Precisamente por eso, Puerto Boyacá constituye uno de los ejemplos más elocuentes de la distancia que existe entre el mapa político de Colombia y la geografía real del país. La ciudad no surgió como prolongación natural de la sociedad boyacense. Su formación estuvo vinculada a los grandes procesos de transformación que experimentó el Magdalena Medio durante el siglo XX. A sus tierras llegaron hombres y mujeres procedentes de diferentes regiones del país. Muchos de ellos fueron campesinos que huían de la violencia política que enfrentó durante décadas a liberales y conservadores. Otros llegaron atraídos por las posibilidades económicas que comenzaban a abrirse en una región que todavía tenía mucho de frontera de colonización.
Puerto Boyacá se fue formando así, como una ciudad de inmigrantes internos, una ciudad colombiana en el sentido más profundo de la palabra: En sus calles confluyeron personas de diferentes procedencias, costumbres y experiencias. No fue una sociedad construida a partir de una única tradición regional, sino una comunidad que se fue formando con sucesivas oleadas de población que llegaron buscando seguridad, paz, trabajo y oportunidades.
A esa corriente migratoria se sumó un factor decisivo: el petróleo. La explotación petrolera en el Territorio Vásquez transformó la economía y la estructura social de la región. El petróleo actuó como un poderoso imán para la población y estimuló su colonización, en pleno corazón de Colombia; la construcción de caminos, actividades comerciales, servicios y nuevas formas de ocupación del territorio. Puerto Boyacá comenzó a integrarse a circuitos económicos que tenían muy poco que ver con el departamento de Boyacá y mucho con las dinámicas del Magdalena Medio.
Con el tiempo, el petróleo no fue el único agente transformador. La crisis de buena parte de la actividad agrícola tradicional, fenómeno que tuvo dimensiones nacionales, coincidió con la expansión de la ganadería en extensas zonas de esta parte del gran río de la patria. Las condiciones naturales del territorio favorecieron la actividad pecuaria y, con el tiempo, la ganadería terminó convirtiéndose en uno de los principales soportes económicos de Puerto Boyacá y de amplias zonas de la región. Petróleo y ganadería y el esfuerzo titánico de sus gentes construyeron una economía que, con todas sus dificultades y contradicciones, permitió consolidar población, empresas, comercio y formas de organización gremial.
Panorámica de Puerto Boyacá y el rio Magdalena.
Pero la historia de Puerto Boyacá tiene también un capítulo doloroso que no puede ser omitido. El Magdalena Medio fue durante varias décadas uno de los escenarios más intensos del conflicto armado colombiano. La presencia de las guerrillas, particularmente de las FARC, estuvo acompañada por prácticas como el secuestro, la extorsión, los asesinatos selectivos y distintas formas ilícitas de control territorial. Frente a esa realidad surgieron respuestas armadas de otros sectores y, posteriormente, estructuras paramilitares que también ejercieron violencia y cometieron graves violaciones contra la población.
En ese contexto, algunos sectores ganaderos de Puerto Boyacá fueron señalados por sus vínculos con el paramilitarismo. Pero, una cosa es reconocer la existencia de actores económicos que pudieron haber participado o colaborado con estructuras armadas y otra muy diferente convertir esa realidad en una característica atribuible a toda una población. Durante aquellos años, Puerto Boyacá recibió un remoquete que la acompañaría durante mucho tiempo: “capital antisubversiva de Colombia”. Una historia triste que la ciudad dejó atrás con firmeza.
El señalamiento pertenece a una época determinada y expresa la intensidad de la confrontación que se vivió en la región. Pero difícilmente puede hacer justicia a una ciudad entera ni a sus habitantes. Detrás de esa imagen existe otra historia, mucho menos conocida: la de miles de personas que, en medio de circunstancias extraordinariamente difíciles, trabajaron, produjeron, fundaron empresas, educaron a sus hijos y construyeron una ciudad. Puerto Boyacá no puede ser reducida a la violencia que sufrió.
Esa afirmación no significa negar la historia. Significa reconocer que una sociedad es mucho más compleja que los episodios violentos que marcaron una determinada época. Y es justamente en ese punto donde adquiere especial importancia la historia de ASOREGAN, la Asociación Regional de Ganaderos de Puerto Boyacá.
En medio de un territorio atravesado por economías ilegales, grupos armados y profundas tensiones sociales, la construcción de una organización gremial capaz de consolidarse institucionalmente representa un fenómeno que merece ser reconocido. ASOREGAN no es solamente una asociación de productores. Su trayectoria puede ser observada como parte de un proceso más amplio de construcción institucional de la sociedad del Magdalena Medio Central.
La ganadería era una de las principales actividades económicas de la región y, por esa misma razón, estaba expuesta a las presiones de la violencia. Los productores tenían que enfrentar secuestros, extorsiones, amenazas y las dificultades propias de trabajar en territorios donde la autoridad estatal había sido durante largos períodos débil o disputada. En ese escenario, organizarse, crear reglas gremiales, desarrollar mecanismos de comercialización y defender los intereses de los productores significaba también contribuir a construir espacios de institucionalidad.
