Durante 76 años, esa señal fue más que ondas hertzianas: fue testigo y protagonista. En sus cabinas se narraron guerras y reconciliaciones, se tejieron madrugadas de opinión, se cantaron himnos y se lloraron derrotas.
Fue allí donde la palabra de un Gossain se volvió patria, donde el micrófono fue altar y el oyente, feligrés; pero sobre todas las cosas, fue allí donde, inclusive, antes, y ya después del propio Gossain, se velaron las verdades, se ocultaron las felonías de la ultraderecha, y se magullaron los derechos a la información veraz, y donde se transgredieron todas las éticas del periodismo, las palabras que se fueron pudriendo entre los rescoldos de una patria fingida, una patria disfrazada por las voces de esos otros periodistas nuevos que, pagados a manos llenas, vendieron la verdad y pusieron la miseria en el comedor cotidiano, donde comensales desprevenidos desayunaban los mendrugos de narrativas hechas para el desarraigo y el desamparo popular, pero que fueron vaciando las poderosas vigas de concreto y acero de las élites.
Y ya era hora. Hora de que el telón cayera sobre la cadena básica de RCN; y sin aplausos. Con el solo eco de una historia que se desmorona como un decorado de cartón emparamado.
Durante décadas, esa frecuencia fue el metrónomo del poder: marcaba el ritmo de la mentira, afinaba el coro de la impunidad, silenciaba las notas disonantes de la verdad.
No fue periodismo. Fue escenografía. Una puesta en escena donde la palabra se volvió máscara, y el micrófono, garrote. Como escribió Walter Benjamin, “la historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el tiempo lleno de ahora”. Y este ahora, este derrumbe, es el momento en que el simulacro se revela como ruina.
RCN no cayó por falta de audiencia. Cayó por exceso de servilismo. Víctima de su propio invento, se convirtió en instrumento de alienación, en un aparato de propaganda que saboteó las verdades sociales – esas que no caben en titulares, pero que arden en las entrañas del pueblo –.
No resulta extraño. El llamado “cuarto poder” se comportó como el primero: el que decide qué se dice, qué se calla, qué se distorsiona. La radio, la prensa, la televisión – todos con un mismo propósito: acorralar la justicia, perseguir la memoria, calumniar la esperanza. María Mercedes Carranza lo advirtió: “Este país huele a sangre, a sudor, a pólvora, a miedo. Y sin embargo, canta”. Pero, ¿cómo cantar cuando el canto es censurado, cuando la voz es propiedad de las castas que han tiranizado este país desde sus orígenes?
Muchos compatriotas aún desconocen quiénes son los verdaderos dueños de la palabra. Los medios no son espejos: son vitrinas. Y detrás de cada vitrina hay un ventrílocuo. Ellos saben aplicar el silencio como estrategia, como castigo, como forma de exterminio simbólico. Silencian con elegancia criminal, con mecánicas psicológicas que convierten la disidencia en paranoia, la crítica en delito, la verdad en ruido.
George Orwell digo que “[…] El periodismo consiste en decir ‘Lord Jones ha muerto’ a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo”, y RCN hizo lo propio, se encargó de decir que el país estaba en paz, mientras el país se desangraba. Dijo que había democracia, mientras se repartían los micrófonos entre los verdugos. Dijo que había libertad, mientras acallaban a quienes la pronuncian.
La noticia del cierre no llegó por boletín oficial, sino por redes sociales. En el video de la cuenta de Instagram “Salvemos a Colombia”, se anuncia el entierro de la cadena básica de RCN como un acto inevitable: “le vendieron el alma al diablo… a Álvaro Uribe Vélez y su cohorte de criminales”, dice el locutor, mientras enumera los nombres de quienes convirtieron el periodismo en esperpento. Nombres que ampliamente conocemos.
Pero no fue el único golpe. En el informe “Cierre de RCN Radio y pase a la FM Plus” (1/08/25), se confirma que la señal básica desaparece, dando paso a la FM Plus, un nuevo modelo híbrido entre música e información. El video titulado “¡RCN Radio EN QUIEBRA! CERRARÁN por PÉRDIDAS…” revela que las pérdidas económicas fueron insostenibles, y que figuras emblemáticas de la emisora se quedan sin trabajo. Otro contenido, “Transformación…”, expone el impacto humano: despidos masivos, oficinas desmanteladas, y una torre sonora que se vacía poco a poco.
El artículo de “Las2Orillas” lo resume con una frase que pesa: “RCN Radio, la que alguna vez fue la cadena radial más grande de Colombia, acaba de apagar su señal básica después de 76 años”. “Infobae” confirma que el 4 de agosto de 2025 marca el cierre definitivo de la frecuencia 93.9 FM, que ahora será ocupada por la “FM Plus”, el nuevo rostro de una transición que, preciso es decirlo, no todos celebran. Y “El Universal” detalla que Juan Lozano dirigirá el nuevo sistema informativo de 24 horas, mientras que la programación musical se fragmenta en bloques regionales.
Y así, entre titulares que confirman el ocaso y frecuencias que se desvanecen, se dibuja algo más que una reconfiguración mediática: el fin de una era. Pero en cada apagón hay también una chispa. Una grieta en el muro. Un respiro que anuncia lo que viene.
