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La violencia armada llena las urnas en favor de la derecha colombiana

25 agosto, 2025 By Álvaro Hernández V Leave a Comment

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Sólo acontece aquí, y sorprende en el extranjero.

No tanto porque el paramilitarismo arrié la población más desprotegida a votar por sus aliados; como por el hecho de que la guerra beneficie a los partidos de los que se lucran con ella, y perjudique electoralmente a quienes la sufren y a las organizaciones políticas que los representan.

Porque los escrutinios enseñan que en el quiebre del siglo XX al XXI, los votos por la sucesión presidencial reflejan cuánto pesó en el elector la guerra desbordada de los cárteles de las drogas y las guerrillas para apoyar mayoritariamente los candidatos de los sectores políticos y sociales más retardatarios, y desechar los de izquierda.

Eso cambió con el triunfo del Pacto Histórico y Gustavo Petro en 2022, al ofrecer a los electores una opción opuesta a la prevalencia militar para contener las guerrillas, que por 20 años impuso el Uribismo sobre el desastre político causado por Andrés Pastrana con su fallido proceso de paz con las FARC.

La discusión de qué hacer con las guerrillas había dominado el debate electoral en 1998. De hecho, Pastrana derrotó a Serpa cuando en vísperas de la segunda vuelta hizo creer que era capaz de acordar la paz con las FARC, al mostrarse caminando junto a Marulanda Vélez en algún lugar, mientras su oponente liberal no pasaba de las frases de cajón. El electorado no votó a Pastrana por conservador; lo hizo porque tuvo fe en que desaparecerían las FARC, así fuese conversando.

Pero la célebre reunión urdida por Álvaro Leyva y Mario Flórez entre el Pastrana elegido y “Tirofijo” el 27 de julio de 1998 – mentores del golpe de opinión con la fotografía –, demostró con cuánta ligereza actuó Pastrana en la urgencia de ganar la presidencia. El video revelado luego, muestra que antes de sentarse, ya tenía aceptado ceder a las FARC el control total de cinco municipios que dio lugar a los desmadres guerrilleros que llevaron al traste del proceso.

Cada golpe que la guerrilla creyó dar “a la oligarquía colombiana”, lo recibió en pleno pecho la izquierda democrática que se esforzaba por recomponer las redes populares de base lejos de la lucha armada que la población repudiaba casi por unanimidad. En muchos lugares fueron “los más odiados”– parodiando el título de la tremenda película de Tarantino –.

Entonces Álvaro Uribe – como El Capitán America, que no recomiendo –, apareció para derrotar a Horacio Serpa en 2002, responsabilizando a las FARC y al ELN de todos los males de la nación y de la “inviabilidad” del Estado y la sociedad. Con Uribe la confrontación militar con la guerrilla adquirió una importancia dramática electoral. La despojó de su carácter político, propuso no contemplar la insurgencia y el narcotráfico como un mero “asunto de orden público”, según se consideró durante la segunda mitad del siglo XX, para ser tratada como una cuestión existencial a la democracia. Ése fue el giro radical de su enfoque político.

Y prometiendo no darle tregua a la insurgencia, Uribe convirtió en pólvora electoral a su favor los disparos y atentados de la guerrilla y el narcotráfico. Y desesperados con la impunidad y hartos con las exhibiciones de las FARC con Pastrana, los colombianos votaron por su programa de la “seguridad democrática”, inocentes de lo que en realidad significaba.

Objetivamente, las FARC y el ELN contribuyeron decisivamente al encumbramiento del más atrevido de los políticos colombianos para imponer la seguridad con su estilo violento. A la sombra de su gobierno, los líderes populares locales volvieron a caer graneados, como en los tiempos del genocidio de la UP, y su ejército mataba sin misericordia a 6.402 inocentes… sin que la cuenta haya concluido. La Escombrera en Medellín espera.

Ya sabemos lo que logró tras cambiar a su antojo la Constitución para reelegirse en 2006. Y los votantes concurrieron de nuevo a las urnas a derrotar a Carlos Gaviria y a Serpa, otra vez.

Para entonces, hacer la paz negociada con la guerrilla o la confrontación armada hasta derrotarla, se hizo la disyuntiva política ineludible.

En tales circunstancias, en 2010 Juan Manuel Santos venció a un Antanas Mockus enfermo. El electorado votó por “el que dijo Uribe”. La gente atiborrada de propaganda, siguió creyendo en la eficacia belicista, y desoyendo las voces de la reconciliación por el camino de la negociación. Sólo que, en un giro inesperado, Santos renegó de la prioridad de la guerra, y en agosto de 2012 firmó un acuerdo con las FARC-EP para iniciar negociaciones de paz, que se instalaron en octubre en La Habana.

