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Abelardo, “el azote de Dios”

14 septiembre, 2026 By Álvaro Hernández V Leave a Comment

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Así es como el gobernante quiere ser aceptado y recordado.

Si durante su gobierno Gustavo Petro dio la impresión de desear que lo tomáramos seriamente como heredero político de Simón Bolívar y reencarnación natural de Aureliano Buendía (y como prueba nos legó su retrato de despedida); Abelardo el ilegítimo se empeña en que lo reconozcamos como el converso escogido por Dios para castigar a todos los infieles que le impidan realizar el milagro de conducir a Colombia por el camino de los “valores cristianos”, la abundancia con orden, seguridad y patriotismo, según sus eslogan de campaña.

Abelardo el gobernante desea ser visto como el ángel exterminador que llega a dar la batalla cultural con la que pretende arrasar con toda influencia de los zurdos de mierda en nuestra nación; el Gabriel Arcángel que hiere de muerte la bestia lasciva de la cultura woke; el látigo bendecido que corregirá a los degenerados que metieron el arcoíris en una bandera; a los negros ociosos y a los indios perezosos que se apropiaron de tierras que los blanquitos de mocasín sin medias necesitan para sus negocios.

Y Abelardo – un hombre que actúa con el Ello en automático –, gobernará castigando según el catálogo de sus definiciones elementales.

Castigará, tanto al que haya sido responsable de defender los derechos civiles y humanos (el librepensador, el liberal doctrinario, el progresista, el comunista (aunque sólo existen como tema de conversación), como a los sujetos de tales derechos (el negro, el indio, el trans, la loca, el homo, la lesbi o safonita, digo yo).

Porque el nuevo gobernante llegó a restablecer el respeto a los valores cristianos y recuperar el orden público perdido, para lograrlo no se para en pelos ni se pone con vainas, como se ha visto.

En sus discursos de campaña se presentó como un hombre con carácter de hierro (como los que andan con el fierro, reservistas o no); con brazo poderoso (así su delicadeza muscular suscite dudas); y determinado a imponer sus convicciones por la razón o por la fuerza, aunque es claro que lo hará por la segunda “razón”, y excusen el retruécano. Y a fe que es de creer y temer, porque la fuerza no será la suya sino la de todas las tropas, tipos secretos, organismos legales e ilegales de control y represión que como jefe de Estado puede poner a su disposición.

Y a la vista está, que en treinta días la policía y el ejército volvieron a ser los de antes, los de toda la vida, los que golpean y disparan sin control porque ya no hay quien les ponga bozal. Es la evidencia de que les “lavaron el cerebro” en los cuarteles – eficaces fábricas de obedientes –, porque el uniforme de la milicia unifica el alma, y el poder que les otorga el fusil está a disposición del poder político … y punto. Así fue en España y la antigua URSS, en Inglaterra y Estados Unidos, en Camerún o Filipinas, porque un  civil uniformado muta en un servil engrasado.

Y entre nosotros, la tropa activa y de reserva ha sido la cachiporra de las castas políticas de la derecha para golpear a las clases populares revoltosas, y ha sido su base electoral. Lo fue del partido conservador, del centro democrático después, y de firmes por la patria, ahora. Es ingenuo pensar que la mentalidad sumisa de las tropas al poder tradicional puede alterarse con mejoras laborales.

En vista de que Abelardo – uso el nombre por facilidad lingüística, no por abuso de confianza –, en campaña nunca propuso la “unidad nacional”, no se siente obligado ni necesitado de buscarla. La opción es una: se ponen calladitos en la fila, o se someten al castigo de la ley según la interprete. Y es difícil mantenerse en esa fila cuando su propuesta electoral se redujo “al patriotismo” expresado como un axioma [una verdad evidente que no necesita demostrarse], y en “la defensa de la fe y los valores cristianos”, porque excluye a demasiados.