Que caigan, uno a uno, los lacayos del saqueo simbólico – esos que subastaron la palabra al mejor postor y vistieron la mentira con traje de noticia. Que se desplome el altar donde se oficiaba el culto a la desinformación, entre micrófonos dorados y voces amaestradas. Porque cuando se apaga una frecuencia que servía al amo, no es solo el silencio lo que queda: es el espacio sagrado donde queremos que germinen otras voces –libres, incómodas, verdaderas – como semillas que rompan el asfalto. Voces que no pidan permiso, que no se inclinen, que lleguen para decir lo que antes se callaba, con el temblor de la verdad y la fuerza de la dignidad.
La radio no muere. No puede morir. Porque en sus ondas aún resuenan las voces de abuelas, obreros, campesinas, estudiantes, poetas sin micrófono. No queremos su muerte, queremos su renacimiento: distinto, digno, desobediente. Que deje de ser eco del amo y se convierta en canto del pueblo. Que abandone el simulacro y vuelva al testimonio. Que deje de entretener para adormecer, y empiece a despertar. Que ya no se disfrace de espectáculo, sino que se vista de conciencia. Porque el poder no está en la torre ni en la frecuencia: está en quienes escuchan, en quienes hablan, en quienes eligen qué se dice y qué se calla.
Porque alguna vez la radio fue nuestra. No del mercado, no del amo, sino del pueblo que madrugaba a escuchar verdades envueltas en palabras sencillas, pero certeras. Alguna vez fue testigo, no títere. Y en ese recuerdo vive la nostalgia por lo real, por lo bueno, por lo que un día dejó de ser cuando las élites aprendieron a mover las fichas del relato como piezas de ajedrez, diseñando el tablero a su antojo.
¿Dónde queda el legado de un Juan Gossain, de los noticieros que eran crónicas vivas, de las voces que no solo narraban sino que interpretaban el país? La radio, como la poesía, vive en el ritmo y en el silencio. Y este silencio que deja RCN no puede ser vacío, necesita ser grito que nos obligue a repensar qué tipo de país queremos escuchar, porque cuando se apaga una voz que engañó, silenció, y vendió las ideas para la construcción de una narrativa que dividió al país, se enciende la pregunta por nuestra identidad
Se trata ahora de resistir el olvido con la fuerza de la palabra. De exigir que el cambio no sea borradura, que la modernización no arrase con la memoria como si el pasado fuese un estorbo. Que la radio –ese templo sonoro donde el país se ha contado a sí mismo– no pierda su alma entre métricas y algoritmos. Que siga siendo el lugar donde la palabra pesa, donde el tiempo se detiene para pensar, donde las voces no se editan para agradar, sino que se escuchan para comprender. Pues en una sociedad que corre con vértigo, necesitamos espacios que nos devuelvan el ritmo humano: el de la pausa, el del silencio fértil, el de la escucha profunda.
Que la radio no sea solo tecnología, sino territorio simbólico. No solo sonido, sino conciencia. Que sea presente, memoria viva que nos enseña a ser.
Hoy, la cadena básica de RCN se desliza hacia el umbral del recuerdo, pero que no sea un vestigio inerte, ni un suspiro perdido en la bruma del olvido. No. Que se erija como un himno latente, una elegía que sea llama, verbo, causa. La radio no muere, se transmuta, se resiste, se reinventa. Y nosotros, los oyentes, no somos su sombra: somos su conciencia despierta, su memoria insumisa, su voz que arde y permanece.
Bibliografía
Las2Orillas. (2025, agosto 2). RCN Radio apaga su señal básica después de 76 años. Recuperado de https://www.las2orillas.co
Infobae. (2025, agosto 3). RCN Radio cierra su señal básica y lanza La FM Plus. Recuperado de https://www.infobae.com
El Universal. (2025, agosto 4). Juan Lozano dirigirá el nuevo sistema informativo de RCN. Recuperado de https://www.eluniversal.com.co
Salvemos a Colombia [@salvemosacolombia]. (2025, julio 30). Video editorial sobre el cierre de RCN básica. Instagram. Recuperado de https://www.instagram.com/salvemosacolombia
YouTube. (2025, agosto 1). Cierre de RCN Radio y pase a La FM Plus (1/08/25) [Video]. Canal: Colombia Informa. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=OS-ClIQ5MmU
YouTube. (2025, julio 31). ¡RCN Radio EN QUIEBRA! CERRARÁN por PÉRDIDAS … [Video]. Canal: Noticias Reales. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=8S_Cek4tEMw
YouTube. (2025, agosto 2). Se quedan sin trabajo estrellas de RCN radio. Transformación … [Video]. Canal: Voces Libres. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=M6akyxdrnFY
Benjamin, W. (1940). Tesis sobre la filosofía de la historia. En Iluminaciones. Editorial Taurus.
Carranza, M. M. (1984). El canto de las moscas. Editorial Planeta.
Orwell, G. (1946). Politics and the English Language. Horizon.
Eduardo Marulanda
Foto tomada de: RCN Radio
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