La vida me lo regaló en Puerto Boyacá, en aquellos años de comienzos de la década de los setenta, cuando él era un joven estudiante de Economía de la Universidad Nacional de Colombia y el Magdalena Medio comenzaba a vivir una época que con el tiempo habría de convertirse en una de las más dolorosas de la historia reciente del país. Alberto permanecía largos períodos en Puerto Boyacá. Allí nació nuestra amistad. Y desde aquellos primeros encuentros descubrí en él algo que siempre habría de acompañarlo: una extraordinaria claridad para entender la realidad colombiana.
Eran los años de las grandes luchas estudiantiles, de las discusiones ideológicas, de las esperanzas revolucionarias y también de los extravíos de buena parte de la izquierda colombiana. Alberto pertenecía al MOIR y que gracias a él fue mi partido también durante muchos años. Ya no lo es, también, desde hace bastante tiempo. Tenía una particular capacidad para mirar la política colombiana desde una perspectiva crítica. Podía distinguir entre la lucha legítima por transformar una sociedad injusta y la violencia que, en nombre de esa transformación, terminaba convirtiéndose en un fin en sí misma.
Aquello era particularmente importante en el Puerto Boyacá de entonces. Todavía no habíamos llegado a los años de la violencia que posteriormente azotarían al Magdalena Medio con una intensidad terrible. Pero ya estaban allí muchos de los elementos que terminarían produciendo la tragedia: la debilidad institucional, las disputas por la tierra, la presencia de organizaciones armadas, la pobreza, las tensiones sociales y el abandono de vastas zonas rurales.
La presencia de la guerrilla comenzaba a extenderse por las montañas del Magdalena Medio. En ese contexto, Alberto me ayudó a comprender los peligros de aquella combinación irracional entre lucha política y lucha armada. Su lucidez me ayudó a no caer en las redes de una violencia política que, en aquellos tiempos, podía presentarse ante muchos jóvenes como una consecuencia inevitable de la lucha revolucionaria. Alberto me salvó de ese camino.
Pero sería injusto reducirlo a sus ideas políticas. Alberto era, sobre todo, un hombre bueno. Generoso. Empático. Alegre. En mi casa de Puerto Boyacá mis padres y mis hermanos lo recibieron siempre como a uno más de la familia. Y él correspondió a ese cariño sin hacerse rogar. Estaba presente en las celebraciones familiares, en el matrimonio de un hermano, en la graduación de otro, en las reuniones que tenían un significado especial.
Y aparecía por las radas del puerto con cada huelga universitaria que por la época eran recurrentes. Cuando las universidades se paralizaban y la agitación estudiantil sacudía a Bogotá, Alberto terminaba llegando a Puerto Boyacá con su alegría desbordante, con sus historias, sus discusiones, su generosidad y esa sonrisa fácil que parecía acompañarlo siempre. Era imposible que llegara sin cambiar el ambiente, ambiente que se lo debía al rio.
Alberto había conocido el Magdalena desde niño. Su abuelo, Jesús Pineda, lo crio en Puerto Berrío y en Puerto Boyacá, y el río terminó siendo parte de su manera de entender la vida. Puerto Berrío era entonces mucho más que un puerto. Era un lugar donde se encontraban el río y el ferrocarril, donde llegaban viajeros y mercancías y donde circulaban personas procedentes de muchos lugares de Colombia y del mundo. Era también un territorio de mezcla cultural, de música, de fútbol y de historias. Alberto absorbió esa multiculturalidad. Quizás por eso tenía esa capacidad tan natural para relacionarse con personas distintas. No parecía pertenecer exclusivamente a ningún lugar porque, de alguna manera, pertenecía a todos. Era un ciudadano del mundo.
Tenía además una elegancia imperturbable. Y una sonrisa seductora que cautivaba a las mujeres que se rendian a sus encantos. No solamente por su aspecto, o por su elegancia, sino por esa combinación de inteligencia, simpatía y naturalidad que hacía difícil no sentirse atraído por su conversación. Y era un gran bailarín de salsa. En Puerto Berrío aprendió buena parte de aquellos secretos del baile que después llevaría consigo durante toda su vida. Pero tenía otra pasión: el tango. Su voz gruesa parecía hecha para aquellos tangos que hablaban de amores perdidos, de nostalgias, de amigos y de destinos que se cruzan y se separan. La música ciudadana era una de sus grandes pasiones, un cultor.
Y no es casual que aquella música hubiera encontrado un lugar tan importante en su vida. Puerto Berrío era un lugar de prosperidad y encuentro. Por sus riberas pasaban cantantes de tango procedentes de Argentina. Llegaban también equipos de fútbol brasileños. Las niñas buenas querían a los proletarios del puerto y del hierro. El puerto tenía una vida que hoy parece perteneciente a otro país. Alberto perteneció a ese mundo.
