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La segunda vuelta y el deber de ganar

1 junio, 2026 By David Rico Palacio Leave a Comment

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El aire toma forma de tornado
Y en él van amarrados
La muerte y el amor.

Silvio Rodríguez

 

La primera vuelta presidencial del pasado 31 de mayo no resolvió la disputa política en Colombia. La volvió más clara, más nítida y, por tanto, más urgente. La segunda vuelta ya no es una disputa convencional entre izquierda y derecha, sino una confrontación entre la continuidad democrática del proyecto del Cambio y una restauración autoritaria representada por Abelardo de la Espriella. El progresismo necesita urgentemente combinar autoridad ética con voluntad efectiva de poder.

Lo que hoy está en juego es la posibilidad de profundizar una democracia popular todavía embrionaria frente al riesgo real de un Gobierno autoritario ligado al narcotráfico y el paramilitarismo. Por eso es urgente superar cierta insuficiencia política del progresismo frente al enemigo organizado.

Abelardo de la Espriella no llegó accidentalmente a la segunda vuelta. Tampoco es un simple personaje estrafalario, mediático y caricaturesco. Es importante desplazar la discusión desde la personalidad extravagante de Abelardo hacia lo que representa estructuralmente su figura. De la Espriella representa algo muy serio y peligroso, porque él es la expresión desnuda, frontal y sin pudores del uribismo más genuino; del país oligárquico que jamás aceptó la irrupción popular de los últimos años y que ahora pretende regresar con un discurso de orden, autoridad y revancha.

Donde otros candidatos de derecha disimulan, matizan o encubren cuidadosamente su lenguaje, Abelardo habla sin filtros y con desparpajo. Su vulgaridad y desfachatez no son accidentales, más bien hacen parte de una forma muy primaria de movilización emocional que le ha surtido efecto. Su agresividad verbal tampoco es improvisada, y ha podido conectar con sectores sociales más rudimentarios que entienden la política como castigo, fuerza y sometimiento. En él se condensan viejas aspiraciones de las élites tradicionales, tales como recentralizar el poder, restaurar jerarquías, contener reformas sociales y gobernar mediante la violencia y la exaltación permanente del miedo y la venganza.

No se trata, pues, de un mero individuo extravagante, sino de todo un proyecto político representado en su persona. Abelardo no es solo Abelardo, sino el fenómeno visible de una fuerza oculta y tenebrosa que busca restaurar el viejo régimen; es la versión descarnada y cínica del proyecto reaccionario. Por lo tanto, no es caricatura sino condensación simbólica del orden hegemónico.

Ahora bien, precisamente por la gravedad del momento, hay algo que en el progresismo tenemos que decirnos con honestidad y sin autoengaños. A estas alturas nada está ganado. Esta coyuntura ha puesto de manifiesto una tensión, y es que la virtud republicana de la serenidad y el rigor puede convertirse en insuficiencia política cuando el adversario moviliza miedo, rabia y fanatismo. Hay momentos históricos donde la entereza moral no basta, y esta coyuntura exige una disposición anímica distinta.

Las encuestas mostraban a Iván Cepeda en ventaja. Su trayectoria ética, su defensa histórica de los derechos humanos, pero, sobre todo, la favorabilidad del proyecto de cambio y la buena imagen del presidente Petro lo convirtieron en un candidato fuerte y altamente competitivo. Pero las elecciones no se ganan por superioridad moral, ni por razón histórica, ni por encuestas favorables. Se ganan construyendo una correlación de fuerzas suficientemente sólida para derrotar al adversario. En política no basta con merecer la victoria. Es preciso conquistarla.

En ciertos momentos, la mesura puede ser una virtud de gobierno, pero la insuficiencia comunicativa puede convertirse en un error electoral cuando en frente hay un proyecto agresivo y ultrarreaccionario. La gente no vota únicamente basada en argumentos.  Vota afectos, símbolos, esperanzas y temores. Y es que no basta con tener razón frente a un adversario que explota el miedo, la rabia y las más básicas pasiones. Hay que disputarle el lenguaje, la emoción y el sentido común. La política no premia a quien tiene la razón, sino a quien es capaz de organizar la fuerza suficiente para defenderla.

Hay alianzas necesarias, si bien no tan deseables. La apertura para integrar nuevas fuerzas no diluye el proyecto, sino que amplía el bloque histórico, pues se puede ganar hegemonía sin abandonar la dirección política. Se trata de sumar sin capitular, de abrirse sin desdibujarse, de construir mayorías sin renunciar al horizonte.

