Para este último, como para Wolfowitz, el escenario internacional posterior al fin de la Unión Soviética, la posibilidad de que Estados Unidos asegurara el control de la política mundial dependía de su capacidad de hacer frente a nuevos desafíos. Representados, en primer lugar, por el hecho de que, aunque Rusia estaba sumida en una grave crisis política y económica, (debida al desplome del régimen soviético y la disolución de la Unión Soviética) aún conservaba recursos suficientes como para recuperarse y ejercer de nuevo su papel de gran potencia. China, todavía no lo era, pero las reformas económicas proyectadas por Deng Tsiao Ping y puestas en marcha gradualmente desde 1978, ya comenzaban a dar frutos. El gigante asiático se “despertaba”, como temía Napoleón” y avanzaba decididamente por el camino de convertirse rápidamente en una potencia industrial y comercial capaz de competir en pie de igualdad a Estados Unidos de América. En consecuencia, su política exterior debe subordinarse al logro de dos objetivos mayúsculos: culminar el desmantelamiento de Rusia como gran potencia y su subordinación a los intereses estratégicos de Washington y hacer todo lo posible para “contener” a China. Sólo el logro de ambos objetivos garantizaría que el siglo XXI se convertiría efectivamente en el Siglo americano. El siglo de la primacía indiscutida e indiscutible de Estados Unidos a escala planetaria.
Contando con estos antecedentes, cabe preguntarse, un cuarto de siglo después, qué tan cerca o tan lejos está Washington de alcanzar tales objetivos. Mi respuesta es que en Europa está muy cerca de conseguirlo, porque Europa o, mejor dicho, el bloque de países europeos liderados por la troika integrada por Alemania, Francia y Reino Unido, ha dado en las últimas semanas señales muy claras de que está dispuesta a hacerse cargo íntegramente de la continuación de la guerra en Ucrania. Con independencia incluso de que Estados Unidos se haga a un lado. El domingo pasado el canciller alemán Friedrich Merz viajó a Kiev para entrevistarse con Volodimir Zelenski, el líder ucraniano, para darle un apoyo político irrestricto y ofrecerle ayuda financiera y militar adicional. Anunció la entrega inmediata de 1.000 millones de euros en armamento, “que permita a Ucrania atacar las plataformas de lanzamiento de misiles de Rusia”, de 395 millones de euros en equipo para la reparar los daños en la infraestructura energética causados por los ataques rusos y la apertura de una línea crédito de 8.500 millones de euros para la adquisición de armamento alemán y la fabricación del mismo en suelo ucraniano. Aparte, el canciller Merz, se ufanó de haber tomado estas medidas contundentes contra Rusia: cierre de su consulado en Bonn y de la Casa de Rusia en Berlín y expulsión masiva de trabajadores rusos. Todas justificadas, según él, por un reciente ataque incruento con drones al aeropuerto de Leipzig, tomadas “después de consultas con sus aliados y con instituciones de la Unión Europea y de la OTAN”.
Este apoyo y estas promesas en un contexto marcado por un recrudecimiento del conflicto en Ucrania. Ucrania lanzó en agosto una campaña de 40 días de ataques contra refinerías, supermercados y conjuntos residenciales de Rusia, que culminó con el lanzamiento de 1.900 drones contra Moscú, el pasado 20 de septiembre. Rusia respondió con un abrumador contra ataque con misiles y drones contra el puerto de Odesa, la infraestructura energética ucraniana, la red de gasolineras, puentes y carreteras. Su objetivo: producir el colapso de la economía ucraniana en el próximo invierno, que se anuncia especialmente duro. Zelenski, consciente de la gravedad de la situación que se avecina, afirmó durante su discurso en la Asamblea de la ONU del pasado 23 de septiembre, que “Ucrania va a hacer que Rusia también padezca los rigores invierno”, con lo que se suponen van a ser ataques simétricos a sus infraestructuras y medios de transporte. Anuncio que arroja un interrogante sobre el verdadero alcance de la afirmación, hecha por el canciller Merz en Kiev de que los misiles que va a entregar de inmediato a Ucrania, son para atacar” las plataformas de lanzamiento de misiles de Rusia”.
