Fueron 10 millones, 300 mil votos los que se levantó el personaje “ultra” con su pinta de figurín infatuado, con la estridencia de sus presentaciones y con sus posturas simples pero determinativas y apabullantes, al menos en apariencia.
¡Cómo fue posible que este político, descalificado por muchos como atarván, según la afirmación de Fajardo o como fantoche, de acuerdo con la caracterización de la poetisa Piedad Bonnet, haya cautivado a tantos ciudadanos, si al mismo tiempo, ha amenazado cínicamente con “destripar a la izquierda”, categoría ideológica ésta a la que declara como enemiga de la patria, dejando al tiempo que trona, la estela de sus resonancias patrioteras, los ecos de un neo-fascismo banal y al mismo tiempo vulgar! ¡Cómo pudo de esa manera cosechar tantos votos!
Pues no tanto por “fantoche” (aunque también), sino sobre todo por el haz de amenazas del que es portador; y por el ejercicio subliminal que ensaya con su reiterado saludo de soldado, la palma de su mano en la frente levantada con energía: añoranza de un orden militar que en Colombia no pudo imponerse, sin que por ello el país hubiese evitado un militarismo lastrado y quebradizo en la sociedad, el de “pájaros”, chulavitas, pandillas y paramilitares.
Algo especioso tuvo que haberse incubado en la conciencia colectiva; algún hilo oscuro tuvo que unir la psiquis de muchos de esos votantes con la promesa que proyecta el candidato: la de la fuerza, la de destruir a los supuestos destructores, un nudo sicótico, con el que masa y caudillo en ciernes quieren compensar una ausencia, la del padre autoritario, para que llegue a espantar los miedos e inseguridades que fantasmal o materialmente acechan en el ambiente.
Complejidades en la construcción de identidad
Para la teoría sicoanalítica, la formación de identidad en cada sujeto, pasa por un proceso complicado de ruptura, el de los momentos de separación con respecto al cuerpo de la madre, con el que mantenía una unidad inseparable; ese referente seminal de su existencia, instalado en el subconsciente. Los individuos pueden sentirse independientes, mientras son protagonistas de esa separación, la que rompe la fusión con la madre; a partir de lo cual, inician la apropiación de los significados sociales, una operación simbólica que llevan a cabo a través del lenguaje; es un proceso de simbolización que corre parejo, según Freud, con un nuevo logro, el de la identidad con el padre, no necesariamente con el de carne y hueso, sino con un padre simbólico o con una entidad que lo sustituya; en realidad, con un conjunto de significados que, al decir de Lacan, constituyen el “lugar del padre”.
Es algo que viene a convertirse en el OTRO, en el que cada uno se proyecta, como si se tratara de un espejo que reproduce la propia figura, pero forjando al “otro”, a la manera de una imagen que llega a entender, gracias a la red cuasi-infinita de significados lingüísticos; significados que, por cierto, le sirven para entenderse él mismo; es decir, para comprenderse, desde la comprensión de ese otro; al tiempo que construye al padre, suerte de “tipo-ideal”; en verdad, lo hace como un marco de significados; con lo cual llega a sentirse capaz de vivir en sociedad, a pesar del desamparo, algo propio del subconsciente, en que lo deja la separación de su madre.
Por supuesto que esa transición hacia la identidad con el “lugar del padre”, efecto que consigue mediante la apropiación del universo significativo, está lleno de caídas, de ansiedades y frustraciones; es una situación complicada que siempre dejará un remanente de inseguridades; y que también legará la herencia de un fondo en la psiquis que jalonará hacia atrás; un “deseo inconsciente”, diría Freud, en aras del reencuentro feliz con la madre, ilusorio retroceso para superar las incongruencias o las interferencias en la obligatoria integración simbólica con la sociedad.
Las frustraciones y las dificultades en la integración social
La realidad colombiana es la de una sociedad muy desigual, con una construcción inacabada de nación; y, además, muy fragmentada. La adopción de normas y valores modernos es apenas superficial, sin la debida incorporación real en la conciencia colectiva; tal es en efecto el caso de amplias franjas de la población. Se trata de una sociedad sin una modernidad efectiva, en la que se repiten los estados anómicos, aquellos que no se dejan guiar por las normas; una sociedad en la que, por otra parte, se propagan los conflictos violentos, cuandoquiera que los actores sociales se comprometen en disputas por los recursos ilícitos.
