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Cien años de El castillo, de Kafka

19 enero, 2026 By David Rico Palacio Leave a Comment

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Ese camino probablemente inútil por completo, ese día probablemente perdido, esa esperanza probablemente vana… ¿para qué todo eso?

El castillo (F. Kafka)

El castillo es una novela del escritor checoslovaco Franz Kafka (1883-1924). Publicada póstumamente en 1926, es una obra inconclusa que Kafka había comenzado a escribir el 27 de enero de 1922. Su protagonista, nombrado escuetamente como K., lucha para acceder a las autoridades misteriosas de un castillo que gobierna el pueblo al que él llega a trabajar como agrimensor. El castillo trata de la alienación y la burocracia, y la frustración que producen los intentos interminables de un hombre por incorporarse al sistema que jamás logra alcanzar, ni ver. Kafka murió antes de terminar la novela. Pero no fue la muerte lo que arrebató el final, pues una novela infinita, naturalmente, no tiene ninguno.

Entre quienes influyeron decisivamente en la obra de Kafka, Borges señala como precursores a Zenón y su célebre paradoja del movimiento: “Un móvil que está en A —declara Aristóteles— no podrá alcanzar el punto B, porque antes deberá recorrer la mitad del camino entre los dos, y antes, la mitad de la mitad, y antes, la mitad de la mitad de la mitad, y así hasta el infinito”[1]. Pues bien, El castillo es la novela del nunca, de la imposibilidad, del infinito, del jamás[2]. Todo camino está anticipadamente cerrado, negado, interrumpido, y si se pudiera seguir a través de él no llevaría a ninguna parte. Da lo mismo esperar o marcharse, nada se obtendrá. La paciencia y la resignación son las falsas virtudes que el protagonista aprende lentamente. Cansado de esperar, abdica y se somete dócilmente después de una ininterrumpida cadena de decepciones.

En el largo trayecto que no conduce a ninguna parte, K se debilita y termina por comprender que debe encontrar su justificación en otra cosa, lejos del castillo que lo mantiene inmóvil y al margen de su profesión. Su empleo de bedel y su matrimonio frustrado con Frieda condensan toda su esperanza. Son estos los pequeños propósitos que usa como medios para llegar al fin mayor que resulta imposible: el castillo. Son pequeños propósitos que funcionan como medios para alcanzar un fin mayor —el castillo— que resulta inalcanzable. Pero esos medios acaban convirtiéndose en fines, en la promesa mínima de recuperar un lugar en el mundo: ser alguien, dejar de esperar, llegar a ser algo.

Tras una prolongada insistencia solo queda el cansancio y la amarga certeza de haber sido víctima de un sistema engañoso[3]: “Es verdad que fui contratado aquí como agrimensor, pero solo aparentemente; jugaron conmigo, me expulsaron de todas las casas, todavía hoy juegan conmigo…”, confiesa K. El fragmento revela la disminución que una fuerza invisible pero poderosa ha logrado ejercer sobre él. Terminó por no ser nada y tuvo que buscar su lugar en aquel poblado esquivo, gris y frío como la nieve que atraviesa este relato. “Él no es nada, da pena ver su situación. Es agrimensor, eso quizá sea algo y por consiguiente ha estudiado algo, pero si con eso no sabe qué hacer, vuelve de nuevo a no ser nada”.

La vida de K en el castillo es una hoja suelta que se mueve al vaivén de fuerzas invisibles que la arrastran. La sujeción y subordinación son el resultado de un poder que se pone por encima de él, lo gobierna y lo oprime. Todos se encuentran lo suficientemente abajo como para no poder intervenir en órdenes que pasan “por encima de sus cabezas”. El castillo, lejos de ser una fortaleza imponente, es una construcción aparentemente simple, pero impenetrable por la naturaleza del poder que lo rige: “Allá arriba está la administración con su grandeza inextricable”.

El castillo es el lugar al que no se puede llegar, incluso si se pertenece a él. Todo en la novela es alrededores y rodeos en un horizonte clausurado. “Eres el agrimensor y perteneces al castillo. “¿A dónde quieres ir?”, preguntan a K. “Al castillo”, responde. “Entonces no te puedo llevar”. Klamm, figura hermética y distante, encarna el carácter inaccesible del funcionario verdadero. El absurdo que enfrenta K es compartido por todos, con la diferencia de que los habitantes del pueblo han naturalizado el sinsentido.

En este sentido se expresa la posadera cuando afirma “¿Cómo podrá comprender, si no, lo que para nosotras es evidente: que el señor Klamm no hablará jamás con él (con K)? ¿Qué digo “hablará”, que jamás podrá hablar? El señor Klamm es un señor del castillo, lo que significa por sí mismo (…) un rango muy elevado”. Todos terminan exhaustos a causa del sistema administrativo que los expulsa y proscribe, que los empuja y les impide llegar. La enfermedad y la muerte es lo último que le cabe esperar al individuo debilitado y postergado. Recordemos que Max Brod cuenta que como final para El castillo, Kafka tenía planeado escribir la escena donde K, hallándose moribundo en la cama, recibe por fin un emisario que le avisa que ha sido recibido en el castillo.

Como señala Walter Benjamin, las creaciones kafkianas son parábolas, o como escribe también Adorno, alegoría. El castillo lo es tanto como La muralla china, una empresa infinita que se prolonga sin finalidad porque su construcción no podrá ser acabada nunca, ya que el plan de quienes ordenaron construirla por fragmentos deliberadamente se propusieron hacer algo que no conducía a nada.

