Claro está que no solo es un caudillo conservador, en el sentido ideológico y anticomunista del término; no solo tiene un pronunciado sesgo autoritario, en el sentido de justificar el combate contra los enemigos sin observar muchos miramientos frente a las formalidades legales que resguardan los derechos humanos, algo que por otra parte no lo cohíbe en sus arrebatos paternalistas. No solo es todo eso, también es un jefe político de caudas electorales; poseedor de una vocación irredimible para conseguir votos, una proclividad que le fascina casi enfermizamente, según lo ha confesado cada vez que se aproxima una elección; a tal punto que casi siempre quisiera estar en campaña.
Su destreza como “animal político” ha sido entonces la de combinar su ideología, conservadora y pugnaz, con la práctica de recolectar votos en el sentido más tradicional de la mecánica electoral. Con el discurso y la gestión anti-progresista busca legitimación; y con la política mecánica, es decir como operador electoral, obtiene el respaldo de diversos actores y factores, de los que deriva el manejo del poder y la representación.
Los obstáculos al control de todo
Este poder, ampliado al máximo en sus dos mandatos consecutivos (2002-2010), empezó a ser limitado con la decisión de la Corte Constitucional, que prohibió una segunda reelección, en el empeño de defender el equilibrio de poderes y el Estado de derecho.
Con el consiguiente relevo en el gobierno, al asumir sus mandatos Juan Manuel Santos, se le comenzó a escapar a Uribe una parte de la opinión, la del centro ideológico; así mismo, una fracción de la “clase parlamentaria”, el partido de La U por ejemplo; y sobre todo la razón política de su existencia ideológica; esto es, la lucha contra la subversión y el comunismo, esa bandera abrasiva tan suya; sustituida en 2012 por una negociación de paz, pertinente y persistente, precisamente con la guerrilla más grande y perturbadora.
Menguado como sujeto hegemónico, durante los dos períodos de Santos, el uribismo alcanzó a sacudirse, tiempo después, su orfandad de poder, impulsando al gobierno nada sobresaliente de Iván Duque, incapaz de infundirle un soplo de energía renovada al movimiento de su mentor, una empresa para la cual no bastaría el mezquino propósito de “volver trizas” el recién firmado Acuerdo de Paz con las FARC, deseo avieso, además de torpe y descontextualizado.
Después, no le quedó al caudillo, cada vez más enfermo de un derechismo reactivo, otra alternativa que la de conformarse con ser una de las 5 grandes fracciones partidistas (al mismo tiempo mosaico de minorías) que se reparten la representación parlamentaria; activo además en el ejercicio de una oposición, más de bloqueo que de alternancia prometedora.
Nuevos golpes a su poder
Esta precariedad en el discurso, como oposición, sobre todo el exhibido por sus alfiles en el Congreso, no inhibe al caudillo en las esperanzas por recobrar sus bríos y por imprimirle un reeditado empuje a sus ambiciones, frente al reto del 2026, año de unas elecciones que él promete ganar, con sus ilusiones de patriarca, gastado pero infatigable, a fin de revertir los avances de la izquierda, cuyo candidato alcanzó hace 3 años el 50% y algo más en la votación presidencial.
Tropieza, sin embargo, en sus arrestos de profeta obcecado que regresa a sus tópicos de siempre, con dos obstáculos serios. Por una parte, el asesinato aleve y miserable del que fuera víctima Miguel Uribe Turbay, el mejor de los prospectos a su alrededor, su protegido más promisorio. Por la otra, su propia condena en primera instancia a 12 años de prisión. Para contrarrestar dichos obstáculos ha conseguido, por lo pronto, dos conquistas favorables a su causa; a saber, ha logrado en primer lugar reemplazar al joven senador inmolado, con su progenitor, cosa pedida sin mucho rubor por el propio Miguel Uribe Londoño, así se llama; y en segundo término, ha conseguido la revocatoria de su arresto domiciliario por decisión del Tribunal de Bogotá, medida que deja al propio Uribe Vélez en condiciones de continuar la campaña de su partido, gozando de libertad, sin restricción alguna, mientras llega la segunda instancia.
Aun así, estas dos ventajas recién adquiridas no llegarán a representar el suficiente fuelle para remontar su situación, la de situarse como otra de las tantas minorías, esa que ostenta su partido, el curiosamente llamado Centro Democrático.
Energía momentánea
Es posible que, en esas circunstancias, sobrevenga el “efecto solidaridad”, respuesta sensible (y por qué no manipulable) del electorado ante el asesinato del joven político y ante la condena que ha recaído en cabeza del más conspicuo comandante de la derecha. Solo que el padre de Miguel Uribe carece de la joven frescura, aunque conservadora, del senador víctima del crimen. Por su lado, Uribe Vélez todavía tiene que enfrentar la sentencia del Tribunal; la cual, si es dictada el 16 de octubre, siéndole al mismo tiempo adversa, puede quitarle fuerza a su activismo en los 9 meses que hacen falta para la cita electoral.
La suerte del caudillo dependerá de si los magistrados acogen la tesis de la jueza Heredia, sobre el papel y las características del “determinador” en el crimen, ubicado en cabeza del expresidente; o de si se inclinan por el argumento de juristas como el profesor Yesid Reyes, para quienes las exigencias que llevan a tipificar la calidad de ese “determinador” son muy elevadas y elusivas a la vez, lo que podría empujar a los juzgadores de la segunda instancia a una “duda razonable”, que salvaría al “dueño” del uribismo, al menos mientras otra cosa decida la Corte Suprema de Justicia.
Por otra parte, el expresidente conseguiría un margen considerable para participar en la campaña, si el Tribunal acepta finalmente la renuncia del reo a la prescripción, lo que en consecuencia daría un lapso de dos años en los que el político podría adelantar su proselitismo, mientras presume de su inocencia, con todos los réditos electorales que eso puede entrañar.
El regreso al pasado
De cualquier modo, el patriarca mayor de la derecha, el Abraham de la reacción, ha lanzado ya la doble consigna de su campaña; en primer término, el llamado a la movilización electoral, con la aspiración muy explícita de ganar; en segundo término, la consigna que da contenido ideológico a la agitación, la de combatir al neo-comunismo, un estigma con el que piensa señalar a sus adversarios de un modo excluyente, una especie de “abrazo de la serpiente”, encuentro con el pasado; como si de manera inalterable el caudillo fuera presa de una urticaria, frente a cualquier forma de cambio, un mal a la vez profundo y epidérmico, que lo induce a ver solo guerrilleros, una entidad en la que se transforman los que intervienen en el debate político, si por cualquier razón están en la orilla opuesta; un falseamiento propio de la “guerra fría”; puro espíritu de descalificación, con su figura del “enemigo interior”, y su cohorte de fantasmas , heredados de otro tiempo.
Una situación y unos imaginarios que el país no termina por superar; aunque ya el tiempo largo de la historia y, sobre todo, el código secreto de su “astucia”, debieran haberlos sometido al olvido.
Son fantasmas- es verdad- que no por serlo, dejan de transfigurarse en agentes palpables, como el crimen organizado o como los grupos armados que sobreviven contra el tiempo histórico y contra la lógica interna y secreta de la existencia social. Son fuerzas cotidianamente vivas, aunque históricamente obsoletas; que por cierto alimentan enfrente la presencia tangible del uribismo en el escenario político, pero sin que puedan disimular la decadencia inatajable, de este último, en tanto fuerza que se pretende trascendente.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: Radio Nacional de Colombia
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