Lo leí como colombiana nieta de vascos por líneas materna y paterna, con el corazón ampliado a Cataluña, lugar donde me siento muy feliz de vivir y tener mi proyecto de vida en marcha y desde hace 25 años. De hecho, empecé a estudiar catalán recien llegue y lo descubri. Lo hice porque una lengua siempre me ha parecido que es una forma de entrar despacio en el alma de un pueblo.
Hace pocos días tuve la oportunidad de visitar la exposición de Mercè Rodoreda en el CCCB y salí de allí con una sensación curiosa: comprendí que sus libros se parecen más a un bosque que a un camino recto. Uno entra pensando que sabe hacia dónde va y termina encontrando senderos inesperados, símbolos, silencios y rincones que solo aparecen cuando uno se detiene.
Al comenzar la novela de Mercè Rodoreda pensé que estaba entrando en una historia familiar. Una casa, un jardín, personas que llegan, aman, sueñan, envejecen y desaparecen. Pero a medida que avanzaba comprendí que el verdadero protagonista era el tiempo: ese tiempo que no hace ruido mientras pasa y que, sin embargo, se convierte en el espacio donde todo se transforma.
Un espejo roto no deja de reflejar; obliga a mirar desde fragmentos, desde trozos dispersos de un mismo espejo. Y creo que ahí reside la belleza inmensa del libro. Cada personaje parece sostener un pequeño trozo de verdad, una pieza incompleta de algo mucho más grande. Como ocurre en las familias de la vida real. Ninguna familia se conoce entera. Cada uno guarda secretos, heridas, nostalgias y silencios que los demás apenas alcanzan a intuir.
Me decidí a leer este libro porque llevo años trabajando en el libro de mi familia, titulado «Nosotros, los Campos del Vaticano», y quise encontrar en él referentes e ideas que me ayudaran en su desarrollo.
Lo que más me conmovió fue la escritura de Rodoreda. Ella parece escuchar la respiración de las cosas. Se detiene en una flor, una habitación, una mirada o un gesto pequeño y, de pronto, uno entiende que la vida casi nunca cambia por los grandes acontecimientos; cambia, especialmente, en los detalles aparentemente insignificantes, por eso cada momento es importante y eterno.
En la exposición hablaban también de algo que me gustó mucho: durante años muchas personas leyeron a Rodoreda solamente desde la delicadeza, pero debajo de esa belleza existía también un mundo más profundo, con sombras, silencios y espacios inquietantes. Creo que Mirall trencat tiene precisamente eso: La belleza de las familias y también sus zonas oscuras, esas partes que pocas veces se nombran pero que igualmente viven dentro de las casas.
Mientras leía pensaba que las casas tienen memoria y espíritu. Las paredes observan. Los jardines recuerdan. Los objetos permanecen cuando las personas ya no están. Y quizás por eso la novela despertó en mí una emoción profundamente relacionada con El Vaticano, como se llamaba la casa de mi infancia en Colombia, el país donde nací. Entendí que los secretos familiares existen y que las ausencias hablan el mismo idioma en cualquier lugar del mundo.
Vivimos en un tiempo tan acostumbrado a pasar rápido por todo, pero Rodoreda obliga a detenerse, a mirar, a escuchar los silencios. Un libro así se convierte casi en un acto de resistencia frente al acelere en que nos quieren hacer vivir con el actual modelo de vida.
Cuando terminé de leer «Mirall trencat» sentí algo parecido a salir al atardecer de una casa antigua después de una visita larga. Cerré la última página y tuve la sensación de dejar personas dentro, como si hubieran existido de verdad. Cuando eso ocurre, uno ya no vuelve a salir exactamente igual de sus páginas.
Sandra Campos
Foto tomada de: Mercè Rodoreda

Deja un comentario