¿Cómo logró sobreponerse Lula a un escenario tan adverso, marcado por la desinformación y la intervención de poderosos actores económicos, tecnológicos e internacionales? El triunfo de Lula en Brasil demuestra que una desventaja electoral no constituye necesariamente un veredicto inapelable. Al fin y al cabo, la política bien entendida consiste en actuar en medio de determinadas circunstancias, echar mano de los elementos disponibles y modificar la relación de fuerzas. ¿Hasta qué punto una derrota en primera vuelta expresa tan solo un panorama parcial desfavorable y en qué medida abre nuevas posibilidades que ponen a prueba las limitaciones —o las fortalezas— de quienes deben sacar adelante una campaña?
Hay que evitar, desde luego, una visión voluntarista. Las elecciones están condicionadas por poderes económicos, situaciones sociales, estructuras políticas, empresas de la información y comportamientos electorales que ningún candidato controla por completo. No obstante, lo anterior no sirve de pretexto para para eximir a un dirigente de sus responsabilidades en campaña. La correlación de fuerzas ciertamente condiciona cualquier acción política, pero no elimina la obligación de actuar para modificarla.
La legitimidad moral de una causa no garantiza su realización, pues no basta solo con saber lo que se quiere defender, sino que es preciso comprender con claridad cómo se consigue defenderlo. El triunfo de Lula sirve aquí como motivo de contraste y no como demostración de que Cepeda habría ganado de haber actuado como él. Que una campaña consiga remontar su desventaja no significa que otra también deba hacerlo, y menos aún en condiciones diferentes. Pero sí obliga a tomar en serio aquellas decisiones que pueden modificar el curso de unas elecciones. El asunto no es si la victoria de Cepeda estaba garantizada, sino si su dirección política hizo lo necesario para conquistarla.
Mi crítica no busca descalificar personalmente al candidato, desconocer su trayectoria o restarle dignidad a sus convicciones. Busca examinar la contradicción que existe entre su convicción moral y su capacidad para conducir un proyecto político transformador; analizar la tensión entre la rectitud de las intenciones y la eficacia de la acción. Una cosa es ser el defensor de una idea justa, y otra, muy distinta, es tener la fuerza para establecerla. Las buenas intenciones no garantizan buenos resultados. Y la defensa íntima de principios que se consideran justos no reemplaza la construcción de mecanismos capaces de convertirlos en derechos efectivos.
Mi objeción nunca ha consistido en negar la importancia de la ética, sino en cuestionar la idea de que una transformación moral de la conciencia individual pueda constituirse en fundamento suficiente para una transformación política real. La degradación moral no puede explicarse apelando a las deficiencias éticas de los ciudadanos, pues además se requiere examinar las condiciones sociales e institucionales que producen, permiten o reproducen determinadas conductas.
¿Cómo puede proponerse una “revolución ética” sin transformar las condiciones económicas, políticas y materiales que hacen posible la degradación que se pretende combatir? En 1859, Marx escribió que “no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social el que determina su conciencia”. La sola transformación de la conciencia no basta para transformar la sociedad. Mientras la “revolución ética” pone el acento en la purificación moral de individuo, la política, por el contrario, exige intervenir en las estructuras reales de poder. Una acción realmente transformadora no puede contentarse con predicar una restauración moral, ni con exhortar a las personas para ser mejores mientras permanecen intactas las estructuras que reproducen la miseria.
En 2021, Iván Cepeda escribió una frase que resume buena parte del problema: «Las elecciones se pueden perder, pero no la coherencia ética». La sentencia resulta irreprochable mientras permanezca en el terreno de la conciencia individual. Nadie está obligado a renunciar a sus principios para obtener una victoria. Pero si quien habla así es alguien que pretende dirigir un proyecto colectivo y decidir el rumbo político de una nación, la frase adquiere ya otra dimensión.
La pérdida de una elección no constituye, por sí sola, una falta política. Hay derrotas difíciles de evitar, adversarios poderosos y circunstancias que desbordan la capacidad de un dirigente. El problema aparece cuando una estricta coherencia individual se convierte en insuficiencia política y en justificación anticipada de la derrota, como si sus consecuencias fueran ajenas a quien tenía la responsabilidad de luchar para impedirla. Las buenas intenciones no eximen de responder por las consecuencias previsibles de la acción.
