Si quienes celebran un gol son fanáticos, necesitamos otra palabra para nombrar a quienes participaron en las cruzadas, persiguieron herejes, organizaron persecuciones y matanzas o acompañaron los grandes fanatismos políticos del siglo XX convencidos de que matar y morir era una manera legítima de construir un mundo mejor.
Ser fan es una cosa. Ser fanático, otra. Y el fanatismo es algo mucho más serio, doloroso y cruel. Los fanáticos políticos y religiosos son los padres del genocidio. De los estadios no sale la gente a matar un pueblo. Hay violencia, sí, y muertos también.
El fan admira, sigue, celebra y sufre. Puede gritar hasta quedarse sin voz y regresar después a su casa. Convertido en hooligan, golpea, insulta. Ideologizado, puede llegar a matar en ocasiones extremas. El fanático ha dado un paso diferente: ha convertido aquello que admira, cree o desea en algo sagrado. Puede ser Dios, la patria, una revolución, un líder, un partido político, un movimiento o el dinero. Lo importante es que aquello que lo impulsa se vuelva intocable, y los que lo contrarían sus enemigos.
Pero tampoco basta con eso. El fanatismo no aparece espontáneamente: se produce. Es un proceso político lento, alimentado de odio y engordado con mentiras. Colombia lleva todo este siglo mintiéndose a sí misma. Las voces de sus líderes son el coro que entusiasma a huestes de maníacos dispuestos a todo.
El miedo, la rabia, el resentimiento y la humillación existen antes que los fanáticos. Un líder astuto, hábil los encuentra dispersos entre personas que no necesariamente piensan igual ni tienen los mismos intereses, les ofrece una explicación sencilla para problemas complejos, descubre un culpable capaz de reunir todos los agravios y termina señalando un enemigo. Así ha sido. Han edificado una ceguera moral para que electoralmente pase cualquier cosa.
Poco a poco sucede algo extraño. El ciudadano que antes juzgaba al líder por sus actos comienza a juzgar la realidad según convenga al dirigente. Ya no necesita preguntarse si este tiene razón. Le basta saber quién lo está atacando.
El fanático es una forma extraña de sumisión. Grita, insulta, amenaza y combate convencido de estar ejerciendo plenamente su libertad. Se siente protagonista cuando alguien ha organizado su rabia, administrado su miedo y señalado la dirección hacia la cual debe dirigir su odio.
El fanático es un sumiso que se siente protagonista. En algún momento de la historia se le llamó un idiota útil.
Para sostener esa relación no bastan las emociones. Se necesitan mentiras. No hablo de las mentiras habituales de la política, utilizadas para ocultar un error, evitar una responsabilidad o ganar unas elecciones. Hablo de la mentira convertida en una forma de pertenencia.
Un líder puede afirmar algo falso y descubrir que miles de seguidores están dispuestos a repetirlo. Algunos lo creerán, otros tendrán dudas y habrá quienes sepan perfectamente que es mentira. Estos últimos son quizá los más importantes.
Quien repite una mentira que sabe falsa está demostrando públicamente que su lealtad al líder es superior a su lealtad a los hechos. No tiene principios.
La mentira compartida se convierte entonces en una ceremonia de devoción y cada vez que el seguidor la repite resulta más difícil regresar a la realidad. Tendría que reconocer que fue engañado, pero también que ayudó a engañar, que atacó a quienes intentaron mostrarle los hechos y que contribuyó a fabricar una realidad falsa. Muchos intelectuales y periodistas son fundamentalistas de la mentira. Las cuelgan en sus columnas y noticias como una medalla ganada con, repito, lo que Eco llamó, con una de sus mejores metáforas, la máquina del fango.
Por eso el fanatismo necesita enemigos. Mientras existe un adversario, existe la política. Podemos discutir con él, criticarlo, derrotarlo en unas elecciones y aceptar que mañana gobierne. El enemigo es otra cosa: su existencia explica nuestros fracasos, justifica nuestra obediencia y mantiene unido al grupo. El líder promete derrotarlo, pero en realidad no puede permitirse que desaparezca. Lo necesita.
He terminado hace pocos días Soldados de Salamina. Mientras avanzaba en la novela pensaba en algo elemental y terrible: detrás de las guerras existen personas que fabrican enemigos para que otras personas los maten. Antes de que los hermanos se maten, alguien tiene que convencerlos de que han dejado de ser hermanos.
