• Desde el sur
  • Sur global
  • El sur posible
  • Archivo Revista Sur
  • Video
  • ESPECIAL SOBRE BOGOTÁ
  • SUR COOPERANDO

Corporación Latinoamericana Sur

  • INICIO
  • NOSOTROS
    • Quienes somos
    • Qué hacemos
    • Nuestro Equipo
  • TEMÁTICAS
    • Participación y cultura política
    • Paz, Desarrollo Social y Postconflicto
    • Jovenes
    • Victimas
    • Salud
    • Derechos humanos
    • Democracia y ciudadania
    • Ciudades Equitativas – Territorios Equitativos
  • Publicaciones
  • Contáctenos

La izquierda progresista, mano derecha de Sísifo

19 octubre, 2026 By Dilia Nelma Forero Sánchez Leave a Comment

PDF
Imprimir
Sísifo empuja la piedra. Su mano derecha lo ayuda. Pero cuando la piedra cae, la mano derecha se retira. Y Sísifo vuelve a empezar.

Resumen general

La izquierda progresista ha demostrado que puede ganar elecciones, conquistar representación institucional y gobernar, pero no ha demostrado que pueda construir poder popular autónomo. Esta diferencia ayuda a explicar por qué muchas conquistas siguen siendo frágiles: cuando dependen principalmente de un gobierno y no de una organización popular con capacidad propia, quedan expuestas a la reversión.

El ciclo se repite: la indignación se convoca, se moviliza, se capitaliza políticamente y se disipa sin convertirse necesariamente en organización permanente. Como Sísifo, el pueblo vuelve a levantar la piedra, mientras las condiciones que la hacen caer permanecen. La izquierda progresista no es Sísifo: es su mano derecha, la que ayuda a empujar la piedra, pero no construye la fuerza necesaria para impedir que vuelva a caer.

Esta serie examina las prácticas políticas que reproducen ese ciclo, las condiciones materiales que lo sostienen, la necesidad de producir conocimiento desde las luchas y la construcción de una organización política fundamental del pueblo.

La pregunta que atraviesa el ensayo es cómo transformar la indignación y la experiencia de lucha en una fuerza organizada capaz de sostener y profundizar las transformaciones.

Parte 1. El diagnóstico que falta

Diagnosticar a la derecha es necesario, pero insuficiente. El diagnóstico que realmente transforma es el que también examina las propias prácticas, los métodos de organización y las relaciones de poder que se reproducen dentro de la izquierda. Sin ese ejercicio crítico, se termina creyendo que el problema está exclusivamente en el enemigo, mientras se ignora la incapacidad propia para construir un poder popular que sostenga las transformaciones más allá de un gobierno.

La izquierda progresista ha demostrado que puede canalizar el descontento social, ganar elecciones, conquistar representación institucional y promover reformas. Sin embargo, esas conquistas no equivalen, por sí mismas, a la construcción de poder popular. Ganar el gobierno no significa que el pueblo organizado haya conquistado la capacidad de decidir sobre las condiciones materiales y políticas de su existencia.

Esta diferencia es fundamental para comprender por qué derechos conquistados durante décadas pueden retroceder en periodos relativamente cortos. Cuando las transformaciones dependen principalmente de la voluntad de un gobierno, de sus dirigentes o de mayorías electorales circunstanciales, permanecen expuestas a la reversión. Sin una fuerza popular organizada, con capacidad de deliberar, actuar y defender sus conquistas, las reformas pueden convertirse en avances temporales dentro de un orden que conserva sus principales estructuras de poder.

El problema, por tanto, no consiste únicamente en que la derecha regrese al gobierno. Consiste en que las condiciones materiales que permiten reproducir su poder permanecen, mientras la organización popular no alcanza la capacidad necesaria para confrontarlas. El poder económico se concentra, las formas de explotación se transforman y los intereses del gran capital encuentran nuevas vías para imponerse. Entretanto, la movilización popular suele activarse ante las amenazas, pero no siempre logra convertirse en una fuerza organizada permanente.

La izquierda progresista ha hecho de las elecciones, la representación institucional y la movilización alrededor de sus dirigentes los ejes centrales de su acción política. En ese esquema, el pueblo puede ser convocado para elegir, respaldar un programa, defender un gobierno o protestar contra una amenaza, pero no necesariamente para construir una organización propia desde la cual produzca conocimiento, delibere, tome decisiones y ejerza poder.

Esta es la contradicción que debe examinarse: una izquierda que se propone transformar la sociedad, pero que continúa dependiendo de mecanismos políticos que no garantizan la organización autónoma del pueblo. Mientras esa contradicción no se resuelva, las conquistas seguirán siendo vulnerables y el descontento podrá volver a convertirse en capital electoral sin producir el contrapoder que hace falta.

