Claro está, en la convocatoria de masas, no hubo concentraciones gigantescas, pero tampoco marchas raquíticas. En efecto, no fueron más de 100.000 los participantes en toda la nación; y en Bogotá, no salieron más de 10.000, que en todo caso llenaron los dos tercios de la plaza de Bolívar, una congregación popular de alcance mediano o, dicho en términos futbolísticos, de media tabla; pero aún distanciada de la parte superior de esta franja, la intermedia, definible por la asistencia de unos 15 mil o 20 mil manifestantes.
En términos generales, fue una jornada de resultados razonablemente positivos, para una izquierda que vuelve a la oposición con la voluntad de resistencia, frente a una coalición de partidos tradicionales; eso sí, capitaneados por un presidente de tendencias ultra-conservadoras e inclinaciones autoritarias; inclinaciones que quedan al descubierto en sus constantes anuncios, con tono amedrentador, de que va a combatir con la misma energía a los enemigos violentos y a los adversarios políticos; a los cuales va a dejar tendidos en la lona. Es una mezcla discursiva, dentro de la cual él rompe sutilmente las fronteras entre la oposición legal y el crimen, una amalgama que puede dar lugar a confusiones y derivas represivas; así mismo a discriminaciones y a atentados contra la libertad, algo que siempre anida como un huevo de serpiente en ese anatema político, tan suyo, como es el de querer “destripar a la izquierda”.
Potencialidades de la protesta
Que la del 14 de octubre haya sido una jornada de mediano alcance, no significa que la continuidad de las movilizaciones no vaya a experimentar un crecimiento. La izquierda y el movimiento social están retando al gobierno de derecha en su debut, en los momentos inaugurales de su mandato, aún fresco; de modo que será el comportamiento futuro de este último, con sus errores y aciertos, el que incidirá mucho en las posibilidades de que la calle reciba el eco de una inconformidad popular de mayor amplitud y aún más radicalizada.
La protesta callejera, como la guerra, la revolución y la política electoral, no es estática; es más bien dinámica, va cambiando en su intensidad y en los objetivos, según la correlación de fuerzas; como por cierto sucede hoy en Francia, país en el que las reivindicaciones de los estudiantes de secundaria, más o menos moderadas, han dado paso al robustecimiento de las marchas y a una creciente radicalización en los barrios, en las calles y en las plazas.
La movilización se inscribe en los vaivenes de flujos y reflujos, de ascensos y descensos, una dialéctica susceptible de ser calibrada por los dirigentes y caudillos, para no cometer errores por el hecho de no aprovechar el auge que se aproxima, cuyo rumor subterráneo va amplificándose como una premonición; o, al contrario, por incurrir en aventurerismos, cuandoquiera que, habiendo bajado la marea popular, los llamados reiterados al combate, se convierten en gritos vacíos que desorganizan y exponen al pueblo a todos los peligros de la represión.
Factores objetivos y subjetivos
En la subida de la cresta, o en su declive, influyen las condiciones objetivas de la coyuntura, con los daños que ciertas decisiones del Establecimiento causen en la población, con los despojos de que la hagan víctima; o con la llegada de una crisis en la marcha del sistema. Por otro lado, también influyen las condiciones subjetivas, como por ejemplo el elemento moral, asociado con el ánimo y el coraje, al igual que con la organización, sin olvidar los liderazgos, obligados a la perspicacia, a la flexibilidad y al “olfato”, a fin de hacer una buena lectura de cada circunstancia.
Condiciones objetivas de la coyuntura
En Colombia, el nuevo gobierno está obligado a manejar, en términos macroeconómicos, las dificultades que nacen de un déficit fiscal especialmente elevado y de una deuda pública exagerada, dos cuasi-crisis imposibles de desconocer; y que además coinciden con una baja inversión y con el estancamiento de la productividad. Se trata de una concurrencia de factores de incidencia negativa, que seguramente subyacen a los fenómenos que comienzan a aflorar de deterioro económico y social, tales como el aumento de la inflación y del desempleo.
Así las cosas, la renuncia a gravar con nuevos impuestos a los super-ricos, sin hablar ya de la tentación para ampliar el IVA para todos, incluidos los productos de la canasta familiar, puede elevar los niveles de la inconformidad social, si la gente sencilla siente que sus bolsillos han sido afectados en una proporción notoria.
Si, al mismo tiempo, el gobierno opta por drásticos recortes en el gasto público, y éste incluye partes importantes del gasto social, la consecuencia no será otra que la del descontento en muchas franjas de ciudadanos.
Ahora bien, en el caso de que Abelardo y su ministro Miguel Gómez no enfrenten el déficit fiscal, con determinación e inteligencia, será inevitable la trepada de la inflación, por encima del 7%, lejos de las metas del Banco de la República (3%), lo que llegaría a provocar una ola irrefrenable de descontento, algo que la historia contemporánea se encarga de recordar con el caso del Paro Cívico Nacional en septiembre de 1977.
En cualquiera de esos escenarios, es factible que tome auge la movilización callejera, naturalmente si crece el ánimo de lucha entre muchas franjas sensibles de la población y si surge entre ellas la percepción de que solo así, mediante la movilización, se asegurará el gasto social, por ejemplo; y se preservará, por la presión ejercida desde abajo, la parte de los ingresos que corresponde a los sectores populares, lo mismo que a los estratos medios.
Esta posible ampliación del movimiento social, seguramente pondrá a prueba la capacidad de reacción, dentro de la ley, de un presidente que suele envalentonarse y proferir la amenaza de que “no le come cuento a nadie”, cuando se trate de movilizaciones que interrumpan el curso normal de la vida cotidiana. Pero una respuesta desde las alturas del poder que solo obedezca a la pulsión autoritaria y a la represión del movimiento social, con el pretexto de que éste promueve la ilegalidad y el terrorismo, radicalizará aún más la protesta, con la potencialidad de traspasar ciertos umbrales de retención y prudencia; de modo que incluso despeje el horizonte para la gestación de un paro nacional, algo que no resulta improbable, dada la conjunción de crisis que presenta el proceso económico-social.
Ricardo García Duarte
Foto tomada de: DW

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