La trayectoria de ASOREGAN merece ser observada desde esa perspectiva. Y dentro de ella aparece la figura de Roberto Heladio Cortés Marmolejo, su actual presidente, cuya historia personal adquiere una particular dimensión cuando se la coloca dentro del contexto del Magdalena Medio Centro.
Roberto Heladio es un empresario del campo que construyó su trayectoria desde cero. Su historia está asociada al esfuerzo, al trabajo persistente y a la tenacidad que exige construir una empresa agropecuaria en una región de frontera económica y, durante muchos años, de violencia. Pero su relación con la historia de la región no es solamente empresarial.
Roberto Eladio conoció de cerca el drama de la violencia. Fue víctima de ella y perdió a un hermano. Esa experiencia personal lo coloca frente a uno de los grandes dilemas que han atravesado al Magdalena Medio: cómo responder al dolor y a la violencia sin reproducir las mismas lógicas que han destruido tantas vidas. Su respuesta, como lo muestra la trayectoria que ha construido al frente de ASOREGAN, ha estado vinculada a la asociación, al trabajo y a la institucionalidad. Roberto Heladio representa, desde esta perspectiva, una generación que conoció la violencia y decidió no hacer de ella su destino.
Hay en él, además, una dimensión intelectual que resulta poco frecuente y particularmente significativa. Es un hombre culto, lector esforzado, interesado en comprender el mundo que lo rodea y con una relación de profunda empatía hacia sus semejantes. Estas características ayudan a entender una concepción del liderazgo que no se limita a la defensa de un interés económico particular. Desde ASOREGAN, ha contribuido a levantar una bandera diferente: la bandera de la civilidad.
La expresión tiene un significado especial en el Magdalena Medio. Civilidad significa reconocer que los conflictos de una sociedad deben tramitarse dentro de las instituciones y que la fuerza de las organizaciones civiles, empresariales y comunitarias puede ser mucho más duradera que la fuerza de las armas. No se trata de idealizar una organización ni de borrar las contradicciones de la historia. Se trata de observar un proceso que puede ser fundamental para comprender la transformación de la región: la construcción progresiva de instituciones económicas y sociales capaces de sobrevivir a la violencia y proyectarse más allá de ella.
En el arduo empeño, profundamente democrático, de la construcción de ASOREGAN, Roberto, siempre ha tenido el respaldo de un hombre que conoce desde los inicios de la población, su historia y sus vicisitudes: Jorge Rojas, quien fue durante muchísimos años, desde la dirección de la sucursal de la Caja Agraria en el Puerto, el soporte institucional, financiero y técnico del desarrollo agropecuario de la región y de un importante sector de ganaderos que le apostaron a la paz y la civilidad.
Durante mucho tiempo, la región fue observada como un territorio de conflicto, de petróleo, de narcotráfico, de violencia. Pero el Territorio Vásquez y Puerto Boyacá, en concreto, es mucho más que eso. Es una región construida alrededor del río Magdalena, con una extraordinaria capacidad productiva y una multiculturalidad de enorme potencial.
Su verdadera pertenencia territorial debería llevarnos a mirar más allá de las fronteras departamentales. Puerto Boyacá tiene mucho más que decirle al Magdalena Medio que a la estructura administrativa que actualmente la contiene. Su historia muestra cómo los ríos, las migraciones, las actividades económicas y las relaciones humanas construyen regiones que no siempre coinciden con los límites trazados por el Estado.
De ahí la importancia de recuperar la idea de un Magdalena Medio centro como región. Una región que pueda organizar sus intereses alrededor del río, de sus actividades productivas, de su infraestructura, de sus ecosistemas y de sus instituciones. Una región que pueda superar la fragmentación administrativa y construir formas de cooperación entre municipios y departamentos cercanos.
En esa perspectiva, la historia de Puerto Boyacá adquiere un significado que trasciende sus propios límites. La ciudad nació de la migración, creció alrededor del petróleo, encontró en la ganadería uno de sus principales soportes económicos y atravesó uno de los períodos más difíciles de la historia contemporánea colombiana. Pero también creó organizaciones, empresas y liderazgos capaces de mirar hacia adelante. Roberto Heladio y ASOREGAN forman parte de esa historia. Quizás esa sea la imagen de Puerto Boyacá que necesitamos consolidar. Mostrar que una sociedad que conoció la violencia puede construir otra forma de relacionarse: mediante la asociación, el trabajo, la empresa, la cultura y las instituciones.
No la de una ciudad condenada a permanecer bajo el estigma de una época de violencia, sino la de una comunidad que, después de atravesar el conflicto, busca afirmarse como una sociedad productiva y civil. Una ciudad en el corazón del Magdalena Medio. Una ciudad construida por colombianos venidos de todas partes. Una ciudad que tiene en el río Magdalena su principal clave geográfica.
Porque si la vieja geografía de Colombia fue muchas veces construida alrededor de fronteras administrativas, la nueva geografía que necesita el país debería construirse alrededor de sus ríos, sus regiones, sus economías y sus ciudadanos. Puerto Boyacá puede ser, en ese tránsito, mucho más que una ciudad del departamento de Boyacá. Puede convertirse en una de las expresiones más claras de la región de la que realmente es: el Magdalena Medio Centro.
Fernando Guerra Rincón

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