Millones de ciudadanos votan sistemáticamente contra políticas que podrían mejorar sus condiciones materiales de existencia, respaldan proyectos que reducen derechos sociales conquistados históricamente y apoyan liderazgos que promueven discursos de exclusión, odio o discriminación.
Este fenómeno no puede explicarse únicamente por la falta de información o por errores de cálculo electoral. Se trata de un problema más profundo relacionado con la cultura política, la construcción de identidades colectivas y los mecanismos de reproducción ideológica del poder.
Cuando aquí hablamos de “estupidez política” no nos referimos a una condición intelectual individual ni a una incapacidad cognitiva. Nos referimos a una práctica social mediante la cual individuos y colectivos terminan actuando en contra de sus propios intereses democráticos, económicos y ciudadanos. Es una forma de alienación política que transforma a las víctimas de la desigualdad en defensoras de las estructuras que la producen y la reproducen.
La estupidez política constituye, por tanto, una de las formas más eficaces de dominación contemporánea porque logra que los dominados participen activamente en la conservación de las condiciones que limitan su bienestar, sus libertades y sus posibilidades de emancipación.
- Votar contra uno mismo
La esencia de la ciudadanía democrática consiste en utilizar el poder político para ampliar las posibilidades de una vida digna. Sin embargo, una parte importante de las sociedades contemporáneas parece actuar en dirección contraria.
Resulta paradójico observar cómo amplios sectores populares apoyan políticas que debilitan los sistemas públicos de salud, educación, vivienda o protección social, aun cuando son precisamente esos sectores quienes más dependen de dichos servicios. La paradoja se vuelve aún más evidente cuando se respaldan proyectos políticos que concentran riqueza, reducen la intervención estatal en favor del interés general y fortalecen mecanismos de exclusión económica.
La estupidez política aparece cuando la ciudadanía deja de evaluar las políticas públicas a partir de sus efectos concretos sobre la calidad de vida y comienza a hacerlo desde emociones negativas, prejuicios ideológicos o identidades construidas artificialmente.
En estas circunstancias, el voto deja de ser una herramienta de transformación democrática para convertirse en un instrumento de autoperjuicio colectivo.
- La política del odio
Las democracias saludables se sostienen sobre el pluralismo, el reconocimiento de la diferencia y la capacidad de tramitar pacíficamente los conflictos sociales. Sin embargo, durante las últimas décadas se ha expandido una política basada en la construcción sistemática de enemigos.
El adversario deja de ser un competidor legítimo y se convierte en una amenaza existencial que debe ser eliminada, perseguida o silenciada. La política abandona la deliberación racional y adopta la lógica de la guerra cultural permanente.
Esta transformación tiene consecuencias profundas. Cuando el odio se convierte en el principal movilizador político, los ciudadanos dejan de votar por propuestas y comienzan a votar contra personas, grupos sociales o identidades específicas. La democracia se degrada porque pierde su capacidad integradora y se transforma en un escenario de confrontación permanente donde la venganza sustituye a la razón pública.
Las sociedades dominadas por la política del resentimiento son especialmente vulnerables al autoritarismo porque terminan aceptando restricciones a las libertades, debilitamiento institucional y concentración del poder bajo la promesa de derrotar al enemigo construido discursivamente.
- Aporofobia y desprecio por los excluidos
Uno de los síntomas más visibles de la estupidez política contemporánea es la aporofobia, es decir, el rechazo y desprecio hacia las personas pobres.
Paradójicamente, muchas sociedades muestran altos niveles de tolerancia frente a la riqueza extrema, incluso cuando esta proviene de privilegios heredados, corrupción o captura de recursos públicos. Sin embargo, manifiestan una profunda hostilidad hacia quienes sufren condiciones de pobreza o exclusión.
Esta inversión moral resulta funcional para la reproducción de la desigualdad. En lugar de cuestionar las estructuras económicas que generan pobreza, se responsabiliza individualmente a quienes la padecen. El pobre aparece como culpable de su situación mientras los mecanismos que producen concentración de riqueza permanecen invisibles.
La estupidez política se expresa entonces en la incapacidad para comprender que la pobreza no constituye una falla moral individual sino un problema estructural relacionado con las oportunidades, la distribución de recursos y las formas de organización económica de una sociedad.
- El ataque contra lo público
Otro rasgo característico de la ciudadanía políticamente alienada es su hostilidad hacia lo público.
En numerosos países se ha consolidado una narrativa según la cual el Estado representa siempre ineficiencia, corrupción o despilfarro, mientras el mercado aparece como solución universal para todos los problemas colectivos.
Esta visión ignora una realidad elemental: los principales derechos fundamentales dependen de instituciones públicas sólidas. La educación pública, la salud pública, la justicia, la seguridad ciudadana, la infraestructura y los sistemas de protección social constituyen pilares esenciales de cualquier democracia moderna.