Para mí resulta imposible pronosticar si Ucrania va a desplomarse en el próximo invierno y que para evitarlo la troika mencionada va a enviar tropas suyas para impedirlo, dando por lo tanto lugar a una guerra abierta y no embozada contra Rusia. O que sea Rusia la que colapse. Para mi el escenario más probable es el de un enquistamiento del conflicto, del enfrentamiento sine die de la Federación rusa con una Europa militarizada. E inclusive me inclino igualmente a aceptar el pronóstico de John Mearsheimer, el destacado teórico estadounidense de la geopolítica, de que Rusia va a obtener en Ucrania, “una victoria fea”, porque va dejar como remanente una Europa profundamente hostil hacia Rusia. Incapaz por lo tanto de retomar la senda de la Ostpolitik del canciller socialdemócrata alemán Willy Brandt, en los años 70 del siglo pasado, para restablecer relaciones cordiales y de mutuo beneficio con Rusia. En resumen: sea cual sea el final de la guerra en Ucrania, el gran beneficiado será quién la inició: Washington.
Como por ahora está ocurriendo con la guerra en el Golfo Pérsico. Su continuación somete a un fuerte estrés a sus fuerzas armadas e impacta negativamente en el mercado de bonos de Estados Unidos. Pero, por otro lado, perjudica a China por una elevación general de los hidrocarburos que afecta su economía, pero sobre todo a la de los asiáticos y africanos que tanto cuentan en el éxito de su comercio exterior. Queda por lo tanto por saber cuál de las dos superpotencias resultará al final más perjudicada con dicha guerra.
Las noticias que llegan diariamente de Ucrania, Medio Oriente, Taiwán, Groenlandia o Brasil están espesando hasta tal punto la “niebla de la guerra” de la que hablaba el teórico Karl von Clausewitz, que hoy resulta muy difícil aclarar en qué punto de la misma nos encontramos. Por lo que propongo remontarnos hasta el momento en el que se definieron los objetivos prioritarios de la actual estrategia de control mundial de Estados Unidos. Me refiero al llamado Memorando suscrito en por Paul Wolfvotiz, quien fuera cargo tanto del presidente George H.W. Bush como de su hijo George W. Bush. Y miembro destacado del Nuevo siglo americano, el influyente grupo de políticos e intelectuales neo con, que compartían las tesis expuestas por Zbigniew Brzezinski, en su obra, publicada en inglés en 1997, El gran tablero de ajedrez. La primacía estadounidense y sus imperativos estratégicos.
Para este último, como para Wolfowitz, el escenario internacional posterior al fin de la Unión Soviética, la posibilidad de que Estados Unidos asegurara el control de la política mundial dependía de su capacidad de hacer frente a nuevos desafíos. Representados, en primer lugar, por el hecho de que, aunque Rusia estaba sumida en una grave crisis política y económica, (debida al desplome del régimen soviético y la disolución de la Unión Soviética) aún conservaba recursos suficientes como para recuperarse y ejercer de nuevo su papel de gran potencia. China, todavía no lo era, pero las reformas económicas proyectadas por Deng Tsiao Ping y puestas en marcha gradualmente desde 1978, ya comenzaban a dar frutos. El gigante asiático se “despertaba”, como temía Napoleón” y avanzaba decididamente por el camino de convertirse rápidamente en una potencia industrial y comercial capaz de competir en pie de igualdad a Estados Unidos de América. En consecuencia, su política exterior debe subordinarse al logro de dos objetivos mayúsculos: culminar el desmantelamiento de Rusia como gran potencia y su subordinación a los intereses estratégicos de Washington y hacer todo lo posible para “contener” a China. Sólo el logro de ambos objetivos garantizaría que el siglo XXI se convertiría efectivamente en el Siglo americano. El siglo de la primacía indiscutida e indiscutible de Estados Unidos a escala planetaria.
