Pareciera que intentáramos presentar el hecho de lanzar un misil como una experiencia estética. Nada más lejos de eso. Materialmente hablando, el acto es sólo una serie de tragedias concatenadas que se muestran en términos espectaculares. Su existencia como mercancía, como producto de nuestra sociabilidad, es un testamento de nuestro fracaso civilizatorio. No sólo por lo que representa su valor de uso, sino por las relaciones sociales que su presencia encubre y enajena.
Este 2026 pareciera una sucesión de momentos que catalizan varios procesos de desarticulación y desastre que se han venido construyendo dentro del Sistema-Mundo. “Un año terrible”, nos diría Víctor Hugo. De entre la vorágine, hay particular atención en el conflicto entre Estados Unidos-Israel e Irán, pues la envergadura de sus consecuencias, particularmente en relación con las cadenas de valor y logística ligadas a la extracción petrolera, trastoca de manera palpable la estabilidad global.
Este conflicto se ha ejecutado a través de proyectiles autopropulsados y vehículos aéreos, tanto tripulados como no tripulados. Sabemos que Irán cuenta con misiles de crucero, como los Hoveyzeh (1350 km y 450 kg de explosivos), los Soumar (300 km y 450 kg de explosivos), los Paveh (1650 km y 450 kg de explosivos) y los Qader (300 km y 300 kg de explosivos), entre otros. En cuanto a drones, cuenta con los Shahed 149 y 136B, que son vehículos “suicidas” capaces de alcanzar hasta 4000 km con cargas explosivas considerables, así como con los Mohajer-6, equipados con municiones ligeras para vigilancia. La mayor parte de su producción está a cargo del Ministerio de Defensa y Apoyo a las Fuerzas Armadas, junto con el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. También cuentan con la participación de empresas como el Grupo Industrial Shahid Bakeri o Shiraz Electronics Industries (SEI), entre otras, particularmente para el abastecimiento de tecnologías de uso dual necesarias para producirlos. Sin embargo, en general parece tratarse de una industria fuertemente tutelada por el Ejecutivo iraní.
El caso de Estados Unidos e Israel es diferente y merece una inspección más detallada. Esto se debe a que es posible percibir la profunda interconexión entre ambos complejos militares-industriales, los cuales se encuentran mucho más liberalizados y cuyas empresas constitutivas tienen una mayor libertad de acción en cuanto a la producción y venta de sus mercancías.
En ambos casos su complejo militar-industrial surge como una reestructuración pragmática que no necesariamente se entiende dentro de la dicotomía Estado/mercado sobre la que se construye “formalmente” la modernidad liberal europea, sino que está más bien alineada con las necesidades corporativas y la administración de éstas, en un pacto de clase desnudo. El complejo está constituido por una serie de sistemas abiertos de empresas y agencias gubernamentales diseñados para ser modificados continuamente según las necesidades de la realidad. Esto significa que, al entrar elementos nuevos o ajenos al sistema, el complejo simplemente se adapta para permitirles el paso. Así, el sistema es pragmático y “flexible”, puesto que cambia de la misma manera en que lo hace la realidad emergente.
Podemos ver que la relación entre ambos complejos es interdependiente, aunque claramente Estados Unidos ejerce un rol dominante. La relación entre ambos ha implicado más de 158 mil millones de dólares en ayuda militar acumulada entre 1949 y 2022. En 2016, Estados Unidos aprobó un paquete de asistencia de 38 mil millones de dólares para el periodo 2019- 2028. Actualmente, la ayuda militar estadounidense representa aproximadamente el 20% del gasto total en defensa de Israel. Este apoyo equivale también a cerca del 40% del presupuesto militar israelí.
Esto es muy relevante, pues el sector tecnológico, fuertemente vinculado al ámbito militar, representa aproximadamente el 18.1% del PIB de Israel. Este mismo sector emplea cerca del 14% de la fuerza laboral total del país. Las exportaciones de armas representan alrededor del 25% de los ingresos industriales totales, para las cuales destina entre el 70% y el 80% de su producción militar. Entre 2014 y 2018, concentró aproximadamente el 3.1% del comercio global de armas, mientras que desde 2017, Israel controla más del 60% del mercado global de exportación de drones.
La interconexión entre ambos complejos es patente dentro del conflicto contra Irán. Durante la operación Roaring Lion, fue posible apreciar el uso de aeronaves F-35I Adir, producidas por la empresa privada estadounidense Lockheed Martin, con adecuaciones realizadas por Israel Aerospace Industries (IAI), una empresa pública. También se utilizaron los F-15D Baz, fabricados por la empresa estadounidense Boeing, con adecuaciones de IAI y de la empresa privada Elbit Systems; así como los F-16I Sufa, producidos por Lockheed Martin y adaptados por IAI y Elbit. Asimismo, se emplearon misiles Rampage (250 km y 520 kg de explosivos), fabricados por Elbit Systems e Israel Aerospace Industries, y Blue Sparrow (2000 km), desarrollados por Rafael Advanced Defense Systems.
