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La esperanza en Byung Chul Han y su problematización en la coyuntura política electoral colombiana

15 junio, 2026 By Yeny Giron Leave a Comment

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Introducción

En su obra reciente The Spirit of Hope (El espíritu de la esperanza), Byung‑Chul Han (2023) propone una relectura filosófica de la esperanza en el contexto de un mundo dominado por la hipertransparencia, el rendimiento y la positividad neoliberal. Frente a una sociedad saturada por el imperativo de la optimización constante, Han rescata la esperanza como una categoría radicalmente distinta del optimismo superficial. Este marco teórico resulta especialmente pertinente para analizar las dinámicas discursivas y culturales en contextos políticos electorales como el colombiano, donde diferentes liderazgos movilizan emocionalidades colectivas con efectos diferenciados sobre la acción política. El presente texto examina, en primer lugar, los postulados centrales de Han sobre la esperanza; en segundo lugar, analiza la noción de “positividad tóxica” como forma de neutralización crítica que se establece en la producción de consumo neoliberal; y finalmente articula ambos conceptos con discursos políticos contemporáneos en Colombia, distinguiendo entre formas de esperanza auténtica y simulaciones ideológicas de la positividad.

La esperanza como apertura ontológica: lectura de Byung‑Chul Han

Para Han (2023), la esperanza no debe confundirse con el optimismo. Mientras este último se caracteriza por una expectativa lineal de resultados favorables, la esperanza implica una apertura radical a lo desconocido, a lo no calculable. En palabras del autor, la esperanza “se mantiene incluso frente a la incertidumbre y la negatividad” (Han, 2023). Señala que la esperanza es dar crédito a la realidad para bordar el futuro, es un estado del espíritu, una dimensión del alma, es una orientación del corazón que trasciende al mundo inmediato de la experiencia y ancla en algún lugar más allá del horizonte. Sus raíces se encuentran más allá de lo trascendente, por eso no es lo mismo estar esperanzado que estar satisfecho de que vayan bien las cosas. Es la capacidad de trabajar por algo porque es bueno, no porque tenga un éxito garantizado, por eso la esperanza no es lo mismo que el optimismo. La esperanza es algo que tiene sentido independientemente de cómo salga. Hacer algo que tenga sentido, en eso consiste la esperanza y no en calcular el éxito de una empresa. La esperanza presupone valor y fe, es lo que nos da fuerzas para vivir y volverlo a intentar una y otra vez, aunque las condiciones de la experiencia sean desesperadas.

Esta concepción se inscribe en su crítica más amplia al paradigma neoliberal, desarrollado previamente en obras como La sociedad del cansancio (Han, 2012), donde describe una subjetividad agotada por la auto-explotación y la presión del rendimiento. En ese contexto, la esperanza emerge como una forma de resistencia: no se basa en la certeza, no niega el conflicto ni la negatividad, permite la transformación política y social.

A diferencia del optimismo, que busca estabilizar la realidad, la esperanza introduce una tensión productiva que abre posibilidades de cambio. En este sentido, la esperanza tiene una dimensión profundamente política, pues habilita la imaginación de futuros alternativos (Han, 2023)

La positividad tóxica y la neutralización del conflicto

Uno de los conceptos clave en el pensamiento de Han es la crítica a la “positividad”. En La agonía del Eros y La sociedad de la transparencia, el autor advierte que el exceso de positividad elimina la alteridad y el conflicto necesarios para la vida democrática (Han, 2014; 2015).

La positividad tóxica puede definirse como un régimen discursivo que niega el sufrimiento o lo trivializa, reduce la complejidad social a narrativas simplificadas de éxito y desactiva la crítica mediante la imposición de una apariencia de bienestar.

En términos políticos, esta positividad se convierte en un dispositivo de control simbólico. Como señala Han, la eliminación de lo negativo conduce a una sociedad incapaz de cuestionarse a sí misma (Han, 2015). De este modo, la positividad no libera, sino que refuerza estructuras de dominación al impedir el surgimiento del disenso.

El optimismo, en este marco, es la forma absoluta de positividad: supone que las cosas necesariamente irán mejor. Contiene un tiempo cerrado, donde el futuro aparece como un asunto ya zanjado. En este sentido, se asemeja al pesimismo, pues ambos quedan ciegos ante las verdaderas posibilidades. Carece de la pasión por lo posible.

El optimista no se abre al futuro como acontecimiento, sino que lo da por resuelto. No cuenta con lo inesperado ni con lo incalculable. Y, lo más grave, no cuestiona las estructuras sociales en las que él mismo y las cosas se encuentran integradas, estructuras que determinan su devenir. Se somete al sistema vigente sin ser consciente de ello, careciendo así de una auténtica capacidad crítica.

