López Obrador comprendía algo que el neoliberalismo siempre intentó borrar: la manera en que se enseña determina la manera en que se piensa, y la manera en que se piensa determina la manera en que se vive y se actúa en sociedad. Durante décadas, la educación en México fue diseñada para producir individuos competitivos pero aislados, informados pero acríticos, hábiles para el mercado, pero frágiles moralmente. Se enseñó a memorizar, a repetir, a aprobar exámenes, pero no a comprender la realidad, ni a cuestionar la injusticia, ni a reconocer al otro como parte de un nosotros.
La Nueva Escuela Mexicana nace justamente como una ruptura con esa pedagogía de la obediencia. Para López Obrador, no bastaba con transmitir contenidos; era indispensable transformar la didáctica, es decir, la forma concreta en que el conocimiento se construye en el aula. La NEM propone un aprendizaje situado, vinculado al contexto social, histórico y cultural del estudiante, porque solo quien comprende su entorno puede desarrollar pensamiento crítico real. No se trata de llenar mentes, se trata de despertarlas.
El énfasis en el pensamiento crítico no era, para López Obrador, un lujo intelectual ni una moda pedagógica, es una necesidad ética. Un niño que aprende a pensar es un niño que aprende a discernir; un joven que discierne es menos manipulable, menos proclive a la violencia, menos vulnerable al discurso del odio, del consumo sin sentido o del éxito a cualquier costo. La pedagogía de la NEM busca formar sujetos capaces de preguntarse qué hacen, por qué lo hacen y a quién beneficia.
López Obrador sabía, además, que la ética no se impone: se cultiva. Y la ética se forma en la infancia, en la manera en que se enseña a convivir, a resolver conflictos, a valorar la dignidad propia y ajena. Por eso la NEM pone en el centro valores como la solidaridad, el respeto, la honestidad y la responsabilidad colectiva, no como discursos abstractos, lo pone como prácticas cotidianas dentro del aula y la comunidad. La escuela deja de ser un espacio aislado para convertirlo en un núcleo de vida comunitaria.
Con la visión y profunda convicción, de que nadie se salva solo, López Obrador entendió que el individualismo extremo fragmenta a la sociedad, y debilita moralmente a las personas. Una pedagogía centrada exclusivamente en el logro individual produce sujetos exitosos pero solos, competitivos pero indiferentes al sufrimiento ajeno. En cambio, una pedagogía comunitaria forma ciudadanos conscientes de que su bienestar está ligado al bienestar de los demás. De ahí la importancia de que la NEM recupere el sentido de comunidad, el trabajo colectivo y la identidad territorial.
La fortaleza moral que López Obrador buscó comunicar con el alma, es para causar en el ánimo de nuestra niñes un impulso ético y afectivo. Nuestra niñez y juventud no funciona desde el endurecimiento ni el autoritarismo, en cambio la fortaleza interior nace del pensamiento crítico y la ética compartida. Un joven que sabe quién es, de dónde viene y cuál es su responsabilidad con los otros, es menos susceptible a la corrupción, al crimen, a la violencia y al cinismo. La NEM apuesta por formar jóvenes con criterio propio, capaces de resistir la normalización de la injusticia.
En este proyecto, el magisterio ocupa un lugar central. López Obrador confiaba en las maestras y los maestros como guardianes del pensamiento crítico, no como simples ejecutores de programas. Sabía que una pedagogía transformadora sólo puede construirse con docentes conscientes, formados y respetados. Por eso la NEM se diseñó con ellos y no a espaldas de ellos. La educación, para él, no podía seguir siendo un instrumento de control, sino un acto de emancipación cotidiana.
En el fondo, la Nueva Escuela Mexicana expresa una idea poderosa: no hay transformación política duradera sin transformación pedagógica. Cambiar leyes, instituciones o gobiernos no basta si las conciencias siguen moldeadas por la lógica del egoísmo, la competencia salvaje y la obediencia ciega. López Obrador apostó por una educación que forme ciudadanos capaces de cuidar lo común, de defender la dignidad y de pensar por sí mismos, porque sabía que sólo así puede sostenerse una nación justa.
