de acuerdo con informaciones de prensa.
Lo más impactante de estas acciones ha sido, sin embargo, la presentación del bombardeo en El Guaviare que el propio presidente hizo, vestido con un traje impecable de imitación militar. Procedió a pasearse entre los cuerpos de los subversivos aniquilados, envueltos en bolsas blancas, a la manera de sábanas mortuorias, una especie de “instalación” en vivo de la muerte; creación macabramente artística, pero sin la utilería del teatro, porque los cuerpos humanos emergían como utilería, como una imitación; mímesis con la cual, el personaje que hacía de vencedor, humillaba doblemente al derrotado; lo aplastaba y enseguida lo convertía en decorado de la representación de su destino trágico. Fue la utilización del cuerpo, como anatomía de la dominación, un aprovechamiento de los despojos humanos para representar en la muerte del “otro”, la victoria vidriosa del “protagonista”; una simbolización eficaz para ganar aplausos, no por ello, menos grotesca.
Una gobernanza fácil, pero quizá no tan efectiva
El 48% de los votos totales con los que ganó Abelardo de la Espriella se convirtieron pronto en un aplauso institucionalizado, en apoyo corporativo y adhesión orgánica. Los grupos financieros hacen cola para su acercamiento por la vía de la solidaridad, lo que no quiere decir que su alianza con el gobierno no se traduzca de pronto en un dinamismo insospechado para la reconstrucción del Chocó; así mismo, los gremios no quieren verse distanciados del nuevo “príncipe”; de otra parte, los columnistas de El Tiempo se desempeñan en su inmensa mayoría como corifeos del abelardismo, la nueva corriente ideológica; finalmente, los partidos más osificados, los de tendencia conservadora, se convierten en un agregado de minorías, reflejo del establecimiento político, para dar paso a una coalición mayoritaria que le facilite la gobernabilidad al Tigre.
Los uribistas y conservadores, los de la U y Cambio Radical, sin olvidar a ciertos evangélicos y a los abelardistas pura sangre, herederos del viejo laureanismo, todos a una suman la mitad del Senado, con una proporción equivalente en la Cámara. Lo cual se crece, a la manera de la espuma, como una cómoda mayoría con el concurso del desbrujulado partido liberal, antes afiliado a la social-democracia, pero a última hora reciclado en partido de un gobierno, cuyo presidente no esconde su acercamiento y sus amores con la extrema-derecha internacional.
Solo que no se trata de una coalición de derechas tan sólida como la muestran las apariencias. Su círculo duro, el abelardismo, dispone apenas de cuatro senadores, una composición precaria que pone de presente la ausencia de un núcleo articulador; es una circunstancia de la que probablemente se siga un curso inestable en el tránsito de las leyes de origen gubernamental, las que serán siempre peluqueadas sensiblemente, si es que no corren con la suerte del archivo.
A esta condición de baja gobernabilidad legislativa, tendrá que agregarse el desgano manifiesto del nuevo gobierno, esquivo cuando se habla de una agenda legislativa seria y bien estructurada. En realidad, preferiría la gestión gubernamental por la vía de los decretos y las directivas presidenciales, como la administración Trump, su modelo. Ocurre no obstante que Abelardo no cuenta con mayorías incondicionales, además de que los decretos suelen tropezar con inesperadas restricciones constitucionales. No es de extrañar entonces que surja la sospecha de que el plan de gobierno no será muy impresionante. Genera un posible vacío que sin duda será llenado con la gesticulación y el simbolismo reiterativo, aunque poco denso en significación.
La guerra cultural
En lo que parece comprometerse con mayor ahínco el gobierno de Abelardo de la Espriella, es en el gesto, en el aparato y el exhibicionismo. Más que la guerra, a él le importa su celebración; le interesan más el tono y la consigna. Del mismo modo, más que la convicción íntima, lo mueve, en el mundo de lo sagrado, la demostración litúrgica; más que el sentimiento de piedad, el personaje ama el rezo público y la invocación ruidosa.
Sus preferencias por el grito celebratorio de la guerra y por la indiscreta adoración de imágenes marianas, se resumen en su consigna preferida, la más visible y audible, la mejor recordada en este primer mes; a saber: ¡Viva Cristo Rey! Que es un grito provocador, muy propio de milicias conservadoras, belicosamente reacias al progresismo ilustrado, el de las reformas sociales, como sucedió en la Revolución mejicana, portadora del secularismo y amiga de la reforma agraria, innovaciones que provocaban la reacción contraria en el mundo rural de los “cristeros”. Por otra parte, es algo que resuena como una diana entre las grutas del pasado, para anunciar en Colombia la contra-revolución cultural contra todo lo bueno que pueda encontrarse en la tolerancia y en la diversidad.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Infobae

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