El optimista tampoco actúa realmente, porque toda acción implica riesgo, y al evitarlo elimina la negatividad constitutiva de toda transformación. Su aparente afirmación del mundo es, en realidad, una forma de adaptación.

Por ello, Han es crítico del pensamiento positivo, en tanto este se interesa únicamente por el optimismo y la felicidad en sí mismos, omitiendo los aspectos negativos de la realidad. Este pensamiento se configura como un mercado simbólico que promete proveernos de bienestar a partir de nuestra actitud individual.

La conclusión de este enfoque es problemática: si pensar en positivo se convierte en la condición única de la felicidad, entonces cada individuo sería el único responsable de su destino. De allí deriva una lógica peligrosa —expresada en fórmulas simplistas como “el pobre es pobre porque quiere”— que invisibiliza las estructuras sociales y desplaza la responsabilidad colectiva hacia el individuo.

 Aplicación al contexto político electoral colombiano

En la coyuntura política electoral colombiana, es posible identificar dos grandes tipos de construcción discursiva que pueden analizarse a la luz de Han: la esperanza como movilización crítica de la realidad (campaña y seguidores de Cepeda) y la positividad tóxica neoliberal (campaña y seguidores de De la Espriella). Un solo país, dos realidades y sociedades opuestas.

  • La esperanza como movilización crítica

La esperanza nos convoca a lo nuevo, al cambio, tener esperanza es estar alerta para lo que todavía no nace, es la partera de lo nuevo, es profética, sin ella no hay revolución ni futuro. Solo hay presente optimizado. Pensar en la esperanza es pensarse en un tipo de liderazgo político que puede articularla en reconocer la complejidad histórica del país (conflicto armado, desigualdad, exclusión); no promete soluciones inmediatas ni simplistas; convoca a la ciudadanía desde la responsabilidad colectiva y la transformación estructural.

En este marco, figuras políticas que logran generar esperanza lo hacen no mediante promesas cerradas, sino mediante la apertura de horizontes. Esta esperanza no elimina el conflicto, sino que lo integra como condición de cambio. Tal forma de discurso resulta coherente con la idea de Han según la cual la esperanza “no es un consuelo, sino una fuerza que impulsa la acción” (Han, 2023).

La esperanza en la campaña de Iván Cepeda se configura como un horizonte político ligado a la transformación estructural del país, más que a una promesa inmediata de resultados. Su propuesta se articula en torno a lo que denomina “tres revoluciones”: ética, social‑económica y política, orientadas a reducir la desigualdad, fortalecer la democracia y combatir la corrupción estructural (El País, 2026; HSB Noticias, 2026). En este sentido, la esperanza no aparece como optimismo vacío, sino como proyecto colectivo que reconoce las tensiones históricas de Colombia —violencia, exclusión y debilidad institucional— y busca abordarlas mediante reformas profundas y participación ciudadana. Asimismo, su énfasis en la paz como eje central, entendida no solo como ausencia de guerra sino como justicia social, refuerza una idea de esperanza vinculada a procesos de largo plazo y no a soluciones simplificadas (El País, 2026).

De igual manera, la campaña moviliza la esperanza a través de un llamado a la inclusión de sectores históricamente excluidos —campesinos, comunidades étnicas, jóvenes y mujeres— y a la construcción de un “acuerdo nacional” basado en el diálogo y la concertación (TeleSUR, 2026). Esta narrativa sitúa al ciudadano como sujeto activo del cambio, no como receptor pasivo de promesas, lo cual configura una esperanza que se sostiene en la acción colectiva. En coherencia con su trayectoria en derechos humanos y procesos de paz, Cepeda presenta la transformación social como una tarea compartida que exige reconocer la complejidad del país (El Colombiano, 2026). De este modo, la esperanza en su campaña no elimina el conflicto, sino que lo incorpora como condición para una democracia más sólida y participativa.

  • La positividad tóxica en el discurso político

En contraste, otra forma de relacionar el tema puede apelar a lo que aquí denominamos positividad tóxica cuando, se simplifica la realidad social mediante narrativas triunfalistas; descalifica implícitamente la crítica como negatividad improductiva y promueve una imagen de progreso sin conflicto.

Este tipo de discurso produce una ilusión de bienestar que, lejos de fomentar la participación política reflexiva, genera pasividad o adhesión acrítica. En términos de Han, se trata de una extensión del paradigma neoliberal al ámbito político: la política se convierte en un espacio de “motivación negativa” más que de deliberación.