El diagnóstico no puede quedarse en enumerar los errores de la derecha ni en reclamar mejores dirigentes, mejores discursos o nuevas victorias electorales. Tiene que llegar a una pregunta más incómoda.

¿Por qué, después de tantos años de luchas, movilizaciones y experiencias de gobierno, la izquierda progresista no ha logrado construir una organización popular con capacidad de sostener y profundizar las transformaciones?

La respuesta exige examinar una práctica política que se repite: la indignación popular se convoca, se capitaliza y después se disipa. Ese es el ciclo de Sísifo.

En la próxima entrega: ¿cómo funciona ese ciclo y qué ocurre con la fuerza popular cuando termina la movilización?

Parte 2. El ciclo de Sísifo

La respuesta comienza por reconocer una práctica recurrente: la indignación popular se convoca, se moviliza, se capitaliza políticamente y finalmente se disipa, sin que necesariamente se transforme en organización permanente. Como Sísifo, el pueblo vuelve a levantar la piedra, pero las condiciones que la hacen caer permanecen intactas.

El ciclo comienza con una indignación legítima. Las comunidades ven amenazados sus territorios, sus medios de vida y sus derechos. El fracking, la afectación de páramos como Santurbán, la explotación del subsuelo para extraer minerales estratégicos y el desplazamiento de pequeñas actividades productivas son expresiones concretas de una disputa por el control de la riqueza y las condiciones materiales de la vida.

La indignación convoca. La izquierda progresista llama a movilizarse, pronuncia discursos, reúne multitudes y expresa el descontento. La movilización demuestra que existe oposición social, pero la cantidad de personas en la calle no equivale, por sí misma, a una fuerza organizada capaz de disputar el poder.

Después, la movilización se mide. El poder calcula su alcance, evalúa sus efectos y decide cómo contenerla, ignorarla o neutralizarla. Una protesta puede ser multitudinaria y, aun así, no alterar las relaciones materiales que originan el conflicto.

La indignación también se capitaliza. La dirigencia progresista puede convertir el descontento en reconocimiento, respaldo político y oportunidades electorales. El pueblo aporta su tiempo, su esfuerzo y sus esperanzas, pero no necesariamente gana capacidad para decidir sobre el rumbo de la organización o sobre las acciones que deben seguir.

Finalmente, la movilización se desactiva. El conflicto permanece, las causas materiales continúan y las comunidades vuelven a quedar frente a los mismos poderes. Cuando surge una nueva amenaza, comienza otra convocatoria. La piedra vuelve a levantarse.

Este ciclo no significa que toda movilización fracase ni que las elecciones carezcan de importancia. Significa que ninguna movilización, por grande que sea, sustituye la construcción de organización popular. Tampoco basta con conquistar el gobierno si el pueblo continúa sin mecanismos propios para deliberar, decidir y ejercer poder.

El progresismo puede canalizar el descontento, conquistar gobiernos y ofrecer reformas sin que ello implique necesariamente la construcción de un contrapoder popular. Así, la expectativa de cambio puede terminar administrada dentro de las mismas relaciones de poder que se pretendía transformar.

La regresión de derechos no es un accidente ni puede explicarse solamente por los errores de un gobierno. En ella intervienen fuerzas económicas y políticas capaces de concentrar la riqueza, desplazar actividades productivas y subordinar territorios a los intereses del gran capital, incluido el internacional. Frente a esas fuerzas, la indignación dispersa resulta insuficiente.

Esta es la crítica a la izquierda progresista como forma de hacer política, no una condena indistinta de todas las personas que militan en ella. Las bases tienen la posibilidad y la responsabilidad política de examinar lo que hacen, cómo lo hacen y qué resultados produce su práctica. La lealtad a una causa no puede convertirse en obediencia a métodos que impiden construir el poder popular que esa misma causa necesita.

La indignación sin organización se consume en la movilización. La movilización sin continuidad no construye contrapoder. Y sin contrapoder organizado, las conquistas permanecen expuestas a la reversión.

La pregunta ya no es cuántas veces más lograremos llenar las calles, sino por qué, una vez termina la movilización, las condiciones que originaron la lucha continúan reproduciéndose.

Para responder hay que ir más allá de las prácticas políticas y examinar el modelo material que produce los agravios y conserva las relaciones de poder.

En la próxima entrega: ¿qué condiciones materiales reproducen el ciclo y por qué la izquierda necesita producir conocimiento propio para comprenderlas?

Parte 3. El modelo material y el marco teórico

El ciclo de Sísifo no se explica únicamente por la práctica de la izquierda progresista. También hay que examinar el modelo material que produce los agravios y que permanece en pie cuando la indignación se disipa.