No ser practicante de la liga de iglesias que se tomaron el Estado colombiano con Abelardo, es suficiente motivo para ser discriminado en la gestión gubernamental. No hablo de razón, porque donde gobierna y manda la fe, sólo caben motivos, no razones, pues en el catecismo de Gaspar Astete aprendí, que “fe es creer en lo que no vemos porque Dios lo ha revelado”. La Espriella vino a gobernar en favor de los que el gobierno de Petro y otros más excluyeron, según él y su consejo del Tabernáculo lo creen. Lo que supone sacar, machacar y excluir de la gestión estatal a esa gente que el gobierno del progresismo apoyó. Que son millones.

Y tengo que admitirlo: soy un infiel y seré excluido del gobierno de Abelardo. Porque, si bien no pedí ni recibí beneficio alguno del gobierno Petro, miro con sospecha la conversión del gobernante y no practico ninguna fe religiosa, aunque respeto todas las que se conservan en el fuero interno de las personas, y no se atreven a someterme desde la cima del poder. Que a esos intentos me resisto.

Lo que puede suceder, si no se le detiene, es que se revoque la decisión civilizada de separar a Dios del gobierno de la tierra, como Abelardo lo intenta de la mano de israelitas genocidas, pastores acusados de abusos sexuales con mujeres de su iglesia, obispos señalados de abusar menores, estafadores condenados, truhanes y politiqueros de la peor laya. Su ideal puesto en marcha, es una teocracia sustentada en las ideas básicas del autoritarismo criminal que el mundo civilizado superó en la segunda guerra mundial.

Aunque se presente como un fundamentalista, dudo de la sinceridad de la conversión que exhibe con escenografía pomposa, junto con su gabinete ministerial. Por su propia biografía, en él todo parece un ensamble y artificio. A su viejo estilo de traqueto corroncho (untado de la miel de sus clientes y amistades), adaptó la vida de papel maché que llevan los influenciadores de muchachitos ignorantes y pendejos, imitando las estrellas de la prédica fanática, tipo Charles Kirk. Todo lo contrario a la moderación de un buen cristiano.

Y encandilado con la aparatosa proyección de su imagen victoriosa, su vanidad alcanzó el delirio al recibir el terrible terremoto del 10 de agosto como si fuese una noticia feliz: “Dios lo quiso para ponerme a prueba”, dijo radiante. Ni el narciso Pastranita, hijo del mayor fraude electoral de la república dijo nada comparable. Porque es una inmodestia impía igualarse con Abraham, Isaac o Jacob, que fueron tentados por Dios sobre la fortaleza de su fe.

¿Puede alguien sentirse orgulloso de “recibir un mensaje divino” cuando mueren 335 colombianos, 4.516 fueron heridos, 105 siguen desaparecidos, y cerca de 486.000 fueron damnificados? Mandas cáscara, pavo real.

Y como se cree el ángel incandescente llamado a poner las cosas en su sitio; en un mensaje en X ordenó a su manada en el Congreso terminar con la agenda de la “ideología de género” y legislar para evitar las interpretaciones woke de la Corte Constitucional sobre derechos individuales. Intervino sin tapujos como jefe de Estado respaldando a Samuel Adrián, el predicador civil mexicano detenido en El Dorado por un juez de tutela este domingo, cuando regresaba a participar en “la batalla cultural” que se sintió obligado a librar con el video “Colombia, fábrica de niños trans” circulado en redes.

Por lo visto, en algún momento el doctor Abelardo De la Espriella, presidente de Colombia, en el curso de su lucha contra los réprobos izquierdistas, puede llegar a verse como la imagen misma de “Abadón el exterminador”, según la versión que hizo Ernesto Sábato de su Argentina de 1970 y de la terrible figura del Nuevo Testamento.

Porque vivimos una realidad paradojal: Dios es amor de corazón, pero el hombre que dice gobernar en su nombre nos odia con las tripas.

Alvaro Hernández V

Foto tomada de: El Colombiano

 

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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