Atacar sistemáticamente lo público equivale a debilitar los instrumentos que permiten garantizar derechos e igualdad de oportunidades.
La paradoja es evidente: quienes más necesitan de estos servicios suelen convertirse en algunos de sus principales detractores, apoyando procesos de privatización o desfinanciación que terminan afectando directamente sus condiciones de vida.
- Guerra, Paz y Racionalidad Política
La historia demuestra que prácticamente todos los conflictos armados terminan mediante algún tipo de negociación política.
Sin embargo, una parte significativa de la ciudadanía suele rechazar cualquier proceso de diálogo o construcción de paz, incluso cuando las alternativas disponibles son la prolongación indefinida de la violencia o el aumento del sufrimiento colectivo en los territorios.
La estupidez política se manifiesta aquí como incapacidad para reconocer que la paz no es un acto de ingenuidad sino una necesidad histórica. Apoyar la guerra como horizonte permanente implica aceptar costos humanos, económicos y sociales extraordinarios. Significa normalizar la muerte, la destrucción y la fragmentación del tejido social.
Por supuesto, los procesos de paz son complejos, imperfectos y están llenos de contradicciones. Pero rechazar toda posibilidad de diálogo por principio suele conducir a escenarios mucho más destructivos en una guerra infinita e indefinida.
La paz constituye una construcción política difícil; la guerra, en cambio, suele ser el camino más sencillo para quienes renuncian a la inteligencia colectiva.
- Corrupción, clientelismo y cultura política
La corrupción no prospera únicamente por la existencia de funcionarios corruptos. También requiere entornos culturales que la toleren, la justifiquen o incluso la premien.
Cuando los ciudadanos continúan apoyando electoralmente a quienes utilizan prácticas clientelistas, cuando aceptan el nepotismo como forma normal de ejercicio del poder o cuando relativizan el saqueo de los recursos públicos por razones partidistas, contribuyen activamente a la reproducción del problema. La estupidez política aparece cuando los principios éticos son subordinados a las lealtades ideológicas.
En esos contextos, la corrupción deja de ser juzgada por sus efectos sobre la sociedad y comienza a evaluarse según quién la comete. La democracia pierde entonces uno de sus fundamentos esenciales: la igualdad de todos ante la ley.
- Patriotismo y subordinación
Una de las contradicciones más frecuentes de la política contemporánea consiste en la coexistencia entre discursos intensamente nacionalistas y actitudes profundamente subordinadas frente a poderes externos. Se habla constantemente de patria, soberanía e identidad nacional, pero al mismo tiempo se aceptan sin cuestionamiento relaciones internacionales marcadas por profundas asimetrías económicas, financieras o geopolíticas.
El patriotismo auténtico no consiste en repetir consignas ni en exhibir símbolos nacionales. Consiste en defender la capacidad de una sociedad para decidir soberana y autónomamente sobre su futuro, proteger sus recursos estratégicos y garantizar condiciones dignas para su población.
La estupidez política aparece cuando el lenguaje patriótico es utilizado para encubrir formas de dependencia o subordinación que terminan debilitando la soberanía efectiva de las naciones, entregando sus patrimonios estratégicos y sometiendo su libertad política.
IDEAS PARA ORIENTAR UNA REFLEXION CRITICA
La estupidez política no es un problema de inteligencia individual. Es una construcción cultural que separa a los ciudadanos de sus intereses democráticos más profundos. Se expresa cuando se vota contra los derechos fundamentales, cuando se reemplaza la deliberación por el odio, cuando se desprecia a los pobres, cuando se ataca lo público, cuando se glorifica la guerra, cuando se tolera la corrupción y cuando se confunde patriotismo con obediencia externa.
Frente a estas tendencias, la tarea fundamental de las democracias consiste en fortalecer una ciudadanía crítica, informada y consciente de sus propios intereses colectivos.
La democracia no puede sobrevivir únicamente mediante elecciones periódicas. Requiere ciudadanos capaces de comprender que la libertad individual depende también de derechos sociales, que la igualdad fortalece la convivencia y que la dignidad humana constituye el fundamento último de cualquier proyecto político legítimo.
La verdadera inteligencia política consiste precisamente en eso: reconocer que el bienestar propio está inseparablemente ligado al bienestar de los demás y que ninguna sociedad puede prosperar cuando convierte el odio, la exclusión y la ignorancia en principios de organización colectiva.
Ojalá el próximo 21 de junio no llegue a las urnas LA ESTUPIDEZ POLÍTICA COMO CIUDADANÍA DE ODIO.
Carlos Medina Gallego, Historiador- Analista Político
Foto tomada de: Yahoo Noticias

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