“…La reforma de la política requiere una comprensión diáfana de la idea de que en el presente, hacer política quiere decir hacer cultura, de que el nexo política-saber, política-técnica, política-ciencia es cada vez más estrecho.” Iván Cepeda C, la muerte de la política, p. 141.
En Colombia, la conducción política de Gustavo Petro, después de dos décadas de incubación, logra conformar una fuerza independiente y triunfante, que es un precipitado de grupos y clases subalternas; en oposición abierta al bloque dominante, conducido por el bipartidismo renovado por una estrategia de revolución pasiva que sigue a la disgregación del Frente nacional.[1]
Ocurre a través del ambiguo proceso de la asamblea constituyente, donde hacen presencia tres fuerzas políticas, dos bipartidistas, y un bloque que demanda democracia y paz, donde la interlocución junta a exguerrilleros que dejaron las armas con movimientos cívicos y liderazgos sociales de procedencia diversa.
Este primer paso del proceso de autonomía de los subalternos, quienes se separan del bloque dominante para darle apoyo y existencia a una fuerza política nueva, lo encauza el liderazgo de Gustavo Petro y su organización forjada con antiguos militantes del M19. La alianza M19/AD se va desperdigando, dándole paso a iniciativas menores moleculares, que viven la más de las veces los fenómenos de la cooptación y el transformismo que protagoniza el recompuesto bloque dominante a partir de 1991, que se prueba en una acción de guerra directa, luego del fracaso de las conversaciones de paz con las Farc Ep, 1999-2002.
La propuesta fue una coalición que denominó Colombia Humana. De ese modo, él disputó la elección presidencial, perdió con Iván Duque, el candidato de la reacción y representante del partido de la guerra en 2018.[2]
En todo caso, esta acción política comienza a disgregar el bloque histórico oligárquico de los gobernados. Ayuno de hegemonía, marcado por la ininterrumpida acción insurgente subalterna que se remonta a la conformación de las Farc en el año 1964, y del ELN al siguiente año.
Este es un proceso de larga duración,[3] que acompaña a la construcción tardía del Estado colombiano, donde la violencia, como lo sostuvo Charles Tilly para Europa, es también un componente imprescindible en su conformación estatal moderna. En el trabajo doctoral reciente de David Racero, quien indaga por la paz firmada en 2016, él recupera la lectura del Estado diferencial propuesta por el sociólogo Fernán González,[4] en lugar de pretender aplicar a Colombia la condición de un Estado fallido, y variaciones afines.
Aquella paz, cuyo proceso animó el presidente Juan Manuel Santos, en interlocución primero con Alfonso Cano,[5] secretario político de las Farc-Ep,[6] y continuó luego con Timochenko, es parte del proceso de desenlace de la crisis de hegemonía del orden político colombiano. Sin parar las hostilidades, después de cuatro años de negociaciones, selló la paz con esta insurgencia subalterna en La Habana, y en Bogotá.
No resolvió la crisis de hegemonía que afectaba al régimen político oligárquico, pero sí recuperó su legitimidad bajo la divisa de la paz, que sin embargo impuso a la organización guerrillera que la paz no tocaría ni el modelo económico ni las fuerzas armadas. En consecuencia, el denominado Estado diferencial no conquistó la hegemonía, pero sí la legitimidad, y en esa medida, el partido de la guerra, durante la presidencia de Iván Duque y el Centro Democrático, buscó de modo infructuoso hacer trizas la paz.
Este gobierno de Iván Duque intentó por todos los medios a su alcance darle continuidad a la política pública de guerra implementada en las dos presidencias anteriores de Álvaro Uribe Vélez. Sin entender que el teatro de la guerra de movimientos se había trasladado a la disputa en las trincheras y casamatas de la sociedad civil rural y urbana. Era el tiempo de la guerra de posición política que tiene como escenario principal a la sociedad civil. Era muestra fehaciente la confrontación electoral por la presidencia, contra su rival Gustavo Petro, a quien logró vencer por un millón de votos.
Muerte de qué política
“En nuestro siglo (XX), sin embargo, ya había sido pronunciada esta sentencia desde la perspectiva del marxismo. Gramsci en sus escritos esboza de manera implícita o explícita, la idea que en nuestra época se hace imperativa no la restauración de una ideología, de un partido o de una concepción particular de Estado, sino la reconfiguración de la política misma.” Iván Cepeda C, La muerte de la política, en Gramsci y la realidad colombiana. Foro Nacional por Colombia. Bogotá, agosto de 1991, p. 136.
“No es casualidad, por tanto, que el propio Gramsci intente llamar la atención sobre la tensión teórico política ligada al “movimiento” del concepto de revolución pasiva al interior de su propia reflexión, cuando por un lado señala la utilidad y el peligro de tal argumento y, por otro, afirma que <<la concepción sigue siendo dialéctica, o sea que presupone, incluso postula como necesaria, una antítesis vigorosa y que presente todas sus posibilidades de explicación intransigentemente>> (C15,62, 236).” Pasquale Voza, op. cit., 433.