Por eso la NEM era tan importante para él. No porque garantizara aplausos inmediatos, es porque se siembra a largo plazo. Porque entendía que educar es un acto de fe en el futuro, y que un país que enseña a sus niños a pensar, a sentir y a actuar con ética, es un país que se blinda moralmente frente a la corrupción, la violencia y la deshumanización.
La Nueva Escuela Mexicana no es, una política educativa más. Es una apuesta por la conciencia, por la reconstrucción del tejido social y por la posibilidad real de una nación más humana. Y eso, precisamente eso, es lo que hoy incomoda a los que prefieren una educación que no piense, no cuestione y no transforme. Esta verdad incómoda que muchos dentro del poder prefieren no decir en voz alta: el neoliberalismo no fue expulsado de la Secretaría de Educación Pública, sólo aprendió a esconderse. Y hoy intenta de nuevo apoderarse de ella, no con decretos visibles ni reformas constitucionales, se hará desde los escritorios, con reglamentos y los contratos silenciosos.
Qué está haciendo Mario Delgado, al frente de la Nueva Escuela Mexicana. La resistencia, abierta o silenciosa, de Mario Delgado hacia la Nueva Escuela Mexicana (NEM) no puede entenderse como una simple diferencia administrativa, ni como un desacuerdo técnico sobre modelos educativos. Es, en realidad, un conflicto de fondo: un choque entre dos concepciones opuestas del sentido de la educación pública y del papel del Estado en la formación de conciencia social. La NEM no es una ocurrencia sexenal ni un ajuste curricular menor; es una ruptura estructural con el paradigma educativo neoliberal que dominó México durante más de tres décadas. Y precisamente por eso incomoda.
El diseño y desarrollo de la Nueva Escuela Mexicana tomó aproximadamente cuatro años de construcción colectiva, un hecho inédito en la historia educativa reciente del país. Tras la reforma constitucional de mayo de 2019, el entonces secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, anunció la creación de un nuevo modelo educativo que respondiera al mandato constitucional de una educación humanista, crítica, incluyente y socialmente comprometida. No se trató de una reforma de escritorio: entre 2020 y 2022 se realizaron asambleas estatales y nacionales con la participación de más de un millón de docentes, quienes enviaron cerca de 90 mil aportaciones para definir contenidos, enfoques pedagógicos y el nuevo marco curricular.
Este proceso, lento, pero profundamente democrático, culminó en la presentación oficial del Plan de Estudios en 2022. Durante el ciclo escolar 2022-2023 se implementó un intenso proceso de formación docente, particularmente a través de los Consejos Técnicos Escolares, para que las maestras y maestros conocieran el modelo, y se apropiaran de él. Finalmente, en el ciclo 2023-2024, la NEM entró en rigor de manera generalizada en toda la educación básica del país. Al inicio de 2026, el sistema educativo mexicano se encuentra ya en su tercer ciclo escolar bajo la aplicación plena de este paradigma. La NEM no es un ensayo ni un experimento: es una realidad nacional consolidada.
¿Por qué, entonces, la incomodidad? Porque la NEM rompe con la lógica educativa del mercado, sustituyendo la idea de “capital humano”, por la de sujeto histórico y comunitario; que desplaza la obsesión por la competencia individual, las pruebas estandarizadas y la meritocracia excluyente, y coloca en el centro el aprendizaje situado, la identidad cultural, el vínculo con el territorio y la responsabilidad social. En otras palabras, la NEM no forma empleados dóciles: forma ciudadanos conscientes.
Mario Delgado no proviene del mundo educativo ni pedagógico. Su trayectoria política y técnica se ha construido desde una lógica financiera, tecnocrática y de gestión del poder, donde la educación suele concebirse como un servicio que debe ser “eficiente”, “medible” y “compatible” con intereses empresariales. Desde esa perspectiva, una educación crítica, comunitaria y emancipadora no es prioritaria; incluso puede resultar incómoda. Por ello no sorprende que, bajo su conducción, se haya reabierto la puerta de la Secretaría de Educación Pública a bancos, corporaciones y grandes consorcios que la Cuarta Transformación había expulsado precisamente por su intromisión en los contenidos, valores y objetivos de la educación pública.
