Ha tenido lugar una elección marcada por una fragmentación partidista que no ha disipado dudas acerca de un futuro incierto, sino que, por el contrario, ha sido sacudida tanto por el presidente Petro quien desconoció los resultados del preconteo como por el candidato Abelardo de la Espriella quien convocó a la comunidad internacional para vigilar la segunda vuelta y ha estrechado lazos con líderes regionales de derecha.
El 31 de mayo votaron casi 24 millones de colombianos frente a los 21,4millones de hace cuatro años, con una tasa de participación cercana al 58 por ciento; según los informes preliminares, un récord de participación en el país. El resultado de esta primera vuelta que fue animada por un creciente debate sobre el rumbo del país después del gobierno de Gustavo Petro, dio como ganador a Abelardo de la Espriella contraviniendo los datos de las encuestas que auguraban el triunfo de Iván Cepeda. En un escenario altamente competitivo, Abelardo de la Espriella obtuvo la primera posición con aproximadamente 43.7 por ciento de los votos (10.361.499 votos) mientras Iván Cepeda alcanzó cerca del 40.9 por ciento (9.688.361 votos). Paloma Valencia, tercera en la lista, obtuvo 1.639.685 votos, un 6.92 por ciento de la votación, lo que evidencia la existencia de un electorado profundamente dividido.
Ninguno de los dos candidatos ganadores obtuvo una votación cercana al 50 por ciento más un voto que les habría dado la victoria en la primera vuelta mientras la diferencia entre ellos fue apretada. Este hecho es importante porque si bien en la segunda vuelta se alza con el triunfo el candidato que tenga la mayoría de los votos, simple y llanamente, dado que estos no son endosables ni las sumas en política son aritméticas, los cálculos basados en sumas y restas no son realistas. Más allá de cálculos basados en números, el reto que se plantea a ambas campañas es captar votos del llamado centro, así como despertar el entusiasmo de los abstencionistas para alcanzar una ventaja que desarme los argumentos del adversario. Una tarea que no depende solamente de las acciones que se emprenden desde el gobierno, sino que involucra a las maquinarias regionales.
Al margen de este tipo de consideraciones, los resultados de la elección evidencian la consolidación de dos grandes corrientes políticas en el país. Por un lado, la existencia de grupos que respaldan reformas sociales y ampliación de derechos, y por otro lado, sectores que demandan seguridad y una orientación conservadora del Estado. Vista desde una perspectiva regional, la elección también revela fracturas que no se han curado con los años, puesto que mientras de la Espriella se impuso en el departamento de Antioquia, los Santanderes, la Orinoquía y en zonas urbanas, Cepeda impuso su mayoría en la periferia y en lugares históricamente golpeados por el conflicto.
La realidad que vive el país es compleja y difícil de caricaturizar con rasgos simples lo que demanda un análisis detallado. Sin embargo, en la realidad que deben tenar en cuenta quienes aspiran a conquistar la presidencia sobresalen dos datos con nitidez. En primer lugar, la sociedad colombiana es en su mayoría conservadora y lo demuestra permanentemente. De allí la importancia que otorga a lo que le brinde seguridad y estabilidad en todos los planos (seguridad física, económica y jurídica). De allí también la desconfianza que ha manifestado por un cambio de Constitución y de régimen económico. En segundo lugar, la identificación del concepto pueblo con pobre o popular, opuesto a privilegiados y ricos deja por fuera de la ecuación a estratos sociales que no acceden a las prebendas del Estado ni viven en la opulencia, inmersos en un mundo incierto que les quita el sueño.
De manera escueta y a manera de ejemplo para ilustrar una dinámica que se pude dar en varios lugares se puede mencionar lo sucedido en Bogotá donde la izquierda liderada por Petro y los progresistas construyó su fortín y se convirtió en la primera fuerza política del país. Los datos de la primera vuelta de elección presidencial del 31 de mayo revelan que al progresismo el resultado le fue favorable con 1.7 millones de votos (46.6 por ciento de la votación) que superaron los 1.54 millones de la Espriella. Estos datos, empero, contrastan con la votación por Petro en 2022 quien en esa ocasión se alzó con el 50.44 por ciento de los votos frente al 47,31 de Hernández. Dado que los estratos altos votaron masivamente por Abelardo de la Espriella y los bajos mayoritariamente por Cepeda, se puede sospechar que muchos de los votos que obtuvo Petro en la clase media se abstuvieron de votar por el candidato de un movimiento que mermó sus ingresos con medidas populares adoptadas para los estratos bajos como el alza del salario mínimo y los afectó en términos relativos (piénsese en la mayoría de los pensionados).
La participación en la primera vuelta fue muy alta para lo acostumbrado en Colombia y ello permite pensar que incrementar la participación sin recurrir a las malas prácticas consuetudinarias será difícil, pero en ello estriba el reto en condiciones democráticas.
La campaña por la presidencia ha estado marcada por discusiones violentas alimentadas por el odio y el resentimiento, así como por la grosería y la estigmatización que nace del fanatismo, de la ausencia de empatía y espíritu crítico, fenómenos que anulan la posibilidad de cualquier acuerdo nacional que perdure en el tiempo.
En cuanto a la controversia sobre la legitimidad de los resultados de la votación, se puede afirmar que ha elevado la tensión política del país y la desconfianza institucional que caracteriza a una parte importante de la ciudadanía y los actores políticos. En este contexto, para muchos desconsolador, se pone de relieve la capacidad de los líderes políticos y sociales para evitar confrontaciones violentas y construir consensos que garanticen la inclusión y la estabilidad que anhela una mayoría.
Rubén Sánchez David
Foto tomada de: Caracol Radio

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