El daño múltiple
El desplazamiento sísmico, de 7,4 grados en la escala de Richter, convertido en hecatombe, termina con existencias humanas, por lo que rompe el sentido de la existencia social. Subvierte brutalmente el tejido humano, construido para asegurar el ser colectivo y su reproducción como orden comunitario. Con el derrumbamiento de edificaciones y viviendas, desconfigura con violencia el enraizamiento de los individuos afectados, desacomodando lo que es parte de la convivencia, así mismo de la identidad territorial y cultural.
Con la muerte y el derrumbe, sobreviene en un minuto el dolor, una especie de colapso moral, de decaimiento sicológico, como si cada proyecto de vida se viniera abajo de repente; pareciera como si el horizonte se cerrara en un abrir y cerrar de ojos: daño físico, moral y sicológico, algo que se quiebra por dentro en la existencia misma.
Es la demostración del inevitable fin en un instante, una impotencia insufrible frente a la naturaleza. A la que por el contrario las comunidades humanas no han hecho más que domesticar, controlar y transformar durante milenios, un empeño definitorio de la condición humana; algo inscrito en un alma colectiva, especie de recuerdo instalado en el subconsciente de cada uno; es un resorte que salta ante la adversidad y señala obligatoriamente la apertura de un camino, esa suerte de ruta que comienza con el rescate de sobrevivientes y de cuerpos que yacen bajo las ruinas; reacción inmediata, como si estuviera inscrita en el ADN de esas mismas comunidades, resiliencia ante la tragedia; reacción súbita de la supervivencia colectiva.
El rescate admirable, la solidaridad extraordinaria
Si el terremoto se desató a las 7,34 de la mañana; quince minutos después, sin esperar a que se disipara la polvareda y el estruendo, sin arredrarse ante la ímproba tarea que les esperaba, los vecinos y los transeúntes, las gentes del común y los habitantes anónimos, todos ellos empezaron las labores de rescate y la remoción de escombros, conscientes de que la energía, la organización y la premura resultan decisivas para la salvación de quienes quedan atrapados bajo las ruinas.
Dicho de otro modo, hubo reconstrucción en tiempo real de la comunidad humana, herida por una fuerza superior. Al fin y al cabo, “comunidad” significa, en un remoto sentido etimológico, “algo que falta”, una “carencia”, según lo ha recordado el filósofo italiano Roberto Espósito. Desde los pliegues del grupo brota la pulsión de conseguir lo que no se tiene; es un colectivo que de esa manera deviene comunidad, precisamente en el intento de suplir el faltante. Aquí y ahora se trata de una comunidad reconfigurada frente a la carencia que provoca la tragedia.
El esfuerzo institucional y la sociedad del riesgo
Es una comunidad en vivo -reacción natural de la sociedad civil- que potencia obviamente los contactos sociales previamente sedimentados y las reservas morales acumuladas. Pero que al mismo tiempo ayuda a activar los dispositivos institucionales para enfrentar la devastación, al igual que la ayuda filantrópica, la de las grandes corporaciones industriales y bancarias que, para el caso, ya han reunido un billón de pesos con miras a la futura re-construcción. Pues sucede que los desastres naturales, sobrepasado cierto umbral de intensidad, suelen hacer menos tajantes las líneas de fractura sociales, las de clase, por la cercanía en que todos quedan respecto del precipicio que siempre asoma en los bordes del orden social, algo que queda más que patentado con los incendios forestales.
De hecho, la respuesta ciudadana encuentra correspondencia en la acción de aparatos institucionales, como el cuerpo de bomberos, las asociaciones civiles, los contingentes de rescatistas y las autoridades locales.
En la respuesta inmediata, como en la mediana y la de largo plazo, un valor de eficiencia es precisamente la articulación entre las comunidades, las ONG, la ciudadanía en general y las instituciones. En ausencia de esa articulación, la sociedad corre el riesgo de que se produzca un fracaso como el de Turquía, no hace mucho, con una ausencia de eficacia decepcionante por parte del gobierno y de las instituciones nacionales, frente a un terremoto que devastó sobre todo a la población rural.
La participación de la sociedad civil y de las instituciones no representa solo la construcción de un horizonte de resultados; también constituye un capital social, por los lazos de cooperación, que desencadena energías de configuración social, una forma proactiva de enfrentar los retos que impone la “sociedad del riesgo”; aquella de que hablara Ulrich Beck; la que hace surgir líneas de fragilidad en los equilibrios naturales, los mismos que se tornan cada vez más inestables.
Se trata de una respuesta con tejido institucional, con sociedad civil robusta y con comunidades populares; expresiones todas ellas, selladas por la solidaridad, un sentimiento traducido en acción y del que los colombianos han dado muestras fehacientes.
Sentimiento y acción, que debe acompañarse con un gran sentido de la prevención, elemento de la construcción del mundo de la vida en medio de esta sociedad del riesgo, reino de la fragilidad que, por cierto, demanda nuevas normas y dispositivos en los vínculos con la naturaleza.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Teleantioquia

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