Después de graduarse como economista, la vida lo llevó al Quindío. Ganó una plaza como profesor de Economía en la Universidad del Quindío y allí se quedó para siempre. En Armenia comenzó otra etapa de su vida. Pero llevó consigo las mismas cualidades que habían hecho de él un personaje tan querido. Se hizo amigo de sus alumnos, hombres y mujeres. Se interesó por sus vidas, por sus problemas, por sus inquietudes.
Y siempre permaneció atento a los avances de la ciencia, a las discusiones académicas y a los debates teóricos de la izquierda colombiana. Seguía participando en aquellas discusiones, pero nunca perdió la característica que más admiré en él: el rechazo al sectarismo. Podía tener posiciones firmes sin convertirlas en dogmas. Podía discutir apasionadamente sin convertir al adversario en enemigo. En una Colombia acostumbrada tantas veces a confundir las diferencias políticas con enemistades personales, esa era una virtud extraordinaria.
En Armenia conoció a Miriam Chacón. Una hermosa mujer de las tierras del café, como el café excelso de aquellas montañas. Miriam se convirtió en la compañera de toda su vida. Y allí terminó de encontrar Alberto ese lugar de sosiego y complacencias que había ido construyendo entre el río, la universidad, la política, la música y los amigos. Hasta que una enfermedad se lo llevó demasiado pronto y dejó a Miriam sin aquel hombre maravilloso, generoso y gentil. Esas palabras del tango parecen hechas para él. Porque si tuviera que resumir la vida de Alberto Pineda Ruiz en unas pocas palabras, probablemente escogería esas dos. Generoso y gentil. Pero también lúcido. Y alegre. Y amigo. Sobre todo, amigo. Hoy, tres años después de su muerte, vuelvo a encontrarlo en muchos lugares.
Lo encuentro en el río Magdalena. Lo encuentro en Puerto Boyacá. Lo encuentro en Puerto Berrío, cuando intento imaginar aquel puerto donde el ferrocarril y el río se encontraban y donde llegaban músicos, viajeros, futbolistas y comerciantes. Lo encuentro en las discusiones políticas de aquellos años. Lo encuentro en la Universidad del Quindío, entre sus alumnos. Lo encuentro en los tangos que cantaba con aquella voz gruesa. Lo encuentro en una pista de baile. Y lo encuentro, inevitablemente, en mi propia casa de Puerto Boyacá, sentado junto a mis padres y mis hermanos como si hubiera nacido allí.

Puerto Berrio en la época de esplendor de los vapores y de los trenes. Se observa el Hotel Magdalena, en ese momento uno de los más elegantes del pais. Revista Cromos
Tal vez por eso su recuerdo tiene para mí una relación tan profunda con el territorio. He pensado muchas veces que los lugares también forman a las personas. El río forma caracteres. Las ciudades portuarias forman hombres abiertos al mundo. Los territorios donde se cruzan culturas producen, muchas veces, una particular disposición hacia los demás. Alberto era un hombre del río. Quizás allí esté una de las claves de su carácter. El Magdalena que conoció no era solamente un río. Era una vía de comunicación, una frontera, una escuela de vida y un lugar donde Colombia se encontraba consigo misma.
Y él aprendió de ese río. Aprendió a escuchar. A conversar. A convivir con las diferencias. A moverse entre mundos distintos. A disfrutar de la música, del baile, de la amistad y de la conversación. Pero también aprendió a mirar críticamente la realidad. Por eso, cuando hoy pienso en la historia del Magdalena Medio, Alberto aparece inevitablemente en ella. No como un personaje de los grandes relatos oficiales, sino como uno de esos hombres que vivieron la historia desde adentro.
Un joven estudiante que llegó a Puerto Boyacá. Un economista que terminó enseñando en Armenia. Un hombre de izquierda que nunca perdió la capacidad de cuestionar los dogmas de su propia izquierda. Un profesor querido por sus alumnos. Un bailarín de salsa. Un cantor de tangos. Un amigo de mi familia. Un compañero de muchas conversaciones. Un hombre que amó a Miriam y compartió con ella buena parte de su vida. Y para mí, sobre todo, un hermano que me regaló la vida. Tres años después, siento que recordarlo es también una manera de agradecerle: su amistad. Su generosidad. Su inteligencia. Su alegría.
Y aquella lucidez que, en un momento particularmente confuso de la historia colombiana, me ayudó a encontrar mi propio camino. Quizás esa sea la mejor manera de mantener viva la memoria de Alberto. No convertirlo en estatua. Recordarlo como era: con el río Magdalena corriendo por debajo de toda su historia.
Porque hay hombres que pasan por nuestra vida. Y hay otros que se quedan. Alberto se quedó. Se quedó en mi familia. Se quedó en mis recuerdos. Se quedó en el Magdalena Medio. Y se quedó en el rio. Tal fue su última voluntad.
Fernando Guerra Rincón

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