La nueva tristeza temporal empezará a disminuir a medida que las aguas de los ríos empiecen a salir hacia sus cauces naturales y el espíritu filantrópico entre en un letargo adormecedor, quizá a la espera de la aparición de otra tragedia masiva originada por nuestras propias irresponsabilidades en la gestión de las relaciones con la naturaleza y el medio ambiente, que osamos intentar controlar en vez de convivir con su dinámica milenaria.
A diferencia de este tipo de tristeza pasajera, existe una tristeza permanente que pareciera ser hereditaria porque acompaña la vida de las personas que son engendradas, nacidas y habitan a diario en la desesperanza. Es la tristeza de los niños nacidos en la indignidad que permanece en sus vidas, a los cuales los actos de filantropía no llegan y mucho menos las políticas de Estado, aunque haya despuntes de esperanza para superarla gracias a la movilización de la sociedad.
Esa tristeza estructural pareciera transferirse en los genes de los pobres y registrarse como permanente, reproduciendo sus atributos de desamparo, soledad, dolor y angustia con los cuales andan en el mundo sin conocer ninguna señal de bienestar, marginados y atrapados en el infortunio, aunque en el caso de la población de las Cuencas del Sinú y San Jorge, la necesidad de sobrevivir físicamente los ha unido en acción y reflexión para empezar a mejorar sus condiciones de existencia.
Pero no solo es la tristeza de los pobres en Colombia, dura también es la condición humana de 673 millones de personas que padecen hambre en el mundo (un 8,2 % de su población) que, la cual en Colombia es mayor a tres millones de sus habitantes, o sea que cubre a un 5,6% de ellos. Esto, en el país se expresa como las mayores prevalencias de inseguridad alimentaria moderada o grave mostrando en la Guajira un 59,7%, en Sucre un 47,9%, en Atlántico un 46,1% y en el Magdalena un 45,3%. Por otra parte, esta misma se manifiesta en los departamentos de Caldas en un 14,6%, San Andrés en un 17,2%, Quindío en un 17,3% y Risaralda en 17,5%, un poco más bajas e inclusive Córdoba en 2024 presentó el dato de un 9,2% de su población que experimentaba una situación grave de hambre, es decir personas que permanecieron al menos un día entero sin consumir alimentos.
Sí se contempla la inseguridad alimentaria y el hambre, la cruda realidad es muy estremecedora la cual se agudiza con los desastres naturales, como las inundaciones, pero permanecen en el tiempo como si así debiesen ser. Por tanto, nuestros actos de filantropía deben estar dirigidos a arrancar de los genes la tristeza y el dolor que genera la desesperanza y la indignidad del hambre y el frio que no se cubre con unas paredes de cartón.
Pareciera ser que esos estados de tristeza permanente originados en el hambre de la pobreza integral tuvieran un origen genético ya que son heredados de generación en generación y no producen, hasta ahora, actos masivos de solidaridad; nos adormecemos y volvemos insensibles al sufrimiento, no obstante nos movilizan estados emocionales originados en los desastres: son conductas que tendrían una explicación en la psicología de masas y la inconciencia social, cuyo origen sería el cuerpo de valores de la economía capitalista irracional que convierte en inhumanos a una minoría que considera la tristeza y los ingresos vitales del pobre y el hambriento como parte natural de la sociedad actual, pero no considera como justa y necesaria su movilización a través de actos de masas generados por las desgracias ambientales.
José Rafael Arrieta
Foto tomada de: Radio Nacional de Colombia

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