Contando con estos antecedentes, cabe preguntarse, un cuarto de siglo después, qué tan cerca o tan lejos está Washington de alcanzar tales objetivos. Mi respuesta es que en Europa está muy cerca de conseguirlo, porque Europa o, mejor dicho, el bloque de países europeos liderados por la troika integrada por Alemania, Francia y Reino Unido, ha dado en las últimas semanas señales muy claras de que está dispuesta a hacerse cargo íntegramente de la continuación de la guerra en Ucrania. Con independencia incluso de que Estados Unidos se haga a un lado. El domingo pasado el canciller alemán Friedrich Merz viajó a Kiev para entrevistarse con Volodimir Zelenski, el líder ucraniano, para darle un apoyo político irrestricto y ofrecerle ayuda financiera y militar adicional. Anunció la entrega inmediata de 1.000 millones de euros en armamento, “que permita a Ucrania atacar las plataformas de lanzamiento de misiles de Rusia”, de 395 millones de euros en equipo para la reparar los daños en la infraestructura energética causados por los ataques rusos y la apertura de una línea crédito de 8.500 millones de euros para la adquisición de armamento alemán y la fabricación del mismo en suelo ucraniano. Aparte, el canciller Merz, se ufanó de haber tomado estas medidas contundentes contra Rusia: cierre de su consulado en Bonn y de la Casa de Rusia en Berlín y expulsión masiva de trabajadores rusos. Todas justificadas, según él, por un reciente ataque incruento con drones al aeropuerto de Leipzig, tomadas “después de consultas con sus aliados y con instituciones de la Unión Europea y de la OTAN”.
Este apoyo y estas promesas en un contexto marcado por un recrudecimiento del conflicto en Ucrania. Ucrania lanzó en agosto una campaña de 40 días de ataques contra refinerías, supermercados y conjuntos residenciales de Rusia, que culminó con el lanzamiento de 1.900 drones contra Moscú, el pasado 20 de septiembre. Rusia respondió con un abrumador contra ataque con misiles y drones contra el puerto de Odesa, la infraestructura energética ucraniana, la red de gasolineras, puentes y carreteras. Su objetivo: producir el colapso de la economía ucraniana en el próximo invierno, que se anuncia especialmente duro. Zelenski, consciente de la gravedad de la situación que se avecina, afirmó durante su discurso en la Asamblea de la ONU del pasado 23 de septiembre, que “Ucrania va a hacer que Rusia también padezca los rigores invierno”, con lo que se suponen van a ser ataques simétricos a sus infraestructuras y medios de transporte. Anuncio que arroja un interrogante sobre el verdadero alcance de la afirmación, hecha por el canciller Merz en Kiev de que los misiles que va a entregar de inmediato a Ucrania, son para atacar” las plataformas de lanzamiento de misiles de Rusia”.
Para mí resulta imposible pronosticar si Ucrania va a desplomarse en el próximo invierno y que para evitarlo la troika mencionada va a enviar tropas suyas para impedirlo, dando por lo tanto lugar a una guerra abierta y no embozada contra Rusia. O que sea Rusia la que colapse. Para mi el escenario más probable es el de un enquistamiento del conflicto, del enfrentamiento sine die de la Federación rusa con una Europa militarizada. E inclusive me inclino igualmente a aceptar el pronóstico de John Mearsheimer, el destacado teórico estadounidense de la geopolítica, de que Rusia va a obtener en Ucrania, “una victoria fea”, porque va dejar como remanente una Europa profundamente hostil hacia Rusia. Incapaz por lo tanto de retomar la senda de la Ostpolitik del canciller socialdemócrata alemán Willy Brandt, en los años 70 del siglo pasado, para restablecer relaciones cordiales y de mutuo beneficio con Rusia. En resumen: sea cual sea el final de la guerra en Ucrania, el gran beneficiado será quién la inició: Washington.
Como por ahora está ocurriendo con la guerra en el Golfo Pérsico. Su continuación somete a un fuerte estrés a sus fuerzas armadas e impacta negativamente en el mercado de bonos de Estados Unidos. Pero, por otro lado, perjudica a China por una elevación general de los hidrocarburos que afecta su economía, pero sobre todo a la de los asiáticos y africanos que tanto cuentan en el éxito de su comercio exterior. Queda por lo tanto por saber cuál de las dos superpotencias resultará al final más perjudicada con dicha guerra.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: Agenzia Nova

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