La NEM, además, empodera al magisterio. No lo reduce a ejecutor de programas prefabricados, en cambio, lo reconoce como intelectual colectivo, como sujeto con capacidad de decisión pedagógica y vínculo orgánico con su comunidad. Este rasgo es profundamente político. Un magisterio consciente, formado en pensamiento crítico y arraigado en su contexto social, no es fácilmente administrable ni domesticable. Para quienes conciben la política educativa como un asunto de control y gobernabilidad, esta autonomía resulta amenazante.
Por eso, aunque discursivamente se afirme respaldo a la Nueva Escuela Mexicana, en los hechos se observa una tendencia a diluir su profundidad, a moderar su alcance y a reintroducir lógicas empresariales que contradicen su espíritu. No se trata de un error de implementación, se trata de una diferencia ideológica estructural. La NEM no puede administrarse como trámite burocrático, porque implica una transformación cultural de largo aliento. Y Mario Delgado es, ante todo, un administrador político, no un transformador de paradigmas.
Cuestionar o debilitar la Nueva Escuela Mexicana en 2026 no es un acto de prudencia ni de revisión responsable. Es, lisa y llanamente, un intento de regresión. La NEM ya ha echado raíces en las aulas, en las prácticas docentes y en la conciencia de miles de comunidades escolares. Desmontarla significaría renunciar al proyecto de una educación al servicio de la nación para volver a una educación subordinada al mercado.
En el fondo, esta discusión no es sobre planes de estudio, sino sobre qué país se quiere construir. La Nueva Escuela Mexicana apuesta por la dignidad, la memoria histórica y la justicia social. Quienes no la defienden no es porque no la entiendan, es porque no comparten este horizonte.
La verdad que defiende Marx Arriaga, es refundar la SEP o entregar la educación: porque la disputa que hoy atraviesa a la Secretaría de Educación Pública no es un pleito interno ni una diferencia de estilos administrativos. Es una batalla por el alma de la educación pública mexicana. Lo que está en juego no es un cargo, un libro o un programa: es la pregunta fundamental que toda nación debe responder tarde o temprano:
¿la educación es un derecho del pueblo o un negocio del mercado?
Marx Arriaga Navarro, director general de Materiales Educativos de la SEP y uno de los principales arquitectos del Plan de Estudios 2022 y de los Libros de Texto Gratuitos de la Nueva Escuela Mexicana (NEM), ha levantado la voz desde dentro del propio Estado. No como provocador, no como opositor, lo hace como una conciencia incómoda de un proyecto que corre el riesgo de ser vaciado desde su interior. Su advertencia es clara y dolorosa: el neoliberalismo no fue derrotado del todo; se replegó, se camufló y hoy intenta regresar por la vía administrativa.
Durante décadas, la educación pública en México fue diseñada por “expertos orgánicos” desconectados del aula, financiados y orientados por organismos internacionales como la OCDE, el FMI y el Banco Mundial, y por fundaciones empresariales encabezadas por figuras como Claudio X. González. Se vió a la educación como territorio político (no técnico). Nunca por el magisterio. Nunca por las comunidades. Nunca por el pueblo.
La Nueva Escuela Mexicana rompió por primera vez con esa lógica. Su diseño no nació en oficinas climatizadas, nació en asambleas con maestras y maestros, en normales, en comunidades, en territorios históricamente ignorados. Fue un proceso desigual, con pocos recursos y enormes resistencias, pero profundamente democrático. Y eso, precisamente eso, fue lo que encendió las alarmas del viejo régimen educativo.
No es casual que los Libros de Texto Gratuitos hayan sido atacados con tanta furia. Cuando el neoliberalismo no puede ganar el debate, criminaliza. Cuando no puede imponer reformas, difama. Cuando no puede privatizar de frente, boicotea desde dentro. Aplicó sus campañas de miedo: el viejo manual neoliberal. utilizó el pánico moral como arma: género, racismo, desigualdad, pensamiento crítico. Se mintió diciendo que los libros no habían sido discutidos. Se atacó a docentes, se bloquearon distribuciones, se fabricaron escándalos mediáticos. Todo con un objetivo central: impedir que la educación dejara de ser rentable.