Las guerras civiles comienzan mucho antes del primer disparo: comienzan cuando alguien convence a una parte de la sociedad de que la otra parte ya no pertenece a ella. Pero el fanático contemporáneo no necesita un fusil ni un uniforme. Tiene un teléfono.
Todos los días puede recibir una consigna, una acusación, un fragmento de video, una mentira o el nombre de alguien a quien debe atacar. Comparte sin comprobar, insulta sin conocer y desacredita sin escuchar porque su tarea no es comprender: es combatir, cancelar o liquidar moralmente.
La llamada batalla cultural ha encontrado en las redes sociales un territorio extraordinariamente fértil. Los problemas complejos se convierten en identidades enfrentadas y las personas desaparecen detrás de las etiquetas. Ya no discutimos con alguien que piensa diferente; combatimos contra progresistas, fascistas, comunistas, feministas, globalistas o reaccionarios. Las etiquetas tienen una enorme ventaja: evitan el esfuerzo de pensar y permiten saber rápidamente quiénes somos nosotros y quiénes son ellos.
En esas guerras culturales la verdad comienza a perder importancia. Una información ya no se comparte porque sea cierta, sino porque beneficia a los nuestros o perjudica al enemigo. Millones de personas se convierten así en combatientes cotidianos de guerras que otros diseñan. Repito, no necesitan matar: pueden destruir reputaciones, intimidar, cancelar, silenciar y convertir la conversación pública en un campo de batalla permanente.
El fanático contemporáneo puede no estar dispuesto a matar por su líder. Le basta estar dispuesto a destruir por él la reputación de otro.
Y esto también es útil para el poder. Un gobernante puede utilizar a sus fanáticos para protegerse, desacreditar a quienes lo critican e intimidar a las instituciones. Una oposición puede hacer exactamente lo mismo para convertir cualquier dificultad en catástrofe, cualquier error en ilegitimidad y cualquier transición política en un escenario de confrontación. La tentación es la misma: convertir ciudadanos en ejércitos emocionales. Si hay 26 millones de fanáticos, la batalla cultural ya ganó. Esa es la gran mentira que están metiendo en silencio en todas partes. Pero es solo estrategia. Una estrategia autodestructiva contra Colombia misma.
La verdadera prueba de un líder comienza cuando descubre que tiene fanáticos. Puede contenerlos, ponerles límites y recordarles que ningún dirigente, ninguna ideología y ningún partido están por encima del país, o puede utilizarlos, excitarlos, exhibirlos, amenazar con ellos y dirigirlos contra sus enemigos.
Entonces el fanatismo deja de ser una pasión desbordada y se convierte en una tecnología del poder que necesita ser visible, demostrar fuerza y producir miedo.
El fanático que no produce miedo es inútil para el poder.
Quizá por eso resulta extraño que algunos intelectuales estén tan preocupados por quienes gritan durante un partido de fútbol y mucho menos atentos a quienes repiten una mentira, fabrican enemigos y participan todos los días desde sus teléfonos en pequeñas guerras contra sus propios hermanos, amigos o vecinos.
Una sociedad no debe esperar a que aparezcan los muertos para descubrir que está entrando en una espiral de violencia. En Colombia los muertos por violencia están presentes a lo largo de la historia. La alerta debe comenzar antes: cuando una parte del país empieza a considerar que la otra sobra, cuando la mentira se convierte en devoción, cuando criticar al líder se considera una traición y cuando destruir al adversario produce más satisfacción que convencerlo. Cuando vivir con los ojos cerrados es mucho más fácil.
Las guerras que dividen a los pueblos siempre encuentran dirigentes dispuestos a explicar por qué eran necesarias, ideólogos capaces de justificarlas y fanáticos dispuestos a combatirlas. Los muertos, los desplazados, las familias destruidas y los países arrasados casi siempre los ponen otros.
Ese es el dilema: ¿vamos a permitir que quienes disputan el poder conviertan nuestras diferencias en enemistades, o entenderemos a tiempo que en las guerras que ellos preparan terminamos perdiendo todos?
Es un tiempo que riñe con aquel final de los años sesenta, cuando un pacifista que terminaría asesinado, John Lennon, cantaba All you need is love. Ahora muchos parecen cantar lo contrario: All you need is hate.
Guillermo Solarte Lindo
Foto tomada de: Portafolio

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