Ante la caída del socialismo soviético y sus aliados llegó el “fin de la historia”, según Fukuyama y sus amanuenses. Se impuso la ilusión de la hegemonía indiscutible de EE. UU. y su “American Way of Life”. Todo el mundo occidental se hizo neoliberal desde los años ochenta, en mayor o menor medida. Colombia fue la última en adoptar ese modelo, en 1991, con César Gaviria y sus muchachos. Ya no fue necesario redistribuir las ganancias con los trabajadores y los excluidos para mantener el bloque de clases en el poder.
Pero todo eso ha cambiado.
En tiempos de globalización, China e India se instalaron en la economía mundial e invadieron de mercancías a Europa y EE. UU., desplazando al viejo hegemón. EE. UU. mantiene ventajas en el sector financiero y algunos servicios, cada vez más debilitadas. Más relevante aún: cada año en China se gradúan 1,5 millones de ingenieros, en India un millón y en Europa 700.000, mientras en EE. UU. solo 150.000. Este último país mantiene ventajas en innovación gracias a capturar talento humano del resto del mundo, algo que está cambiando Trump con la guerra contra los migrantes.
La multipolaridad llegó para quedarse, a pesar de la reacción tardía y belicista de Trump. Un nuevo desorden mundial está diseñando el futuro.
Digámoslo en breve. Las viejas élites dominantes en Occidente se han sentido desplazadas por la emergencia de nuevos actores económicos y sociales, que ocupan espacios de poder: llegaron las mujeres, las poblaciones LGTBI, los migrantes, los negros (remember Obama) y los pueblos étnicos, las poblaciones de adultos mayores, de discapacitados, de jóvenes, de ambientalistas, animalistas y muchos más sectores emergentes empoderados. Las élites blancas, protestantes, evangelistas, católicas, que habían construido poderes e instituciones excluyentes se encontraron amenazadas en sus privilegios y estabilidades. Ya no es la clásica amenaza de grupos sindicalistas y de comunistas.
Como reacción al nuevo orden geopolítico internacional y a los nuevos micropoderes nacionales, la derecha se reinventó vestida de nacionalismo y fundamentalismo racista en Occidente. Es el neofascismo.
En Colombia también opera ese fenómeno global neofascista, pero tiene sus especificidades.
Gracias a que los grupos insurgentes provenientes de la Guerra Fría decidieron hacer dejación de las armas y pasar a la lucha política dentro de la institucionalidad, proceso iniciado por Ricardo Lara Parada (asesinado luego por el ELN en 1985) y seguido por el M-19, el EPL y muchos grupos más, hasta el Acuerdo de Paz del Estado con las FARC en 2016, fue posible que las izquierdas, tanto la proveniente de la insurgencia como la que siempre mantuvo la lucha dentro de la institucionalidad, lograran ser alternativa real de poder. Primero en municipios y regiones, y finalmente a nivel nacional con el Pacto Histórico y Gustavo Petro.
No obstante, la segunda gran especificidad del caso colombiano ha sido la emergencia de una cultura traqueta, del todo vale, de premiar el riesgo para enriquecerse rápido y sin escrúpulos morales. La cultura traqueta a lo Pablo Escobar, endiosado no solo en Antioquia sino en todo el país. Y la corrupción se hizo sistémica como lo recalca Iván Cepeda.
El mantenimiento de grupos de poder armado locales y regionales, vestidos falsamente de insurgentes de los años sesenta del siglo pasado; el empoderamiento exitoso de la cultura traqueta en la política desde los tiempos de Uribe Vélez; más la resistencia de las clases oligárquicas a la emergencia de los indios, los negros, las mujeres, los LGTBI, los campesinos, los jóvenes, los discapacitados, los ancianos, los ambientalistas, las víctimas del conflicto armado, los raperos y mil formas de cultura pop, los sin apellidos nobiliarios, los desplazados y un largo etcétera del que muchos hacemos parte, ha entronizado al Tigre como expresión de la nueva derecha colombiana.
Lo que se juega este domingo 21 de junio en Colombia es por eso fundamental. Podemos consolidar el proceso histórico de transformaciones sociales, dentro de la institucionalidad democrática (con sus fallas y limitaciones persistentes), abiertos a los cambios que demanda la humanidad en la transición energética y adaptación al cambio climático en contexto de multipolaridad; podemos superar la cultura traqueta y de corrupción sistémica; podemos imponer la paz derrotando el poder territorial de los rezagos militaristas de actores como el ELN; podemos construir con alegría y paz una nación diversa y moderna, de la mano con Iván Cepeda.
También podemos quedarnos durmiendo este domingo, en el pantano, no ir a votar y dejar que la máxima expresión de la cultura traqueta nos conduzca de nuevo a la guerra abierta, a la corrupción con impunidad y a la mediocridad. Alias “El Tigre” representa el regreso a lo peor del uribismo y al odio de clases. Lo haría de la mano de la mafia de Miami y de la derecha neofascista. Los únicos ganadores serán los militaristas como el ELN y los Paramilitares. En manos de ustedes, amigos lectores indecisos, queda el futuro.
Jorge Reinel Pulecio Yate
Foto tomada de:

Deja un comentario