Tras los Acuerdos de Abraham en 2020, los cuales establecieron relaciones diplomáticas plenas, intercambio de embajadores, vuelos directos y cooperación en seguridad, tecnología y comercio entre Israel, Marruecos, Sudán, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Baréin, Israel vendió aproximadamente 3 mil millones de dólares en tecnología militar a los dos últimos. Solamente en 2024, el comercio de bienes entre Israel y los Emiratos ascendió a unos 3,200 millones de dólares. Por ello, además de la presencia de la base estadounidense de Al Dhafra, no es casualidad que este último Estado fuera uno de los blancos estratégicos de Irán. Así, Israel se posicionó como el octavo mayor exportador de armas a nivel mundial, con aproximadamente el 3.1% del comercio global, con un sistema que involucra a empresas tecnológicas, inversionistas y actores internacionales, integrando economía civil y militar. Todo lo anterior palidece ante las ganancias del complejo militar industrial norteamericano.
Estados Unidos controla el 43% del comercio global de armamento. Una cifra desmedida y grotesca que nos señala la profunda dependencia de su economía respecto al desarrollo tecnológico ligado a su sector militar. Derivado de la crisis económica y de las disrupciones en las cadenas de valor provocadas por la COVID-19, la imbricación entre el Estado norteamericano y las corporaciones militares ha convertido al primero en garante de la recuperación y fortalecimiento del sector armamentista, generando un vórtice a su favor para la captura de mano de obra y talento en todas las áreas de tecnología, y reduciendo la posible diversidad de la oferta laboral.
El gasto militar estadounidense rondó los 916,000 millones de dólares en 2025. De 2020 a 2024, el Pentágono proporcionó 2.4 billones de dólares a empresas privadas de armas, consolidando un despojo masivo para la acumulación de capital. Lockheed Martin, Raytheon, Boeing, General Dynamics y Northrop Grumman recibieron 771,000 millones de dólares en adjudicaciones de contratos, lo cual representa el 54% del gasto discrecional.
En la operación Epic Fury contra Irán, Estados Unidos desplegó bombarderos furtivos B-2, producidos por Northrop. También utilizó aviones F-18, de Boeing, y F-35, de Lockheed Martin, capaces de transportar una amplia gama de misiles. Entre estos últimos se emplearon misiles Tomahawk (1600 km y 450 kg de explosivos), producidos por la empresa Raytheon, cuyo costo promedio es de 1.3 millones de dólares por unidad. De acuerdo con Deutsche Welle, el Pentágono busca aumentar la producción de misiles de crucero Tomahawk a 1,000 unidades anuales. Cabe señalar que prácticamente todos los ingresos de esta última empresa provienen del gobierno norteamericano. Por último, se utilizaron drones “suicidas” LUCAS, construidos por SpektreWorks, y MQ-9 Reaper, de General Atomics Aeronautical Systems. Resalta también el uso de inteligencia artificial de la compañía Anthropic para labores de logística en la operación, a través de los servicios de nube de Amazon.
A ello debemos sumar la enorme cantidad de empresas que se benefician de la industria armamentista al producir componentes o tecnologías de uso dual a partir de las cuales se desarrollan este tipo de productos.
El gasto militar estadounidense rondó los 916,000 millones de dólares en 2025. De 2020 a 2024, el Pentágono proporcionó 2.4 billones de dólares a empresas privadas de armas, consolidando un despojo masivo para la acumulación de capital
En un periodo de inflación y amenazas de recesión económica continua, podemos ver cómo los ingresos por ventas de armas y servicios militares de las 100 mayores empresas productoras de armamento aumentaron un 5.9% en 2024, alcanzando una cifra récord de 679 mil millones de dólares, de acuerdo con datos del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI).
Ello nos permite observar que, lejos de una batalla civilizatoria entre Occidente y Oriente, o solamente una lucha de tablero por el reposicionamiento geopolítico, la guerra permite invisibilizar el desecho de tecnología militar mediante su uso en el campo de batalla. El mantenimiento global continuo de agresiones militares desde 2022 se liga a la necesidad de consumir la producción de armas para reactivar y aumentar su fabricación en aras de intentar reavivar la economía. Este proceso ha sido descrito como “fetichismo de la excreción”, donde se oculta el descarte de mercancías. La destrucción en la guerra no genera valor directo, sino que impulsa el consumo de nuevas tecnologías militares. Este ciclo favorece la acumulación de capital mediante la renovación constante de mercancía. El proceso se legitima mediante discursos como la defensa, la soberanía o la libertad.
La violación al derecho internacional, el asesinato remoto de líderes de Estado y el mantenimiento de un intercambio de ataques teledirigidos sobre rutas estratégicas de energéticos son componentes de la dimensión espectacular, enajenante, de este conflicto. Forman parte de una red de engaños tejida para hacernos creer que la existencia de estas mercancías responde a nuestra protección y no al ámbito de la competencia intercapitalista. Sin embargo, el análisis de los datos y los hechos difieren.
Éstos nos advierten que habitamos un mundo invertido, donde, lejos de que produzcamos bienes para sostener nuestras vidas, los grandes capitales producen mercancías expropiando nuestros días, para dejarnos en un estado de vulnerabilidad constante. Esa mercancía, en específico, regresa a nosotros para estallar los dedos que le dieron forma. Una tragedia que se presenta como inevitable, a razón del momento de desaceleración en el que nos encontramos. Nada más lejos de la realidad. Son llamadas de campana que anuncian cómo se abren nuevamente las puertas de la bifurcación, donde la columna de humo y escombros puede ser nuevamente testigo de la tragedia o convertirse en catalizador del cambio, al erigirse como la última de su especie.
Federico José Saracho López, Miembro del Colegio de Geografía de la UNAM y del Grupo de Estudios de Geopolítica Macro Regional.
Fuente: Revista America Latina en Movimiento No 561 junio 2026. Alai.
Foto tomada de: CNN en Español

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