La visita del presidente chino, Xi Jinping, a Estados Unidos ha quedado ensombrecida por la amenaza de Donald Trump de reanudar a gran escala su ofensiva contra Irán y empeorar así la debacle del suministro energético global desde el Golfo Pérsico. El desprecio de Trump a la última hoja de ruta presentada por Irán para reabrir el estrecho de Ormuz en siete días deja abierta la posibilidad de esa escalada, agravada por las amenazas del presidente de EEUU ante la ONU, y oscurece los tibios logros de la cumbre sino-estadounidense celebrada en Washington. La errática estrategia de Trump en Irán enreda así la relación con China, donde crece el temor de que la crisis energética se alargue a 2027 con consecuencias catastróficas para la economía mundial.
El cierre de las rutas de suministro de petróleo y gas a través del estrecho de Ormuz, aunque por el momento no ha dañado gravemente la economía de China gracias a sus grandes reservas de combustible, sí que está descolocando la estrategia energética y el ritmo de crecimiento chinos. La caótica política de Trump en Irán, caiga quien caiga, deja claro a la superpotencia asiática que EEUU no es un socio fiable.
La propuesta de Irán incluía la reapertura del estrecho de Ormuz, donde el peligro de las minas, misiles y drones ha reducido drásticamente el tráfico naval en una zona por donde antes de la guerra circulaba una quinta parte de crudo y el gas mundiales. Los iraníes también planteaban reanudar las conversaciones sobre el programa nuclear iraní en esos siete días de plazo. A cambio Teherán reclamaba el fin de las sanciones de EEUU sobre la exportación de su petróleo, el desbloqueo de sus puertos del Golfo Pérsico y un armisticio que incluyera el Líbano, donde Israel extendió la guerra el 2 de marzo.
Hasta este encuentro en Nueva York, las negociaciones entre Irán y EEUU habían permanecido estancadas desde julio. Un mes antes se firmó el llamado memorando de entendimiento, que parecía que encauzaba las conversaciones de paz, pero la escalada de hostilidades entre iraníes y estadounidenses, con ataques mutuos a buques y petroleros, instalaciones civiles y bases navales de ambos contendientes y de los países árabes del Golfo Pérsico, reanudaron el bloqueo de EEUU a los puertos de Irán y reforzaron el cierre por Teherán del estrecho de Ormuz.
En realidad, el presidente de EEUU ya había dado otra vuelta de tuerca cuando en su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas volvió a amenazar con el “aniquilamiento” de Irán, pese a las conversaciones en marcha en esas mismas instalaciones de la ONU con los iraníes y sus mediadores de Pakistán y Egipto. Pezeshkian respondió a esas amenazas de Trump con una llamada a la diplomacia para resolver el conflicto que cumple ahora siete meses, aunque el propio líder estadounidense afirmó, al desencadenarlo, que resolvería en cinco semanas.
Este alargamiento de la guerra que Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, lanzaron contra Irán el 28 de febrero preocupa mucho a China. La cumbre de Trump y Xi en Washington, toda pompa y boato, y con algunos acuerdos de segunda categoría, fue incapaz de calmar esa preocupación.
La visita de tres días de Xi a EEUU fue la primera del líder chino a la Casa Blanca desde la que efectuó en 2015, con el presidente Barack Obama como anfitrión. También fue la tercera reunión mantenida por Xi y Trump desde que en enero de 2025 el líder republicano asumió el poder en este segundo mandato (antes ocupó el Despacho Oval entre 2017 y 2021). Los anteriores encuentros con Xi en este segundo término de Trump tuvieron lugar en octubre pasado en Busán, Corea del Sur, y en mayo de este año en Pekín.
Como acción concreta se anunció que China importará diez millones de toneladas de carbón estadounidense en 2027 y una cantidad similar en 2028. China era uno de los cinco mayores importadores de carbón de EEUU hasta que la guerra arancelaria que lanzó Trump en 2025 redujo drásticamente esas transacciones.
Más vagas fueron las menciones a la necesidad expuesta por Trump de iniciar negociaciones trilaterales con Rusia sobre el control de armamento. Los tres países no van a renunciar a sus respectivas carreras armamentísticas, dados los conflictos bélicos vigentes y con una Unión Europea inmersa en una nueva era de fabricación de armas e impulso de sus ejércitos nacionales.
Preocupación china de que el conflicto se alargue a 2027
Unos días antes de la visita de Xi a EEUU para verse con Trump, Pekín recibía al ministro de Exteriores iraní, una pequeña advertencia a la Casa Blanca de cuáles son los intereses chinos y de la importancia que el gigante asiático da a una pronta solución de la guerra, con la apertura de Ormuz como paso previo. El rechazo de Trump a la hoja de ruta de siete días de Irán para reabrir el estrecho ha sido, pues, un jarro de agua fría para las negociaciones entre bambalinas que China está impulsando con Teherán.
El problema para la economía china es que más del 70% de su petróleo es importado. El crudo que compraba a Irán antes de la guerra suponía apenas el 12% de las importaciones chinas de este producto. Sin embargo, del resto de exportadores del Golfo Pérsico Pekín obtenía el 42%. Es decir, la expansión de la guerra en la región sí es una amenaza considerable para China, al igual que la reducción de sus compras de gas. China ha aguantado el tirón con sus descomunales reservas de petróleo, estimadas el año pasado en casi 1.400 millones de barriles. Las perspectivas se ensombrecen si la guerra se alarga siquiera dos meses más.
Si China apostara por desafiar el bloqueo estadounidense a Irán, la confrontación estaría servida. Por eso, el rechazo de Trump a la vía propuesta por Teherán ha aumentado la frustración de Pekín, desde un principio favorable a una salida negociada al conflicto. Pekín no quiere agravar las tiranteces con EEUU, pero tampoco está dispuesta a que la economía mundial y su propio crecimiento avancen más hacia el abismo por la ineptitud de la Casa Blanca.

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