A hoy, el bloque reaccionario en agonía, utiliza sus fuerzas y alianzas de mutua conveniencia del Congreso para bloquear todos los actos del gobierno del cambio. Se vale también las Cortes para contener y/o filtrar los decretos reformistas. Uno y otras son el muro de contención en esta intensa guerra de posición política. Cuando hace agua la estrategia de revolución pasiva, el antagonismo produce el tránsito de una orientación regresiva neoliberal, a una progresiva, que corresponde a la corriente Neoprogresista en el continente americano.
Es esta la situación, la presencia de una dupla de dirigentes subalternos, singulariza el devenir de la presente coyuntura estratégica. El partido recién admitido, Pacto Histórico/Colombia Humana, con Iván Cepeda y Aida Quilcué a la cabeza, ponen a prueba, lo que diagnóstico el candidato, cuando era un joven docente de filosofía en la UNINCCA. En el escrito de Cepeda para el libro Gramsci y las Ciencias Sociales, señalaba, que había relaciones nuevas en la muerte de “la política tradicional como acto de superación”.[7]
Esta pareja, le toca como conductora del Pacto Histórico, en tanto como partido movimiento, avanzar en la construcción del nuevo príncipe democrático, esto es, el partido que en “la crisis del culto a las masas, vaya más allá de “la concepción mesiánica del sujeto de la política.”[8] Este partido de nuevo tipo, tiene que atender en Colombia, a “la pluralización creciente de la sociedad.”[9]
Más aún, en el marco de la apuesta estratégica de un proceso constituyente, que desbloquee el tapón legislativo del bloque de poder nacional, también cuestiona lo normativo, para lo que acude a Jürgen Habermas, que reconoce “la variada acepción de su significado (que) no puede radicar en la visión única de determinada postura, sino que debe considerarse como el resultado de la comunicación intersubjetiva.”[10]
En el laboratorio de la nueva intelectualidad orgánica de Colombia, que camina sobre el lomo del jaguar subalterno, para la sucesión en el gobierno del cambio, se requiere, igualmente, decía el candidato de hoy, revisar la quiebra de la política convencional, para aceptar “el desgaste de los presupuestos ideológicos absolutos…Los sucesos que han provocado fisuras en el fundamentalismo y el utilitarismo señalan que la idea de Gramsci sobre el juicio político, puede aportar criterios para hallar nuevas formas de pensarlo.”[11]
Los dos, como heraldos destacados de una naciente reforma intelectual y moral, en la crisis de la modernidad, en medio de una creciente intersectorialidad y una incipiente interculturalidad, de la que es puntal la reforma educativa que mejora la financiación de la educación superior pública, y hace gratuito su acceso en el marco de las universidades públicas, encara el desmenuce del juicio político, esto es, “la correspondencia del medio al fin, no por razones moralistas, meramente ideológicas o pragmáticas, sino por razones eminentemente políticas, es decir, porque la posibilidad real de efectuar un proyecto debe considerar estos dos elementos..”[12]
Pues, bien, este perfil intelectual que tomaba cuerpo en interlocución con el pensamiento renovador de Gramsci, está ahora, más allá de los salones de clase, descubriendo otra verdad presente en el pensamiento del actualísimo sardo, en la liza electoral definitiva.
Porque toda política es pedagogía, y en la recta final de esta elección presidencial, es fundamental que la pareja Cepeda Quilcué insistan, como adalides del partido de la vida y de la paz en “la conciencia de la inutilidad del belicismo como doctrina para resolver las diferencias, la cruda realidad mundial (que coloca el problema en términos de supervivencia del género humano) está indicando los límites reales que debe tener la irracionalidad.”
(continúa)
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[1] La revolución pasiva es una estrategia política de la burguesía y sus aliados para impulsar el desarrollo del capitalismo sin la presencia activa de las fuerzas del trabajo, obreros, campesinos, pequeños propietarios urbanos y rurales, capas intelectuales. Esta denominación en el caso de Gramsci, proviene de su lectura de la experiencia de la fracasada revolución republicana liberal en el reino de Nápoles. Revisar el volúmen temática El Risorgimento, selección de escritos de la cárcel de Antonio Gramsci.
[2] En la segunda vuelta, Duque obtuvo el 53,98% frente al 41,81 % de Gustavo Petro (Colombia Humana). Triunfó en 24 de 32 departamentos.
[3] Fechas precisas son siempre discutibles en la historia política, el punto de arranque de la configuración del Estado colombiano es 1903, cuando se pone término a la guerra de los mil días, que engloba, en un cierto modo a la sucesión de múltiples guerras civiles regionales, que siguen a las reformas del medio siglo XIX.
[4] Disputas hegemónicas por el sentido de la paz durante el proceso de negociación del fin del conflicto armado (2012-16). Inédito.
[5] Santos ordenó la acción letal contra el comandante guerrillero, cercado en una zona de guerra. Acción de la que aún se desconocen en detalle la operación especial que condujo a su muerte.
[6] Intelectual orgánico de la insurgencia subalterna.
[7] Cepeda, Iván C (1991). La muerte de la política, en Gramsci y la realidad colombiana. Foro Nacional por Colombia. Bogotá, agosto de 1991, p. 136.
[8] Op. cit, p. 137.
[9] Idem.
[10] Idem.
[11]Op. cit., p. 139.
[12] Ibidem, p. 140.
Miguel Ángel Herrera Zgaib, Grupo Presidencialismo y Participación, Ciencia Política, Unal, Bogotá.
Foto tomada de: Senado de la República

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