En medio de esta desigualdad y fragmentación, en medio de las violencias múltiples, proliferan las frustraciones, la inseguridad y el miedo. Al mismo tiempo, buena parte de la sociedad no experimenta una apropiación simbólica, lo suficientemente sólida, mediante la asimilación de significados que permitan la integración, no forja una conciencia colectiva sostenible, una alteridad que mantenga relatos comunes y al mismo tiempo extienda puentes entre las distintas identidades.
En esas condiciones, la búsqueda de ese lacaniano “lugar del padre” se frustra; la simbolización para la integración y la identidad se torna entonces demasiado inacabada. Todo lo cual, da lugar a las ansias de un sustituto; de un padre que no represente la integración social, sino el autoritarismo o, dicho de una manera más antropológica y amplia, que encarne al patriarcalismo, una fuerza atávica (además de instrumental) contra el desorden anómico; es decir, que dé lugar a la pulsión fascista, no a la racionalidad moderna.
Las pulsiones y el maluco padre sustituto
En un contexto de fragmentación social y pobreza; igualmente, de resentimiento en las clases medias –dificultad en la formación de una identidad del sujeto– aparecen las pulsiones como instinto de conservación y a la vez de exclusión del otro.
Es una dificultad estructural en la construcción simbólica del padre; es un tropiezo en la interiorización de la norma moderna. Todo lo cual desemboca en una especie de vacío sicológico y cultural, el mismo que se desdobla en el hallazgo ansioso de un sustituto. En este caso, en el hallazgo del mismísimo Abelardo de la Espriella, con su prédica de imponer el orden “con la razón”, apenas una débil constancia; y luego “con la fuerza”, ese sí, propósito vehemente, como si fuera una vocación indeclinable, recargada gestualmente con el llamado “firmes por la patria”, grito de caricatura militar, más apropiado para una parodia televisiva que, sin embargo, esconde el peligro real de una militarización de la vida civil.
En la Alemania de 1933, ante la crisis de identidad y el resentimiento rampante, ciertamente la búsqueda de un padre sustituto terminó en la irrupción de Hitler y el nazismo, un totalitarismo que se apoyaba en la tradición de disciplina, de academia militar y de jerarquías en el mundo rural de esa nación.
En Colombia, la tradición ha sido, al contrario, de conservadurismo colonial y religioso; también de indisciplina social; quizá de ciertas anarquías y violencias; y más recientemente, de redes propias de un orden mafioso. Razón por la cual, la demagogia contra la izquierda, contra el progresismo y la llamada cultura woke (tolerancia, diversidad y reformismo), terminará –junto con el hallazgo de Abelardo como “padre sustituto”-, no en un totalitarismo, por supuesto, ni siquiera en una dictadura tecnocrática, sino en un autoritarismo fragmentado, en una hostilidad anti-liberal y en una subcultura “traqueta” más o menos legitimada. Además, con un régimen político relativamente permisivo frente a una cultura paralela favorable a la ilegalidad, cuando se trate de enriquecimientos sombríos o aventureros.
La crisis de identidad mal resuelta
Que Abelardo de la Espriella haya escogido como sus modelos a B. Netanyahu, después del genocidio de niños y mujeres en Gaza; a Bukele, con sus mega-cárceles y la eliminación del estado de derecho; finalmente a Milei, con sus recortes sociales y sus insultos de energúmeno contra la izquierda; que haya hecho esa escogencia de arquetipos, habla mucho de su mentalidad autoritaria, a pesar de la liviandad que emana de su facha malograda de maniquí que posa en revistas de moda, la manifestación quizá de un narcisismo que, a su turno, viene a ser el reflejo de ambiciones desmesuradas, combinadas con inseguridades flotantes en el pozo del subconsciente.
En cualquier caso, mentalidad autoritaria y narcisismo descontrolado, fundidos en una sola personalidad, no representan una buena receta para configurar al “padre sustituto”, del que está urgida una masa que probablemente padece frustraciones y miedos; pero que simultáneamente conserva, en la vida cotidiana, imaginarios, representaciones mentales y “técnicas” de carácter excluyente y discriminatorio contra el débil y contra el diferente.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: La Silla Vacía

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