El tono altamente emocional y festivo de la campaña de De la Espriella, palpable en la celebración del triunfo en la primera vuelta el 31 de mayo, con el candidato arribando al malecón de Barranquilla a través del río Magdalena en un planchón con luces y bengalas, se ratificó la noche de ayer en Barranquilla. Luces, música, fanfarria, emisión recurrente de la pegajosa canción de campaña “Tigre, tigre de mi vida, vos sos la alegría, de mi corazón; vamos, vamos colombianos, a ganarle a Petro, por nuestra nación”. ¡Cualquier parecido con el León argentino, no es mera coincidencia!
Hay que decir que la +canción supo recoger un gran cansancio de un amplio sector de la ciudadanía con la figura y el estilo confrontacional del presidente Petro y sus reiteradas salidas en falso comunicacionales.
El presidente electo arribó en una especie de papamóvil transparente y blindado, en un recorrido desde su oficina de abogados hasta el lugar de concentración, el monumento “Ventana al Mundo”. A la tribuna blindada llegaron su esposa y sus cuatro hijos en medio de besos y abrazos, en un claro mensaje de familia unida y amorosa. Se acercaron también a felicitar al elegido, su fórmula vicepresidencial José Manuel Restrepo, vestido como él con la camiseta amarilla de la selección Colombia, y luego ingresaron la esposa e hijos del vicepresidente electo.
En este punto Abelardo de la Espriella comenzó con algunas ideas y siguió con muchos slogans sueltos, pronunciados con mucho histrionismo, como “Gratitud infinita hacia Dios”; “Una nueva era, un cambio de orden, la Patria-Milagro”; “Comienza la hora suprema del servicio a la Patria”; “Los nunca hemos ganado en las urnas”; “Hoy todos somos una sola manada”.
Subrayando la orientación de su campaña hacia las redes digitales, De la Espriella anotó, hablándoles “a los miembros de la manada del Tigre”, que “las redes sociales seguirán siendo nuestro bastión de lucha democrática”. Hay que observar que ya desde la primera vuelta, con la derrota de Paloma Valencia, había quedado claro que el relevo en las derechas favorecía un nuevo tipo de candidato mediático, ahora no de la televisión, como lo había sido Uribe Vélez, sino de las redes sociales digitales. Ese relevo dejaba atrás el tono cansón de viejo predicador regañón y moralista de Álvaro Uribe, a favor de un discurso contemporáneo, festivo, liviano, emocional y por ende más asimilable por públicos jóvenes, mucho más familiarizados con las redes digitales. Esos slogans o consignas sueltas, que por supuesto no evidencian ningún plan sistemático y serio de gobierno, resultan, no obstante, muy eficaces para enganchar emocionalmente a los potenciales votantes, tal vez más como fans que como ciudadanos reflexivos y bien informados.
Sobre las propuestas del presidente electo, fueron pocas, demasiado generales y sin una ruta clara de implementación: “recuperar el orden público y la autoridad”, “gobernar con 0 corrupción” y “rescatar el sistema de salud”. En cuanto a la primera, anotó en evidente crítica al gobierno Petro, que “no habrá zonas vedadas” y que “la paz verdadera no nace de la impunidad”.
De la Espriella expresó su lealtad a la Constitución de 1991, su respeto al poder judicial (“soy un hombre formado en las leyes”) y al Congreso de la República (“el congreso podrá legislar sin presiones de parte del gobierno”). Dirigiéndose específicamente a los petristas, cepedistas y eventuales opositores, anotó que “no habrá retaliaciones, no habrá persecuciones”, “seré el presidente de todos los colombianos”, “sus libertades serán protegidas”, “sus derechos serán respetados”, “sus opiniones serán escuchadas”.
Tales declaraciones de aparente respeto a sus opositores contrastan, paradójicamente, con otras afirmaciones categóricas y sectarias presentes en su discurso, que desconocen a la izquierda democrática y al gobierno del Pacto Histórico y sus realizaciones en los temas de tierras, equidad social, medio ambiente, turismo, lucha contra el narcotráfico, respeto a la protesta social, reconocimiento del campesinado, entre otros:
“Colombia vuelve a ser una democracia firme, confiable y respetable” (o sea, bajo el gobierno Petro no lo es).
“Vamos a reconstruir la Patria para que Colombia vuelva a rugir con toda su fuerza” (es decir, la Patria hay que reconstruirla porque supuestamente Petro y Cepeda la destruyeron; la figura animal del rugido recuperado, parece ser un recurso para la platea o quizás, para el circo).
Hacia el final de su intervención, De la Espriella se refirió a su contendor político con una violencia verbal y un tono de amenaza preocupantes, que el lector sabrá evaluar: “Absténgase de desatar un incendio social. Respeten el veredicto popular […] Senador electo Iván Cepeda: Ni se le ocurra estimular la violencia, ya usted sabe lo duro que muerde el tigre. Y le digo algo: el tigre todavía puede morder más duro de lo que ha mordido hoy en las urnas”.
Hay además una frase conclusiva que nos deja pensando si De la Espriella no se nos convertirá, como Uribe y Petro, en un nuevo líder mesiánico, ahora con vocación de Adán, dispuesto a crear una Colombia novísima y pura sin ninguna relación con su pasado mediato e inmediato: “El futuro vuelve a pertenecerle al pueblo de Colombia”.
Es decir, que el pueblo ahora es el sector abelardista y el pueblo petrista o cepedista queda relegado al ostracismo y al olvido. ¿Qué haremos con tantos pueblos que no se reconocen mutuamente? Un pueblo uribista, un pueblo petrista ¿y ahora un pueblo abelardista? ¿Cómo puede haber respeto al futuro opositor que constituye la mitad del electorado, si se le imagina de manera sectaria como un destructor de la patria y la democracia?
Los agradecimientos dejan ver con claridad las afinidades y afectos del presidente electo: “A nuestros hermanos cristianos”; “Esta victoria es un homenaje a Miguel Uribe Turbay”; A los “queridos reservistas y veteranos: ayúdenme a recitar la oración patria…”; “¡Que Dios bendiga a nuestras fuerzas armadas!”.
Una de las frases finales del discurso de De la Espriella, “¡Que viva Cristo Rey! resulta patética pues recuerda la Colombia intransigente de los años 40 y 50, cuando los conservadores arengaban de forma sectaria a los campesinos contra los liberales, con frases como “Abajo los cachiporros! Viva Cristo Rey!” (léase de Gustavo Álvarez Gardeazábal su novela “Cóndores no entierran todos los días” o véase la gran película de Francisco Norden del mismo nombre, protagonizada por Frank Ramírez, ambas obras claves para la comprensión de la intolerancia en la cultura política colombiana).
¿Estaremos acaso repitiendo la historia y reeditando la cultura política de esos años turbulentos y aciagos?
Fabio López de la Roche., Historiador, Ph.D. en Literatura y Estudios Culturales, Universidad de Pittsburgh, Profesor Titular IEPRI Universidad Nacional de Colombia
Foto tomada de: France 24

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