La positividad tóxica en la campaña de Abelardo de la Espriella se manifiesta en la construcción de una narrativa politiquera basada en la simplificación de la realidad social y en la promesa de soluciones inmediatas frente a problemas estructurales. Su discurso se articula en torno a ejes como la seguridad de “mano dura”, el crecimiento económico acelerado y la idea de “salvar” a Colombia, lo que configura una lectura del país en términos de crisis total que requiere respuestas rápidas y contundentes (El País, 2026). En este marco, propone medidas como recuperar el control territorial en plazos muy breves y erradicar economías ilegales mediante acciones intensivas, lo cual proyecta una imagen de control total sobre procesos complejos (Infobae, 2026). Esta forma de construcción discursiva reduce la incertidumbre propia de la política y presenta el futuro como un resultado previsible, desplazando el reconocimiento de los límites estructurales. Así, la positividad no se expresa como optimismo ingenuo, sino como una certeza fuerte que invisibiliza el conflicto y lo sustituye por la promesa de orden inmediato.

De igual manera, esta positividad se refuerza mediante una apelación constante a elementos emocionales como la patria, el orden y la defensa frente a amenazas, lo que configura una narrativa binaria en la que se enfrentan caos y salvación. El discurso incorpora una retórica de confrontación que intensifica emociones como el miedo, la indignación y la necesidad de autoridad, generando formas de adhesión más afectivas que deliberativas (HSB Noticias, 2026; Cambio, 2026). A esto se suma un tono épico de “salvación nacional”, acompañado de propuestas ambiciosas cuya viabilidad técnica no siempre se desarrolla con detalle, lo que evidencia una tensión entre el alcance de las promesas y sus condiciones reales de implementación (Cambio, 2026). En este sentido, la positividad tóxica se configura como una afirmación radical de certeza que reduce la complejidad democrática, limita el espacio del disenso y convierte el conflicto —propio de la política— en un elemento que debe ser eliminado, más que comprendido y tramitado.

Discusión crítica

La tensión entre esperanza y positividad tóxica, en el contexto colombiano, no solo remite a formas distintas de discurso, sino a modos profundamente diferentes de construir ciudadanía. La esperanza, en sentido fuerte, no se limita a una expectativa abstracta del futuro, sino que se manifiesta como una capacidad ética y política que habita en una ciudadanía crítica. Esta ciudadanía piensa en colectivo, proyecta a largo plazo y se orienta por valores de solidaridad, responsabilidad y reconocimiento del otro. En esta perspectiva, la esperanza implica una sensibilidad hacia la “Colombia profunda”, aquella históricamente excluida y carente de oportunidades, y exige integrar esas desigualdades en el horizonte político. Siguiendo a Han, esta forma de esperanza no niega la negatividad, sino que la asume como condición para imaginar transformaciones reales (Han, 2023; Han, 2015). Por ello, no se trata de un estado pasivo, sino de una práctica activa que convoca a la acción común y a la construcción de un proyecto colectivo.

En contraste, la positividad tóxica produce una subjetividad distinta: sujetos adaptados que tienden a centrarse en sí mismos, con una lógica individualista que debilita los vínculos sociales. En este caso, la política deja de ser un espacio de construcción común y se convierte en un medio para la afirmación personal. Estos sujetos no piensan en términos colectivos ni en procesos históricos, sino en beneficios inmediatos, lo que limita su capacidad de comprender la complejidad social. Como advierte Han, el exceso de positividad elimina la negatividad necesaria para la crítica, generando individuos que se adecúan al sistema sin cuestionarlo (Han, 2015; Han, 2023). En este marco, se configura una forma de ceguera que impide reconocer las desigualdades estructurales y desplaza la responsabilidad social hacia el individuo.

Esta lógica se expresa también en lo que puede denominarse aspiracionismo social: una orientación hacia la riqueza y el éxito material como fines en sí mismos, sin una reflexión sobre las condiciones en que estos se producen. Lo importante no es cómo se obtiene la riqueza, sino poseerla, lo que refuerza una percepción de superioridad individual frente a los demás. En este sentido, la positividad tóxica no solo despolitiza al sujeto, sino que debilita la ética social al romper los vínculos de solidaridad y responsabilidad colectiva. Frente a esto, la esperanza se posiciona como una alternativa ética y política que recupera la capacidad de pensar en el otro, en la diferencia y en la construcción de una sociedad más justa. Así, la distinción entre ambas no solo define formas de discurso, sino modelos de ciudadano: uno crítico, solidario y colectivo; el otro adaptado, individualista y centrado en la autoafirmación.