La defensa personal de la propia convicción moral terminó funcionando como refugio frente a las exigencias de la confrontación política por la Presidencia. La pureza de la intención sirvió para eludir el examen de los resultados, y preservar la propia integridad moral terminó pesando más que la realización de los fines políticos que se proclamaron. La «coherencia» se convirtió en un fin en sí mismo y terminó justificando la incapacidad de actuar.
La campaña de Cepeda dejó motivos suficientes para abrir la discusión. Su prudencia monacal bien podría considerarse una virtud en su vida personal, e incluso una cualidad valiosa para un gobernante. Pero cuando se convierte en un principio incondicional y se muestra insuficiente en el quehacer político se trueca en su contrario y acaba siendo un vicio.
Su excesiva sobriedad no logró despertar el entusiasmo necesario entre la población. Su autoridad moral tampoco se tradujo automáticamente en un estímulo para la movilización. Actuó como si la justicia de su causa lo eximiera de disputar las emociones, el lenguaje y el sentido común que poco a poco le iba arrebatando la derecha. Nadie le exigía que renunciara a lo que era, pero sí que comprendiera lo que demandaba la responsabilidad que había aceptado. Creyó que merecía la victoria y se dejó invadir por un sentimiento de imprudente seguridad y confianza.
La política es el arte de interpretar la realidad, entrever las posibilidades que ella ofrece y reunir las fuerzas necesarias para hacerlas efectivas. La política no es una cualidad moral particular, sino una buena disposición del ánimo, una inteligencia para vislumbrar lo que se puede hacer, decidir a tiempo y servirse de los medios adecuados. Porque no basta con reconocer bien la ocasión, también hay que saber actuar sobre ella.
En una pasada columna afirmé que el problema trascendía a Iván Cepeda. Que buena parte de la izquierda colombiana surgió en condiciones de persecución, acoso y exterminio. El sacrificio y el martirio contribuyeron a forjar su identidad política frente a la violencia. Por supuesto, esa historia merece memoria y respeto, pero ninguna tradición política puede convertir su origen en una redención perpetua, ni hacer de su pasado de sufrimiento una fuente permanente de legitimidad.
La resistencia ha sido indispensable para sobrevivir, pero no basta por sí sola para gobernar ni para consolidar un proyecto de Gobierno duradero. La memoria de la derrota puede alimentar el deseo de transformación, pero también puede paralizar la voluntad de actuar. La izquierda colombiana no puede quedar atrapada en sus propias formas de legitimidad. La memoria del sacrificio debe servir para construir un futuro distinto, no para reproducir indefinidamente la identidad doctrinaria del vencido. La radicalidad no consiste en preservar intacta la doctrina, sino en asumir la determinación de transformar las condiciones materiales que producen la injusticia.
Por supuesto, la ética no debe subordinarse ciegamente al poder y la política. El cinismo no es la alternativa al moralismo. El poder sin principios puede reproducir las injusticias que prometía combatir. La cuestión consiste en comprender que los principios no son meras abstracciones, ni objetos ideales dispuestos para la contemplación intelectual, que no están destinados a permanecer intactos poniéndolos al margen de la realidad. Los ideales adquieren valor cuando aterrizan; una idea política importa cuando se acompaña del esfuerzo necesario para realizarla. Lo contrario es ensoñación, quimera, contemplación vacía, idealismo mariguano.
Una política transformadora debe responder tanto por la legitimidad y la viabilidad de sus fines como por las consecuencias de sus decisiones. El problema no es que Iván tenga principios, sino que su ejercicio político obliga a preguntarse si su empeño en mantener intactas su conciencia y su reputación moral le permite construir un liderazgo a la altura de un proyecto político transformador, o si, por el contrario, termina limitándolo.
A la izquierda colombiana le urge superar su cultura de la derrota sin renegar en absoluto de su historia. Le es preciso abandonar el moralismo sin renunciar a su conciencia. La política no existe para preservar intacta la buena conciencia de quienes aspiran a transformar el mundo. Para cambiar las cosas hay que adquirir y poner en juego una virtud civil, pública, republicana, y trabajar por ella aun cuando parezca que va en contra del fuero interno y la consciencia.
Una izquierda que se conforma solo con tener razón terminará dejando el poder en manos de quienes saben conquistarlo, aún cuando no la tengan.
David Rico Palacio
Foto tomada de: Iván Cepeda Castro

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