En el relato de La muralla china, según interpreta Borges, “el infinito es múltiple para detener el curso de ejércitos infinitamente lejanos; un emperador infinitamente remoto en el tiempo y en el espacio ordena que infinitas generaciones levanten infinitamente un muro infinito que dé la vuelta a su imperio infinito”[4]. Del mismo modo que sucede en el castillo, el gabinete administrativo que dirige la construcción de la muralla, nadie sabe quién lo ocupa ni dónde está. En Kafka, las decisiones provienen de un lugar ambiguo, de una autoridad reconocida pero no identificada y remota que se posa por encima de aquellos a quienes van dirigidas sus órdenes, y estos, sus subordinados, sus súbditos, no tienen más que aceptar la tarea imposible que se les impone, una tarea que no terminará nunca. Y tanto se perfecciona este mecanismo administrativo que se vuelve autónomo y actúa por sí mismo “sin intervención alguna de los funcionarios”.

Lo que para todos es algo evidente y comprensible, para K es un abuso que se comete contra él y los demás[5]. Por eso se resiste a aceptar lo que todos aceptan con naturalidad, y cuestiona y toma como broma y engaño lo que el resto asume con toda seriedad (“Se podría dejar al descubierto todo el engaño administrativo, pues, ¿qué otra cosa era?”, se pregunta el narrador), pero K también se interroga a sí mismo: “¿por qué tendría que dejarme interrogar? ¿Por qué tendría que someterme a una broma o un capricho administrativo?”[6]. K, reacio a la obediencia sumisa les reprocha a los miembros del poblado el respeto por la autoridad, que no solo parece serles innato, sino que se les inculca por todos lados “durante toda la vida”[7]

Como señala Benjamin, Kafka inserta en sus obras la experiencia del hombre moderno, o mejor, del Estado moderno que somete al ciudadano a un aparato burocrático erigido sobre él con el fin de dominarlo, y con éxito. Su poder se expresa en un lenguaje que no resulta claro ni para sus mismos emisarios que tienen a su cargo comunicar y hacer cumplir las órdenes. Menos aún son entendidas estas por aquellos que deben obedecerlas. Hay tanta separación y distancia entre unos y otros que resulta imposible entender la naturaleza del órgano que ejerce este poder.

La experiencia del hombre moderno descrita en la obra de Kafka se inscribe en el contexto de la racionalización del derecho y la ley en el capitalismo. Marcuse escribe que “precisamente aquí tropieza el racionalismo liberal con límites que por sí mismo no puede superar: elementos irracionales irrumpen en él y quiebran la concepción teórica fundamental”[8]. Esta idea de racionalización provoca que en la economía, en la política y el derecho y, en general, en todas las instancias de la vida pública, la acción colectiva se configure y se articule a través de una serie de organizaciones tecnocráticas, convirtiendo con esto la acción individual en una vida que se orienta, o mejor, se pierde, en patrones funcionales de producción y consumo, de trámites y procedimientos, de ordenamiento y sistematización, que permite hacer un control más efectivo y predecible de la vida humana.

En Kafka, las decisiones provienen de una autoridad remota e identificable solo por sus efectos un tanto difusos. El sistema se autonomiza, se vuelve cosa, domina a los individuos y los disuelve. La frustración y el sentido del absurdo los crea la racionalización de un sistema jurídico opresivo. Un ejército de intermediarios, funcionarios, servidores, auxiliares y burócratas conforman el intrincado universo de esta obra kafkiana. Ellos mismos son barreras habitando entre barreras; miembros inconscientes de un mundo extrañado que impone límites y obstáculos en el laberíntico mundo del aparato administrativo que divide, separa y aleja. Aquí difícilmente se respira, y en medio del aire enrarecido, se genera una asfixia producida por el ambiente viciado de las oficinas, los despachos, los pasillos, los escritorios, al tiempo que se acumulan expedientes, trámites, procedimientos, y pequeños y triviales asuntos administrativos que hacen carrera y nunca llegan a su fin porque terminan apilados en una torre de papel tan imposible y lejana como el castillo inalcanzable.

_______________

[1] Borges, J. L. (2007). “Kafka y sus precursores”. Obras completas. Tomo II. Buenos Aires: Emecé editores, pág. 107

[2] “¿Cuándo podrá ir mi señor al castillo?”. “Nunca”, fue la respuesta. “Está bien”, dijo K, y colgó el auricular”.  Kafka, L. (2012). El castillo. p. 35. “Tengo que hablar con Klamm”. “Eso es imposible”, dijo Frieda (…) “Klamm no hablará jamás contigo”. ¡Cómo puedes creer que Klamm hablará contigo! ¿“Y contigo hablaría?, preguntó K “. “Tampoco”, dijo Frieda, “ni contigo ni conmigo, son cosas sencillamente imposibles”, Ibíd. p. 62.

[3] “Estoy cansado y deseo una ociosidad cada vez más completa” (…) “Los dos hemos sido engañados, quedémonos juntos…”. Ibíd. p. 332

[4] Missana, S. (2003). Citado en “La máquina del pensar de Borges”. Santiago de Chile. LOM ediciones. Pág. 78

[5] “Tenía que pensar en otras cosas que comportarme con finura, porque se trataba de mi existencia, amenazada por una ignominiosa administración oficial”.  Op. cit., p. 106

[6] Ibid. p. 133

[7] “No me extraña. El respeto a las autoridades es innato en vosotros, se os inculca además por todos lados durante toda la vida y de las formas más variadas, y vosotros mismos contribuís todo lo que podéis”. Ibid. p. 205

[8] Marcuse, H. (1967). Cultura y sociedad. Buenos Aires: Editorial Sur. Pág. 26

David Rico Palacio

Foto tomada de: https://www.laciviltacattolica.com/franz-kafka-an-unusual-writer/

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