La terminología técnica del mismo no debe confundirnos. El Memorando, en todos sus términos, obedece claramente a la estrategia de Washington de hacerse con el control, por las buenas o por las malas, de los recursos naturales de todos los países de América Latina, incluido evidentemente el nuestro. Es el núcleo de la actualización por el presidente Donald Trump de la tristemente célebre Doctrina Monroe. Las garantías por el gobierno nacional de la rentabilidad de las inversiones, la supresión o el aborto de la legislación medioambiental, las autorizaciones administrativas por vía exprés o las exenciones fiscales, no son decisiones políticas nuevas, tomadas en detrimento de nuestra economía y nuestro patrimonio. Son muchos los años en los que las hemos padecido. Lo nuevo es la urgencia con la que se exige la puesta en práctica de los términos del Memorando: 6 meses.
Esta urgencia no es nuestra. Es la urgencia de un gobierno como el de Donald Trump que de repente descubre que se ha quedado sin los minerales que son absolutamente indispensables para continuar las tres guerras que actualmente está librando. Guerras abiertamente cinéticas en Ucrania y en Irán y todavía solamente económica y comercial con la República Popular China.
La necesaria reposición de los misiles y drones consumidos en Ucrania y el Medio Oriente, tropieza con un cuello de botella: la escasez de tierras raras. La intensa guerra económica que Washington libra con China por el control de la infraestructura de la IA a escala mundial padece una limitación semejante. Tales tierras son un componente esencial de los chips utilizados por las computadoras y los Data Center. Y China produce el 81% de las tierras raras procesadas del mundo y hace un par de meses impuso controles administrativos que impiden su exportación a países y empresas vinculadas a conflictos bélicos. Cabe recordar que fue en Estados Unidos donde se inició, en la década de los 70 del siglo pasado, la extracción y el procesamiento de las tierras raras. Sin embargo, y debido a los elevados costos y a las medidas de protección del medio ambiente adoptados por los gobiernos de entonces, se cerró la fábrica en California que los procesaba y comercializaba, dejando así campo libre para China se apodera de esta industria. Es fama que el primer dirigente político chino en resaltar la importancia estratégica de este relevo fue Deng Xiaping. Su sentencia de entonces, “El Medio Oriente tiene el petróleo, nosotras las tierras raras”, hoy se lee como una profecía plenamente cumplida.
Se comprende entonces lo urgente que resulta para Washington romper cuanto antes el monopolio chino de las tierras raras, tanto reiniciando su procesamiento en su propio territorio como buscando procesarlas en los países de América Latina que tiene bajo su control. Lo que, en cambio, no se entiende para nada es que el gobierno de Abelardo, en vez de usar esa urgencia a favor de los intereses nacionales, la haya utilizado para sacrificarlos, sometiéndose a las onerosas condiciones impuestas por Marco Rubio para exploración, la extracción y el procesamiento de las tierras raras en nuestro territorio. Tendría que haber pedido a cambio de la autorización por hacerlo, el respeto explícito a las legislaciones laborales y medioambientales, un régimen impositivo justo y un porcentaje del 49% de las acciones de las empresas que se constituyan en el marco del Memorando de entendimiento. Y, por último, pero no por último menos importante, no tendría que haber aceptado bajo ningún concepto el establecimiento de un ente supervisor que, so pretexto de la “seguridad nacional”, tenga derecho a vetar las inversiones e incluso las compras hechas por otras empresas distintas a las autorizadas por Washington. Basta recordar las numerosas declaraciones de altos funcionarios políticos y militares estadounidenses y del propio Marco Rubio, reclamando el control de los recursos naturales de nuestro continente, para concluir que dichos vetos tienen como objetivo la exclusión de China. Aceptar la mera posibilidad de que existan, no solo es sumarse a la encarnizada guerra híbrida que Washington libra contra el gigante asiático. Es también coartar la capacidad de Colombia de decidir soberanamente con qué países tiene relaciones económicas y comerciales y en cuales condiciones. No existe ninguna razón para que Colombia se niegue a hacerlo con China, y menos aún tratándose de las tierras raras. Este país posee unos conocimientos, una experiencia acumulada y unos recursos financieros que la habilitan para participar con solvencia en el negocio de dichas tierras en nuestro país.
Es de nuestro interés nacional que tanto las empresas estadounidenses como las chinas, e inclusive de otros países (¿Brasil, México?), presenten proyectos de inversión en un sector tan estratégico como el de los minerales críticos y las tierras raras. Es una aplicación saludable del principio de la libre competencia que nos permite decidir cuál de esos eventuales proyectos nos conviene más.
Por último. El Memorando de entendimiento suscrito por Abelardo también demuestra palmariamente que él apuesta por profundizar nuestro subdesarrollo, en vez de contribuir a corregirlo. Él prefiere invertir en la explotación de materias primas antes que en empresas capaces de procesar materias primas e incorporar mayor valor agregado a sus productos. Qué lejos está Abelardo del Evo Morales que, cuando era presidente de Bolivia, propuso aprovechar las ingentes reservas de litio de su país para poner en marcha una industria de vehículos eléctricos propia.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: NTN24

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