Pero hubo mucho más en este discurso memorable. También afirmó que el neoliberalismo es una forma del capitalismo que ha llegado a su fin. Dejó entrever que el capitalismo aún tiene futuro si consigue librarse definitivamente de esta modalidad suya, tan depredadora como destructiva. Y para criticarlo se remontó a Aristóteles y la distinción que él estableció entre la economía y la crematística. La primera se ocupa, según uno de los fundadores de la filosofía occidental, de los asuntos monetarios y comerciales, mientras que la crematística se ocupa de la producción de bienes que garanticen el bien común. El bien común por excelencia: la vida, como repitió varias veces. Y actualizó la distinción aristotélica refiriéndose a los maestros de la economía política clásica: Adam Smith y David Ricardo. Para quienes era decisiva la distinción entre los beneficios empresariales y las rentas. O sea, las ganancias generadas por la industria, distintas de las originadas por la especulación financiera o el control de la tierra, que hoy se ha expandido hasta transformarse en el control de esa otra parte de la tierra: el petróleo. Citó también al Marx que, refiriéndose al papel de las máquinas en la sociedad moderna, afirmó que “los capitalistas utilizan las máquinas para aumentar los beneficios, mientras que los obreros las utilizaran para aumentar el tiempo libre”. El tiempo en el que pueden vivir plenamente su vida, añado.
Petro aprovechó este pasaje de su discurso para informar a su audiencia de los avances de la industrialización en Colombia, cuyo mayor logro fue el crecimiento del 500% de la industria militar de construcción naval.
Me parece igualmente importante el pasaje de su discurso en los que elogió tanto al Papa Francisco como a León XIV. Petro destacó el compromiso ecológico del primero, condensado en la encíclica Laudato sí. Sobre el cuidado de la casa común y el compromiso con la defensa de la dignidad humana de los trabajadores, formulado en su encíclica Magnífica humanitas. Sobre la custodia de persona humana en tiempo de la Inteligencia artificial. Compromisos a los que añado el de ambos papas con la paz y la condena de la guerra. Hacer la guerra es destruir la vida, la vida humana y la del planeta. Nada como la guerra causa tantos muertos, en el frente y la retaguardia, y nada como ella acelera tanto la destrucción del medio ambiente. Ya sea en el Medio Oriente o en nuestras selvas bombardeadas o intoxicadas con fumigación aérea.
El elogio de Petro de los papas tiene una indudable importancia en el actual momento político del país. Abre las posibilidades de un acercamiento y un diálogo renovado con la iglesia católica en una coyuntura marcada por el fin del monopolio católico y el fuerte ascenso de los movimientos evangélicos. Para los progresistas y, en general para la izquierda democrática o socialista, la subordinación de estos últimos a la agresiva agenda política de Washington representa un gran desafío. Como lo representa igualmente para la iglesia católica que, dada su historia milenaria y su carácter verdaderamente ecuménico, es un actor independiente en la escena política internacional. El Vaticano ha pactado y en ocasiones ha sido cómplice de las peores políticas de las grandes potencias occidentales, pero ninguna de esas decisiones ha anulado su independencia. El Vaticano sigue siendo el Vaticano, el Papa es el vicario de Jesucristo en la Tierra y no el agente de ninguna potencia terrenal por muy omnipotente que ella misma se considere. Los imperios han muerto y la iglesia ha prevalecido. Y, según números indicios, al Imperio Americano, liderado hoy por una mezcla de Calígula con Heliogábalo, le espera el mismo final que al del resto de los imperios que le han precedido.
Insisto: los elogios de Gustavo Petro a los compromisos con papa Francisco y de León XIV con la paz, la defensa de la vida en el planeta y de la dignidad humana, son una invitación al diálogo y la colaboración de mutuo beneficio con la Iglesia, dirigida incluso a quienes defendemos la separación entre la Iglesia y el Estado.
Nota. Creo que en este punto es importante hacer una aclaración. Soy defensor de dicha separación, pero no soy ateo. Porque el ateísmo es sólo expresión de un racionalismo liberal que piensa que la existencia de Dios está garantizada por la fe y la creencia. Su corolario: si dejamos de creer y de confiar en Él, deja de existir. Como no soy ateo sino materialista pienso que Dios existe porque su existencia y su eficacia la asegura la Iglesia, entendida tanto como comunidad activa de creyentes, como institución cultural, social y política. Y por esto mismo pienso que lo peor que pueden hacer los laicos en su relación con los fieles de la iglesia católica y de todas las otras iglesias, es estigmatizarlos como simplemente “ignorantes”. Yo suscribo, en cambio, la tesis de Harold Bloom: “La religión es la poesía del pueblo”. Su épica y su lírica, añado.
A quienes estén interesados en una interpretación materialista de la religión, les invito a leer mi libro El santo, el militante y el artista, publicado por la Editorial Ekobios.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: Diario Red

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