Conclusión

 Esta coyuntura desde el pensamiento de Han permite llegar a estas 5 grandes conclusiones: primera; La disputa electoral no es solo política, sino ética y cultural:
La coyuntura actual en Colombia evidencia que la contienda electoral no se limita a programas de gobierno, sino que expresa una tensión más profunda entre formas de entender la sociedad. Por un lado, emerge una visión que apuesta por la construcción colectiva, la memoria y la transformación a largo plazo; por otro, una lógica centrada en soluciones inmediatas y afirmaciones de certeza. Esto implica que el voto no solo define un rumbo institucional, sino también un tipo de ciudadanía y de vínculo social.

Segunda; La esperanza se configura como práctica de ciudadanía crítica En este contexto, la esperanza no puede entenderse como ilusión o expectativa pasiva, sino como una capacidad política que habita en ciudadanos críticos. Se trata de sujetos que piensan en colectivo, que reconocen la diversidad social y que proyectan el cambio en el largo plazo. Esta forma de esperanza es especialmente relevante en un país como Colombia, donde amplios sectores han sido históricamente excluidos. Su fuerza radica en su carácter ético: pone en el centro al otro, especialmente al más vulnerable, y exige una política que reconozca esas desigualdades estructurales.

Tercera; La positividad tóxica debilita la democracia al simplificar la realidad La positividad tóxica, en contraste, reduce la complejidad social a narrativas simples de orden, éxito o salvación inmediata. Este tipo de discurso tiende a eliminar el conflicto del horizonte político, presentándolo como un problema que debe desaparecer y no como una dimensión que debe ser tramitada democráticamente. En consecuencia, limita la deliberación pública y favorece formas de adhesión emocional antes que reflexiva, debilitando así los fundamentos de una democracia sólida.

Cuarta, Se evidencia un riesgo de individualismo político y aspiracionismo social. Una de las implicaciones más relevantes de esta coyuntura es la consolidación de un modelo de sujeto centrado en el éxito individual. La positividad tóxica promueve un aspiracionismo social donde la riqueza y el estatus se convierten en fines en sí mismos, sin cuestionar sus condiciones de producción. Esto genera individuos que piensan principalmente en su beneficio personal, debilitando los lazos de solidaridad y la capacidad de construir proyectos comunes. En este marco, se refuerza la idea de superioridad individual y se invisibilizan las desigualdades estructurales.

Y finalmente; el futuro democrático depende de la relación con el conflicto y la diferencia, la coyuntura electoral pone en evidencia que el futuro de la democracia colombiana dependerá de cómo se aborde el conflicto. Una política basada en la esperanza reconoce la diferencia, la integra y la transforma; en cambio, una política dominada por la positividad tóxica tiende a negar esa diferencia y a imponer una visión homogénea del orden social. Por ello, la clave no está en eliminar el conflicto, sino en construir formas capaces de procesarlo colectivamente. Esta es, en última instancia, la diferencia entre una democracia viva y una democracia reducida a la afirmación de certezas.

Por eso, la decisión que Colombia tome el próximo 21 de junio definirá si Colombia sigue transitando hacia el cambio ético social y cultural o seguimos en el mismo estancamiento en el que nos han gobernado por muchos años, y más peligroso aun abiertamente con el asentamiento del neofascismo que está recorriendo en América latina.

Referencias

Cambio. (2026). Análisis del programa de gobierno de Abelardo de la Espriella. https://cambiocolombia.com

Cambio. (2026). Las palabras que alimentan la polarización en Colombia. https://cambiocolombia.com

El Colombiano. (2026). Propuestas económicas de Cepeda y De la Espriella que definirán la segunda vuelta presidencial en Colombia.

El País. (2026). Las propuestas de Iván Cepeda: tres revoluciones, rechazo a la militarización y continuidad. https://elpais.com

El País. (2026). Las propuestas de Abelardo de la Espriella: seguridad de “mano dura”, reducción del Estado y libertades tributarias. https://elpais.com

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Han, B.-C. (2014). La agonía del Eros. Herder.

Han, B.-C. (2015). La sociedad de la transparencia. Herder.

Han, B.-C. (2023). The Spirit of Hope. Polity Press.

HSB Noticias. (2026). ¿Qué propone Iván Cepeda para Colombia? https://www.hsbnoticias.com

HSB Noticias. (2026). “Mano de hierro” en seguridad: la apuesta de Abelardo de la Espriella. https://www.hsbnoticias.com

Infobae. (2026). Abelardo de la Espriella promete mano dura: plan para recuperar la seguridad en 90 días. https://www.infobae.com

TeleSUR. (2026). Candidato Iván Cepeda cierra su campaña electoral con mensaje de unidad. https://www.telesurtv.net

 

Yeni Giron Galeano, Docente e investigadora universitaria.

Foto tomada de: La Silla Vacía

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Dra. Carolina Corcho Mejía, Presidenta Corporación Latinoamericana Sur, Vicepresidenta Federación Médica Colombiana

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