Neo-bipartidismo, participación y polarización
El nuevo bipartidismo, por supuesto más ideológico que orgánico, copa en las presidenciales el 95% de los votantes; es algo que prueba su carácter universal, casi invasivo, sobre las otras posibles identidades; estas últimas más parceladas, sean ellas religiosas, partidistas o faccionales.
Se trata de un neo-bipartidismo supremamente equilibrado en lo que se refiere a la correlación de fuerzas entre los dos campos, el de la derecha y el de la izquierda; el primero con una fuerza electoral del 48%; con 47% el segundo. Al contrario, en lo referente a sus identidades ideológicas, experimentan un gran distanciamiento entre ellos, casi un fiero enfrentamiento; por lo que su relación mutua está caracterizada, más bien, por la polarización. Dicho de otro modo: ha emergido un sistema “bipartidista”, dado el número de constelaciones que compiten efectivamente. Que, en primer término, es equilibrado por el nivel de las fuerzas en que se apoyan. Y que, en segundo término, es polarizador por las distancias ideológicas, culturales y aspiracionales.
Es una bipolarización, “derecha/izquierda”, que por cierto coincide plenamente con una dinámica nueva, muy positiva, la de una participación electoral en ascenso, algo que sobreviene en un país que, a la inversa, ha sido invenciblemente abstencionista. Participación y abstención son los dos polos opuestos. Durante 60 años la participación ciudadana permanecía estancada en el 50%; incluso, en no pocas ocasiones, exhibía una tendencia a la baja; de modo que los electores no dejaban de dar muestras de una “pereza política” irreductible, por más que estuvieran en frente de grandes y graves problemas propios de la coyuntura.
Sorprendentemente, en la primera vuelta de este 2026, con una polarización anticipada (débil presencia del “centro”), la abstención disminuyó hasta situarse en el 43%. Pero lo insólito acaba de suceder en la segunda vuelta, en la que la participación escaló al 63%, un récord; un comportamiento nunca visto en el pasado; no al menos desde 1958. Es una auténtica performance que por otra parte viene aparejada con la polarización ideológica, con esa bifurcación de opciones en torno al poder, expresión del pluralismo; sin duda, un pluralismo de contradicciones intensas.
Equilibrio y alternabilidad
Si por un lado la polarización aleja la abstención y empuja a los electores a las urnas; por el otro, el equilibrio de fuerzas, el emparejamiento de posibilidades, ese enfrentamiento “de poder a poder”, abre las probabilidades para que sobrevenga la alternancia en el manejo del gobierno.
Abierto el juego “gobierno/oposición”, la correlación de fuerzas interviene como un factor decisivo para que el pluralismo y la competencia se traduzcan en la rotación potencial, para que la oposición pueda convertirse en gobierno y viceversa, una realidad que produciría el efecto de un “bipartidismo perfecto”, algo parecido a lo que por mucho tiempo ocurrió en EEUU e incluso en Inglaterra durante ciertos períodos.
Aunque en Colombia no hay dos partidos con fuerzas equivalentes, existen en cambio dos constelaciones ideológicas que están en proceso de emparejarse, dentro de la dinámica misma que impone el llamado balotage o segunda vuelta.
Así suceden las cosas, por la existencia de electores independientes, por la formación de una franja flotante que, en caso de que gire hacia la izquierda, ayuda a que se igualen las cargas en la pelea con la derecha. Todo ello en la segunda vuelta. En ésta opera una fuerza centrípeta, invisible pero eficaz, de modo que los sectores intermedios y flotantes no tienden a salirse del sistema de competencia, aunque algunos lo hacen, sino a concentrarse en las opciones de poder. Dicho sea de paso: Cepeda incrementó su votación, entre la primera y la segunda vuelta, en tres millones de votos, sin duda por ese efecto de atracción centrípeta.
El duelo se vuelve más cerrado, sobreviene un equilibrio en el bipartidismo de nuevo tipo. Con lo cual se hace por cierto más imprevisible el resultado. Mientras tanto, la alternancia -el cambio de color ideológico en el gobierno- deviene más probable. En el hecho de que se produzca esa eventualidad intervienen los liderazgos atractivos, los candidatos y su credibilidad, mercantilizada o no. Además, cae como una lluvia ácida, el desgaste del gobierno. Por cierto, es un factor que pudo haber intervenido en la elección que acaba de pasar, adobado con un anti-petrismo visceral, hábilmente encarnado por el candidato “ultra”.
La alternación y los retos de la izquierda
En las circunstancias presentes los resultados de la segunda vuelta obligan a la rotación en el poder, una alternancia que instala en el gobierno a la derecha, particularmente a su ala más radical. Lo hace con un presidente, encarnación del revanchismo, aunque a última hora ha dicho que “no habrá vencedores ni vencidos”, en contradicción con su amenaza horrorosa de “destripar a la izquierda”.
Ha anunciado además que tiene toda la voluntad para tomar medidas trascendentales mediante decretos, desde el 8 de agosto; pero olvida que no es un Trump con las mayorías republicanas a sus pies en el Congreso. Por manera que, huérfano de una bancada propia, estará abocado a resolver una alternativa minada de obstáculos; a saber: o bien insiste en su “anti-política”, en el camino de una supuesta “extrema- coherencia”; y de esa manera corre el riesgo de aislarse; o transa con los partidos; y entonces queda prisionero de la inercia partidocrática y del clientelismo tradicional. Por lo demás, no debemos olvidar que en el mundo parlamentario continúa el imperio de los partidos tradicionales.
A su turno, la izquierda queda obligada a ejercer la oposición, quizá prematuramente, pues apenas concluía su primer mandato, cuando todavía percibía detrás suyo las esperanzas de la mitad de la ciudadanía, un aliento que sin embargo no le alcanzó, aunque por muy poco.
Con todo, cuenta entre sus recursos con un recién estrenado liderazgo, sereno pero firme, y que pareció debutar el último día, la noche de la honrosa derrota, lleno de frescura y de destino. Cuenta también con una importante minoría parlamentaria. Finalmente, tiene el respaldo de una votación popular de gran peso: la mitad de la ciudadanía activa políticamente.
Son recursos con los que acompañará el propósito de resistir cualquier desafuero antidemocrático por parte del gobierno o de sus adherentes extremistas. Enfrentará así mismo, el reto de reelaborar su agenda de propósitos alternativos al tiempo que reactiva su disposición para los grandes acuerdos; son consensos que siempre hay que buscar, en función de las transformaciones reales. Sobre todo, tendrá que reconfigurarse como un agente político, poseído por el amor a la verdad y por el apego a la “virtud”, esa incorporación de la ética a la órbita de lo público, según lo defendía Maquiavelo en su versión más republicana, la que le permitía revelarse como un enemigo acérrimo de la corrupción en el Estado.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Pares

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