Porque lo que realmente les duele no es el lenguaje ni los temas. Lo que les duele es que la educación deje de ser negocio.
Por eso la advertencia interna de Max Arriaga, que no habla desde la comodidad. Habla desde la experiencia directa de haber enfrentado la resistencia interna de la propia SEP. Instituciones diseñadas históricamente para administrar privilegios, no para garantizar derechos. Por eso su tesis es tan incómoda como honesta:
- Sin una refundación profunda de la Secretaría de Educación Pública, la Nueva Escuela Mexicana corre el riesgo de convertirse en simulación.
- Refundar no significa destruir. Significa cambiar la lógica. Nuevas reglas, nuevas prioridades, una orientación explícitamente popular. Porque un Estado construido para obedecer al poder económico no se transforma solo con discursos progresistas.
Para Arriaga, la defensa de la NEM no puede recaer únicamente en funcionarios. La educación no se defiende desde la burocracia, se defiende desde el poder organizado del magisterio. La clave no es individual, es colectiva. Organización, claridad de meta, estrategia común. El magisterio como última línea de defensa. Por eso su llamado a los Comités de Defensa de la Nueva Escuela Mexicana no es partidista ni subversivo. Es constitucional. Es una invitación a vigilar que la ley se cumpla frente a intentos de vaciar de contenido un proyecto transformador.
La frase de Max Arriaga, que recorrió el país no es retórica. Es una declaración ética: “Antes me arranco el brazo que firmar un contrato para privatizar los Libros de Texto Gratuitos.” Porque los libros no son mercancía. Son conquista histórica del magisterio y del pueblo. No se miden en productividad ni rentabilidad, se miden en dignidad, comunidad y conciencia social. Por eso el segundo piso de la Transformación, conlleva riesgo y responsabilidad. Incluso bajo el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, Arriaga advierte que los grupos de poder económico ya se están reorganizando. Tienen dinero, medios, operadores políticos. Y buscan regresar con nuevos nombres, nuevos discursos y la misma lógica de siempre.
El peligro no es un regreso explícito del neoliberalismo, es uno silencioso, disfrazado de eficiencia, modernización y orden. No hay neutralidad posible. Aquí no hay misterio ni punto medio. O la educación la defiende el magisterio organizado y el pueblo, o la capturan los intereses empresariales que quieren volver a firmar contratos con el futuro de las niñas y los niños de México. La Nueva Escuela Mexicana no será derrotada con una reforma. Será derrotada con inercia, simulación y cobardía administrativa. Por eso Max Arriaga no lanza una amenaza, lanza una advertencia amorosa y dura a la vez: sin refundar la SEP, no hay esperanza para la NEM. Y esta vez, que no digan que nadie lo advirtió.
La defensa de la Nueva Escuela Mexicana no es hoy un asunto menor ni una disputa administrativa entre corrientes pedagógicas. Es una prueba política de fondo para el nuevo gobierno. Y en esa prueba, la responsabilidad recae directamente en la presidenta Claudia Sheinbaum, como jefa del Ejecutivo, y como heredera institucional de una visión educativa que fue central en el proyecto de Andrés Manuel López Obrador. La NEM no puede sobrevivir si quienes deben protegerla permiten que sea vaciada desde dentro. Tiene la responsabilidad de dirigir a la Nueva Escuela Mexicana en esta clara encrucijada del poder
Es un hecho político incuestionable: Mario Delgado fue nombrado secretario de Educación Pública por decisión de la Presidenta. Esa designación implica una responsabilidad directa. No basta con suponer buena fe ni con confiar en declaraciones públicas de respaldo a la Nueva Escuela Mexicana. La realidad se mide por los hechos, y los hechos muestran una tendencia preocupante: el regreso sistemático de los actores que la Cuarta Transformación había expulsado de la SEP precisamente por su injerencia indebida en la educación pública.