Conviene hablar con franqueza. Muchos sectores sociales, incluso dentro del mismo campo progresista, observan con preocupación ciertos rasgos de la campaña de Cepeda y su carácter. Su tono parsimonioso, el exceso de cautela discursiva, la limitada capacidad de confrontación pública, la ausencia en escenarios de debate y cierta dificultad para conectar emocionalmente con franjas más amplias del electorado han despertado inquietudes legítimas.

No se trata de pedir estridencia vacía, ni de convertir a Cepeda en un caudillo histriónico. La historia no le pide a Iván dejar de ser quien es. Le pide comprender el tamaño de la responsabilidad que tiene por delante. La sobriedad y la discreción son virtudes en una época saturada de fanfarronería. Pero otra cosa es confundir serenidad con pasividad o prudencia con renuncia al combate político. El problema no es si Iván Cepeda es un hombre ético —que lo es—; el problema es si comprende que, en esta coyuntura, la responsabilidad política exige ganar. Estamos cerca, pero eso no basta. Hay que corregir, salir, hablar, persuadir, conmover y pelearnos cada voto.

Hace cuatro años, durante la campaña presidencial de Gustavo Petro, Iván Cepeda publicó un recordado mensaje donde afirmaba que “las elecciones se pueden perder, pero no la coherencia ética”. Entonces recibió una respuesta que todavía resuena con fuerza. María Antonia Pardo —entonces cercana al fajardismo— le respondió con lucidez política: “No, las elecciones no se pueden perder. La ausencia de pragmatismo nos tiene en estas. La izquierda debe aprender a soltar su vocación de oposición eterna y enfocarse en ser gobierno”.

La observación era dura, pero tocaba una tensión real. La política exige asumir el peso de las decisiones históricas y sus efectos concretos sobre la vida colectiva. Actuar moralmente de un modo tan puro termina facilitando el triunfo de fuerzas peores. En política perder también tiene consecuencias morales. ¿Qué costo tendría para el país una derrota del campo democrático que ya hemos conquistado?

La política no es catecismo moral ni testimonio individual de pureza; es el arte difícil del conflicto, de la construcción de poder y de la preservación de un horizonte común. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿sigue pensando Iván Cepeda hoy que una elección puede perderse sin mayores consecuencias éticas o históricas?

Esperamos que no, porque no está en juego un simple turno administrativo del poder. Lo que podría perderse es la posibilidad de consolidar transformaciones sociales iniciadas en los últimos años y abrir el camino para un proyecto más igualitario y democrático. Perder hoy no equivaldría únicamente a un revés electoral; significaría facilitar el retorno de un modelo político que ya gobernó durante décadas y cuyos resultados fueron desigualdad, miseria, concentración de riqueza, violencia, muerte y exclusión.

Por eso la campaña de Cepeda necesita amplitud, inteligencia táctica, voluntad de poder. Necesita abrirse más, convocar sectores democráticos más amplios, disputar emocionalmente el debate público, estar presente en todos los escenarios posibles y comprender que millones de ciudadanos no votan leyendo solo programas de gobierno, sino desde emociones, percepciones y expectativas.

No basta con las plazas llenas de convencidos. Hay que hablarle a quienes dudan, a quienes temen, a quienes todavía no saben si salir a votar. Hay que convertir esta segunda vuelta en una movilización histórica, porque el adversario sí entiende perfectamente lo que está hoy en juego.

Y es aquí donde es preciso abandonar toda ingenuidad. Cuando sectores autoritarios comienzan a disputar el poder mediante la exaltación del orden, la mano dura, el castigo, el enemigo interno y el resentimiento social, ya no nos enfrentamos simplemente a una diferencia ideológica ordinaria; es más bien la democracia la que hoy se enfrenta a tendencias que históricamente han servido de antesala para formas más agresivas de dominación política. El peligro de un orden fascistoide deja de ser una exageración retórica para convertirse en una posibilidad histórica. En momentos como este la pasividad no es neutral. La indecisión tampoco.

La ética sin poder no transforma nada. Pero el poder sin ética destruye todo lo que toca. El desafío de esta hora consiste precisamente en unir ambas cosas: la autoridad moral del proyecto del Cambio con la decisión política de ganar.

¡Adelante, Iván, hay que avanzar sin miedo! Aquí hay un pueblo aguerrido, consciente, movilizado y dispuesto para la lucha.

David Rico Palacio

Foto tomada de: Iván Cepeda Castro

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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