Siempre dicté la cátedra de Economía Internacional en la Universidad Nacional de Colombia basándome en Krugman y sus aportes a la geografía económica. Ahora, con el juego de aranceles que ha establecido Trump, toda teoría del comercio internacional entró al congelador. Al final de cada curso les decía a mis alumnos que Krugman debería ser Nobel, hasta que lo fue (2008). Lo invité a una conferencia en el Hotel Tequendama, cuando yo trabajaba en FESCOL, justo el día que mataron a Pablo Escobar, el 2 de diciembre de 1993. Por ese hecho, Krugman no asistió a la recepción posterior donde quería expresarle mi admiración. Me sorprendió que Jairo Rivera, un coterráneo del Caquetá, que solo fue bachiller, pero era brillante, lo leyera con asiduidad en The New York Times y lo entendiera mejor que yo. Eso habla muy bien de su pluma, hasta hoy.
De los textos de Stiglitz desconfié al principio por su papel en el Banco Mundial, hasta que leí “Comercio justo para todos” (2007). Claro, ya como Nobel (2001), se liberó mucho más de la ortodoxia. Fue profesor de mi hija, Laura, en la Universidad de Columbia y gracias a eso me regaló una dedicatoria en su libro “The Great Divide. Unequal Societies and what we can do about them”. Recién visitó a Colombia para el Festival Gabo y lamenté no haber podido asistir.
A Jeffrey D. Sachs le di con un caño en mi libro “La Apertura en Colombia. Costos y riesgos de la política económica” (https://drive.google.com/file/d/1azTgCawtKEv3eh5FGiRPMtia35TCw4l0/view) (1991), por haber asesorado el “ajuste estructural” de Bolivia, en tiempos de inicio del neoliberalismo triunfante. Su texto “Políticas comercial e cambiaria em programas de ajuste voltadas para o crescimento” (1988), seguramente será rechazado por él mismo, a estas alturas del partido. Pero como todos cambiamos, Sachs cambió, más rápido y profundo que muchos de nuestra generación. Hoy es el académico más crítico del papel de Trump en el genocidio de Gaza, la guerra en Ucrania e Irán, y de la decadencia estructural de Estados Unidos.
Sobre Salomón Kalmanovitz escribí un ensayo en 1985, criticándolo de insuficiencias en su libro clásico publicado por Siglo XXI: “El desarrollo tardío del capitalismo. Un enfoque crítico de la teoría de la dependencia” (1983). Mi sorpresa fue que él decidió, primero, que el ensayo se publicara en la U. Nacional (“El capitalismo tardío. Geometría de dos versiones: De Mello y Kalmanovitz, 1986) y luego, en 1991, que me nombrara vicedecano Académico de la Facultad de Ciencias Económicas, cuando él era decano. Algo breve ya escribí sobre Kalmanovitz: https://www.las2orillas.co/salomon-kalmanovitz-en-la-memoria/
Y ahora conozco a otra familia judía, de New York, los Remnick, de quienes estoy inmensamente agradecido por su solidaridad humana, en especial de Esther. De David Remnick, actual editor de The New Yorker, estoy leyendo “La tumba de Lenin”, premio Pulitzer (1994), del que escribiré próximamente.
Mi mamá era católica, apostólica y chaparraluna. Mi papá lo mismo, pero de Natagaima. En las noches, para asustarnos y que nos fuéramos a dormir en plena selva virgen, allá en la Amazonia, nos asustaban con el “judío errante”, que se nos podía aparecer. Hoy me temo que el judío al que hay que temerle es a Netanyahu y a sus secuaces. Los judíos de verdad que he conocido me han enseñado mucho, para bien.

Jorge Reinel Pulecio Yate

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