Bajo una narrativa de “colaboración”, “modernización” o “apoyo al conocimiento”, han comenzado a reaparecer empresas, asociaciones y consorcios que durante décadas capturaron la política educativa mexicana. No es un fenómeno aislado ni casual. Es el retorno de una lógica que la NEM buscaba desmontar: la de convertir la educación en un espacio de negocio, de patrocinio y de control ideológico indirecto.
Resulta particularmente grave el reingreso de asociaciones vinculadas al proyecto político-empresarial de Claudio X. González, cuya intervención histórica en la educación no fue neutral ni filantrópica, fue profundamente ideológica y orientada a debilitar el carácter público, crítico y nacional de la enseñanza. Que estas organizaciones vuelvan a tener presencia, influencia o legitimidad dentro del sistema educativo representa una contradicción frontal con el espíritu de la Nueva Escuela Mexicana.
A ello se suma el retorno de editoriales tradicionales que durante años hicieron de los libros de texto un negocio multimillonario, presionando para imponer contenidos, formatos y contratos. La NEM nació, precisamente, para romper con esa dependencia y recuperar el control pedagógico del Estado y del magisterio. Permitir que estas editoriales regresen a dictar lineamientos, bajo la lógica del lucro, es renunciar a la soberanía educativa.
Pero quizá lo más alarmante es la normalización del ingreso de grandes corporaciones privadas a los espacios escolares bajo el disfraz de programas “educativos” o “de salud”. Que BBVA patrocine competencias de conocimiento en escuelas públicas no es un gesto inocente. Se trata de una entidad financiera global con intereses claros, cuya imagen se blanquea al asociarse con la educación, mientras su modelo de negocios y sus alianzas internacionales han sido duramente cuestionados. La escuela pública no puede convertirse en plataforma de legitimación corporativa.
Más grave aún es el regreso de empresas como Coca-Cola, Bimbo y otras industrias de alimentos ultraprocesados para impartir cursos y conferencias sobre “salud” y “bienestar” dentro de las escuelas. Esta contradicción fue señalada con claridad por Hugo López-Gatell, quien denunció cómo estas empresas utilizaron durante años el sistema educativo para lavar su imagen, mientras contribuían activamente a la crisis de salud pública, la obesidad infantil y las enfermedades crónicas. Que hoy se les vuelva a abrir la puerta es un error político, y una gran irresponsabilidad ética.
Frente a todo esto, Mario Delgado guarda silencio o simula respaldo. Se presenta discursivamente como defensor de la NEM, pero en los hechos permite, o no frena, el avance de intereses que lo contradicen. La simulación es más peligrosa que la oposición abierta, porque erosiona desde adentro y confunde al magisterio y a la sociedad. No se puede defender una pedagogía crítica mientras se entrega la escuela pública a quienes históricamente la vaciaron de contenido ético y social.
Por eso, la presidenta Claudia Sheinbaum no puede mirar hacia otro lado. La omisión también es una forma de decisión. Permitir que estos actores, ya expulsados en el sexenio anterior, regresen a la SEP para influir en contenidos, lineamientos y prácticas educativas, equivale a desmantelar silenciosamente la nueva escuela mexicana. La presidenta debe de ser clara, concreta y firme. No hay espacio para ambigüedades cuando lo que está en juego es el futuro formativo de millones de niñas, niños y jóvenes.
La nueva escuela mexicana no admite tutelajes empresariales ni asociaciones “filantrópicas” con agenda propia. Fue concebida para formar pensamiento crítico, ética social y conciencia comunitaria, no para reproducir marcas, intereses ni narrativas corporativas. Si el ejecutivo no actúa con energía, si no pone límites claros y públicos, la visión pedagógica de López Obrador corre el riesgo de ser enterrada no por la derecha declarada, será enterrada por la tibieza institucional.
La historia no juzga por las intenciones, lo hace por las decisiones concretas. Claudia Sheinbaum aún está a tiempo de honrar el proyecto educativo que recibió, pero eso exige coraje político, claridad ideológica y voluntad de confrontar intereses poderosos. Defender la nueva escuela mexicana no es su gesto simbólico: es una toma de posición. Y hoy, más que nunca, esa posición debe venir desde la presidencia.
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Ana María Garduño, extraído de su muro.
Foto tomada de: Portafolio

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