Anselm se adentra en el territorio interior de Anselm Kiefer, en ese paisaje devastado y fértil a la vez donde la historia alemana, la memoria, la mitología y la materia se entrelazan como raíces bajo la tierra.
Kiefer ha trabajado siempre con lo que pesa: Plomo, ceniza, paja, tierra, hierro. Materiales no decorativos que no seducen con facilidad, que parecen provenir de un incendio antiguo. En sus cuadros y esculturas late la herida del siglo XX, el eco del Holocausto, la pregunta persistente por la culpa colectiva y la posibilidad de redención. Sus obras buscan sostener la mirada en aquello que incomoda, en aquello que no puede olvidarse sin perder algo esencial de nuestra humanidad.
Wenders, por su parte, ha filmado durante décadas el viaje, la distancia, la mirada que contempla el mundo con una mezcla de melancolía y asombro. Desde Paris, Texas hasta Der Himmel über Berlin, su cine ha explorado la soledad, el silencio y la necesidad de trascendencia. En Anselm, esa sensibilidad encuentra un espejo perfecto. El director no se impone sobre el artista; lo acompaña. La cámara no invade el estudio de Kiefer, lo refleja.
La decisión de rodar en 3D, es una elección ética y estética. La obra de Kiefer exige volumen, profundidad, textura. No basta con verla; hay que atravesarla con la mirada. Wenders entiende que la materia en Kiefer es pensamiento solidificado, memoria convertida en superficie rugosa. La tridimensionalidad permite que el espectador casi toque el plomo, que sienta el polvo suspendido, que perciba el crujido de la paja bajo la luz cambiante.
Lo que emerge en la película es la conciencia de que el arte no es un ornamento cultural, sino una forma de excavación. Kiefer cava en la historia alemana como quien busca huesos bajo la tierra. Wenders cava en la imagen cinematográfica como quien busca sentido en el tiempo. Ambos trabajan con capas: capas de pintura, capas de memoria, capas de silencio.
En muchos momentos, la película parece detenerse en la contemplación de un paisaje industrial, de un campo vacío, de un estudio que se asemeja a una catedral en ruinas. Y es en esa aparente quietud donde se revela la esencia compartida entre el pintor y el cineasta. La creación como acto de resistencia frente al olvido. La belleza como algo que puede surgir incluso de las cenizas.
No hay didactismo, no hay explicación subrayada. Hay espacio.
La voz que se construye a lo largo del film es coral, múltiple, hecha de fragmentos que terminan siendo un todo orgánico. Como en la obra de Kiefer, la fragmentación no rompe; expande.
Salir del cine después de Anselm deja una sensación extraña, una mezcla de peso y ligereza. Peso por la densidad de lo visto, por la historia que sigue vibrando en las imágenes. Ligereza porque el arte, cuando es verdadero, abre un espacio de conciencia donde respirar se vuelve más hondo.
Wenders filma a Kiefer como a un hombre atravesado por su tiempo, por su país, por sus fantasmas. Y al hacerlo, nos recuerda que toda obra auténtica nace del diálogo entre la experiencia individual y la memoria colectiva.
Anselm no es solo un documental sobre un gran artista. Es una meditación sobre la responsabilidad de crear. Sobre la necesidad de mirar aquello que duele. Sobre la posibilidad de transformar la oscuridad en lenguaje.
Y en ese gesto, cine y pintura se funden en un mismo acto: sostener la llama de la conciencia, incluso cuando el viento sopla con fuerza.
Sandra Campos

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