El modelo económico no necesita eliminar toda forma de producción campesina; le basta con subordinarla o desplazarla cuando entra en contradicción con la acumulación del capital. El acceso a la tierra, el agua, las semillas, el crédito, la tecnología y los mercados determina si el campesinado puede producir y vivir dignamente o si termina sometido a la dependencia económica. No basta con reconocer derechos: se requieren las condiciones materiales para ejercerlos y conservar los medios de producción.

La concentración del poder económico articula la propiedad de la tierra, las cadenas agroalimentarias, las finanzas, los medios de comunicación y las actividades extractivas. No se trata de suponer que todos esos intereses responden a una dirección única, sino de comprender cómo sus relaciones pueden reforzar un mismo proceso de acumulación y subordinación. La destrucción o el desplazamiento de pequeñas actividades productivas puede abrir espacio para formas de explotación controladas por el gran capital, incluido el internacional.

Esta disputa también reproduce relaciones patriarcales y otras formas de dominación que atraviesan la vida cotidiana. La división sexual del trabajo, la apropiación del trabajo de las mujeres y el control sobre sus cuerpos no son asuntos separados de las relaciones materiales de producción. Las luchas contra el patriarcado, el racismo y la exclusión territorial necesitan comprenderse en su especificidad y, al mismo tiempo, articularse con la lucha de clases. De lo contrario, pueden fragmentarse políticamente y quedar subordinadas a un modelo que conserva las relaciones de poder que las producen.

Comprender estas relaciones exige algo más que describir los problemas o sumar reivindicaciones. Exige construir un marco teórico capaz de explicar cómo se relacionan las contradicciones, por qué se reproducen y qué condiciones hacen posible transformarlas.

El marco teórico que falta se construye desde la práctica

No necesitamos importar otro marco teórico ni repetir sin examen el que otros construyeron en condiciones históricas distintas. Necesitamos producir conocimiento desde nuestra propia práctica política, desde las luchas concretas y desde las contradicciones que no hemos logrado resolver.

La teoría no puede estar separada de la práctica, ni las comunidades pueden seguir siendo objetos de estudio de intelectuales, académicos o dirigentes. Son sujetos capaces de producir conocimiento sobre su realidad, confrontarlo colectivamente y transformarlo en acción política.

El desafío es construir nuestro propio marco teórico mediante la relación dialéctica entre práctica, reflexión y acción. No para justificar lo que ya hacemos, sino para cuestionarlo, comprender sus límites y crear nuevas formas de organización.

La experiencia de una lucha no se convierte automáticamente en conocimiento colectivo. Es necesario examinarla, reconocer sus aciertos y sus límites, contrastar interpretaciones y sistematizar lo aprendido. De lo contrario, cada comunidad puede verse obligada a comenzar de nuevo, repitiendo esfuerzos y errores que otras ya han enfrentado.

Producir conocimiento desde la práctica significa también cuestionar las formas de organización que no producen los resultados esperados. No basta con explicar las derrotas por la fuerza del enemigo. Hay que analizar nuestras propias decisiones, las relaciones internas de poder y la distancia entre lo que proclamamos y lo que realmente hacemos.

La pregunta no es quién nos proporciona la teoría, sino qué conocimiento estamos produciendo desde nuestras luchas y cómo lo convertimos en capacidad organizada para transformar la realidad.

Pero si el conocimiento nace de la práctica y permite comprender sus contradicciones, ¿cómo convertirlo en una fuerza colectiva permanente, sin volver a depender de las convocatorias de dirigentes ni confundir la organización popular con un aparato electoral?

Esa es la cuestión de la organización política fundamental del pueblo.

En la próxima entrega: ¿cómo construir esa organización desde los territorios y las luchas concretas, sin reproducir las prácticas que pretendemos superar?

Parte 4. La organización política fundamental del pueblo

La salida no consiste en crear otro aparato electoral y buscar después las bases que lo respalden. Consiste en construir la organización política fundamental del pueblo, desde los territorios, las condiciones materiales de existencia, las luchas concretas y la producción colectiva de conocimiento.

Esto no significa abandonar los partidos ni renunciar a la disputa electoral. Significa dejar de confundirlos con la organización del pueblo. Un partido puede participar en la conquista del gobierno, pero no sustituye la capacidad de las comunidades para organizarse, deliberar, tomar decisiones y actuar colectivamente.

La organización orgánica no se decreta desde una dirección ni se construye únicamente mediante afiliaciones. Se desarrolla en la práctica, relacionando el conocimiento con la acción, las luchas particulares con los intereses comunes y las experiencias territoriales con una comprensión de conjunto de la sociedad.

Por eso, la formación política no puede reducirse a transmitir una doctrina ni a preparar cuadros para una estructura previamente definida. Debe partir de los problemas reales, propiciar la reflexión colectiva, confrontar las explicaciones existentes con la práctica y sistematizar el conocimiento producido. La teoría y la organización se construyen en ese mismo proceso.