Con la esperanza naciente del proceso de paz, Santos se reeligió en 2014 venciendo a Oscar I. Zuluaga, con el voto de las fuerzas progresistas que persistían en darle una chance a la paz – recordando a John Lennon –. Pero en octubre de 2016 el uribismo consiguió sacar a la gente “a votar emberracada” contra el acuerdo de paz en el plebiscito que sirvió para ganar en 2018 la presidencia con Iván Duque sobre Gustavo Petro. “El que diga Uribe” volvió a ganar, y regresó el predominio del plomo sobre el diálogo; una política que ha sido la perdición de los campesinos pobres y las comunidades aisladas.

Sin embargo, los crímenes de guerra descubiertos bajo el gobierno de la “seguridad democrática”, las condenas a la mayor parte de su alta administración por “chuzar” a la corte, oponentes políticos y periodistas, y la torcida gestión de su pupilo Duque, más el empobrecimiento de la población, hicieron reaccionar a los votantes para que en 2022 Petro venciera a Rodolfo Hernández – luego de que el mejor de los candidatos de Uribe fuese derrotado por ambos en primera vuelta–.

Por segunda vez, las urnas estuvieron del lado de un cambio en el paradigma de la extrema derecha, y de introducir profundas reformas sociales. Por primera vez en la historia nacional ganaba la presidencia la izquierda democrática con todos los matices de lo que ella represente. Una experiencia que corre el riego de reversarse en las urnas, si los tiros siguen sonando.

No porque truenen en las selvas lejanas o en las gargantas montañosas escondidas. Es porque acaban de disparar y matar al “precandidato reservado” del patrón del Centro Democrático – excusen el símil extraído de las pistas de feria –; atentaron contra un representante de Cambio Radical en correría en La Plata, Huila; y porque los diez mil candidatos de la derecha a cualquier cosa, tienen razón para temer que puedan ser atacados por las mismas fuerzas que asesinaron a Miguel Uribe Turbay.

Fuerzas criminales que van desde el Clan del Golfo, uno de los grupos en que se dividió la Segunda Marquetalia, o cualquiera de las bandas de narcotráfico que por contrato o en acción conjunta, les interesa debilitar el gobierno y sostenerse en la confusión. Una confusión que la derecha saltó de inmediato a capitalizar, acusando con irresponsabilidad imperdonable a Petro. Saben de dónde “vienen los tiros”, pero mienten con descaro, pues es su puta naturaleza.

No hay que ser muy listo para inferir que la delincuencia organizada en grandes estructuras, sin importar su pelaje de procedencia, responsabiliza a la derecha de las desgracias de esta nación; de la que ellos mismos son una. Sus vidas no admiten comparación con los días felices de ciertos apellidos que los han gobernado inmemorialmente. Desconocen el marxismo, y de conocerlo lo combatirían, pero saben esa verdad esencial.

En este panorama, la Segunda Marquetalia y el ELN son los mejores socios electorales de la derecha, al insistir en hacer la “guerra revolucionaria”. El Uribismo con toda la caballería de los medios, señala al gobierno del cambio de estar siendo derrotado por el delito, y ya piden el voto en 2026 para “salvar al país” de la inseguridad. Plantan entre la población el miedo – su miedo, en realidad –, porque no pueden retomar el poder si reconocen que sólo buscan reversar los pocos cambios sociales logrados en medio del acoso tenaz desde todos los frentes.

Los tiros suenan de nuevo a favor de la derecha y ponen en entredicho la política de la “Paz Total”. La situación exige del gobierno tomar de inmediato las decisiones que corresponda para devolver la fe en las conversaciones en camino con las organizaciones armadas criminales. Es indispensable pasar del lenguaje de las mesas “suspendidas” al de cierre de todo acercamiento con gente como el ELN, la Segunda Marquetalia, Iván Mordisco, y etcéteras.

Señores del Clan del Golfo, señores que insisten en disfrazarse de guerrilla: dejen de servir a la derecha que mantiene este país en el atraso económico y a la democracia como su posesión exclusiva. No sigan estorbando a las fuerzas que buscan consolidar la paz para vivir sin violencia y en una democracia amplia. Señor Iván Márquez, hágase a un lado para que pase el tren de los cambios. Aun es tiempo para usted y nosotros.

Álvaro Hernández V.

Foto tomada de: El País

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