Dora, Catalina, Beatriz
Dora abre la novela sometida a una relación destructiva con Benito Suárez: su cuerpo, arrollador al inicio, termina anulado por los calmantes y el desprecio ajeno. Catalina carga el peso de los “pecados” de su madre, Divina Arriaga, aunque su belleza y su carisma le permiten sobreponerse. Beatriz cierra la trilogía atrapada en un vínculo trágico con la familia Freisen, centro de una disputa que la desborda. Las tres viven bajo la vigilancia de un orden patriarcal que exige no quedar mal, aunque eso signifique hacer exactamente lo contrario de lo que se siente, y que empuja hacia la simulación, el silencio, los sitios donde beber y olvidar.
Y sin embargo, ninguna de las tres es solo víctima. Cuando el peligro se activa y el cerebro dispara esa respuesta antigua de lucha o huida que todos llevamos dentro, la lucha no siempre significa enfrentarse a alguien físicamente, puede ser contra el entorno entero, por rescatar a un ser querido, o por rescatarse a sí misma. Esta no es una historia de muerte, sino de supervivencia bajo el patriarcalismo.
Lina: la memoria que escapa y la que se queda
Lina es la narradora, no una protagonista más: el hilo que conecta las tres historias y separa dos espacios —Barranquilla, el lugar de lo contado y del machismo, y París, el lugar desde donde se cuenta—. Es quien logra escapar del destino que aplastó a sus amigas gracias al exilio, la educación y la distancia crítica. Pero ese escape tiene un costo: la nostalgia, la enfermedad, la imposibilidad del regreso. No se queda por falta de sentimiento, sino porque su apego más profundo no estaba en la ciudad sino en su gente: su abuela, sus tías, sus amigas. Ese vínculo explica su auto-exilio: se va, pero se lleva a su gente en la mente y en el corazón, y las convierte en literatura para no abandonarlas nunca.
La sabiduría de las abuelas
La abuela Jimena y las tías Eloísa e Irene son las “casandras” de la novela: figuras de una sabiduría femenina ancestral, oral, que contrasta con el silencio impuesto a las otras mujeres. A ellas acude Lina para intuir el destino de sus amigas. En esa sabiduría heredada está el verdadero centro de gravedad de la obra: el comportamiento prosocial, la gente que se apoya y se ayuda incluso a desconocidos. Hay personajes que actúan con decisión —sin dejarse arrastrar por la emoción cuando hay que poner a salvo a las amigas— porque aprendieron de sus mayores. Y cuando llega la crisis, son las madres quienes vuelven, siempre, a buscar a sus hijos. Cuidarse las unas a las otras es, en últimas, la única forma de atravesar el desastre.
Escribir para que no se repita
Son afortunados quienes tienen la gracia de hacer cosas dignas de ser escritas. Marvel Moreno hizo algo más difícil: escribió sobre mujeres cuyas vidas, menospreciadas por su época, merecían ser contadas y comprendidas en su humanidad completa. Ese es el legado de supervivencia del libro: no son historias de un solo día, quedaron narradas para siempre, en una temperatura de escritura capaz de evaporar la sangre de las venas.
Y aquí aparece la idea que más nos conmovió: contar la historia no es un ejercicio nostálgico, sino un mensaje dirigido hacia adelante, una apuesta porque esta historia no vuelva a repetirse. Como esos escritores muertos que, se dice, nunca terminan de abandonarnos, Marvel Moreno sigue aquí, recordándonos que escribir es entenderse a uno mismo y que un solo buen recuerdo puede borrar años de recuerdos malos. Este libro queda plantado en nuestra memoria no para anclarnos en el pasado, sino para darnos, desde él, el impulso de construir un presente más digno. La literatura, como la música, es también una celebración: esa forma en que Dora, Catalina, Beatriz y Lina se vuelven imborrables. Poder ver de cerca la vida de otro, y sentirla como propia, es quizás el don más raro que tenemos, y sobre él se sostiene la gratitud de haber compartido esta lectura.
Luis Angel Echeverri Isaza
Foto tomada de: BBC

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