El llamado también es para quienes militan en partidos de izquierda: la militancia no puede agotarse en defender dirigentes, respaldar candidaturas o participar en campañas. Es necesario preguntarse qué organización queda en los territorios después de cada elección, qué capacidad de decisión conserva el pueblo y qué poder real se ha construido más allá de la representación institucional.

No se trata de sustituir una estructura por otra sin examinar sus fundamentos. Se trata de producir las condiciones para que el pueblo sea sujeto de su propia organización y no una fuerza convocada periódicamente para legitimar decisiones tomadas por otros.

Esta tarea requiere relacionar las luchas territoriales, producir conocimiento propio, formar capacidades colectivas y construir mecanismos de deliberación y decisión. No se resuelve con una consigna ni con la voluntad de una dirección. Tampoco con la simple suma de organizaciones existentes, si cada una permanece aislada o si sus decisiones siguen dependiendo de intereses electorales particulares.

La organización debe ser capaz de aprender de la práctica, corregir sus métodos y transformar sus formas de actuar. De lo contrario, corre el riesgo de reproducir las mismas relaciones de poder que cuestiona: dirigentes que deciden, bases que ejecutan y comunidades convocadas cuando se necesita su respaldo.

La cuestión no es únicamente cómo organizar al pueblo, sino cómo construir una organización que no termine separándose de él. Ese es el desafío político y teórico que debemos resolver colectivamente.

Conclusión

Superar el ciclo de la izquierda progresista exige construir organización popular, producir conocimiento desde la práctica y convertirlo en capacidad colectiva para ejercer el poder. No se trata de abandonar la lucha electoral, sino de dejar de confundirla con la organización política del pueblo.

La tarea no es movilizar más indignación, sino construir organización. No basta con conquistar gobiernos: hay que construir poder popular. No basta con esperar a que la derecha caiga: hay que construir la fuerza capaz de confrontar las relaciones de poder que la sostienen.

Sísifo no puede seguir dependiendo de una mano que lo ayuda a empujar la piedra, pero se retira cuando esta cae. El pueblo necesita construir su propia capacidad organizada para transformar las condiciones que lo obligan a comenzar de nuevo.

La pregunta queda abierta: ¿cómo construir esa organización sin reproducir las prácticas de poder que pretendemos superar?

Dilia Nelma Forero Sánchez

Foto tomada de: Canal TRO

FacebookTweetLikeShareLinkedInEmail

Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

Deja un comentario Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sur Global

Europa en un mundo multipolar

19 octubre, 2026 By JEFFREY SACHS Leave a Comment

¿Resilencia?

19 octubre, 2026 By Michael Roberts Leave a Comment

Trump y la democracia en jaque

19 octubre, 2026 By Leandro Morgenfeld Leave a Comment

El Sur posible

Ideas verdes

3 abril, 2019 By Carolina Corcho 2 Comments

Suscribirse a la Revista Sur

VIDEO RECOMENDADO

Fue archivado el proyecto de Ley 010 de Reforma a la Salud

https://www.sur.org.co/wp-content/uploads/2021/05/VID-20210519-WA0024.mp4

Dra. Carolina Corcho Mejía, Presidenta Corporación Latinoamericana Sur, Vicepresidenta Federación Médica Colombiana

TEMÁTICAS

  • Participación y cultura política
  • Paz, Desarrollo Social y Postconflicto
  • Jovenes
  • Victimas
  • Salud
  • Derechos humanos
  • Democracia y ciudadania
  • Ciudades Equitativas – Territorios Equitativos
  • Publicaciones

Ultimos articulos

  • La política de orden público del gobierno de Abelardo: sometimiento a la justicia y beneficios a los narcotraficantes
  • Desconcierto y confusión
  • Presupuesto General de la Nación, PGN, 2027 y papel del Congreso
  • Lecciones del sismo en el Chocó
  • Las cuentas claras y el chocolate espeso: ¿cómo se financiará la reconstrucción?

Etiquetas

Acuerdo Agro Amnistia Brasil Cambio Climatico Campo Catalunya Ciencia y Tecnología Conflicto Colombia Corrupción crisis capitalismo Democracia Derecho al agua Derechos Humanos Economía Ecuador Elecciones Colombia ELN España Fast Track Iglesia Justicia Justicia de paz Medio ambiente Mineria Negociación Neoliberalismo Papa Participación Paz PND Pobreza Politica Politica EEUU protesta social reforma Reforma tributaria religión Renegociación revolucion salud Terrorismo Trump Venezuela Victimas

Apoyo SUR

Buscar

Director: Pedro Santana

 

 

 

Copyright © 2026 Todos los derechos reservados - Corporación Latinoamericana Sur ·