Los últimos nueve meses mostraron la más espantosa imagen de un sistema electoral politizado y corrupto en cabeza del Consejo Nacional Electoral y de una Registraduría que no ha cumplido la orden del Consejo de Estado para tener un sistema de escrutinio de propiedad del Estado y no de privados.
De igual manera, las elecciones en Colombia son de los compradores de votos, porque alguna gente pobre vende su conciencia por unos pesos como si fuera el jornal de un día. En este ambiente transcurrieron las elecciones para elegir el nuevo Congreso y tres consultas interpartidistas para candidaturas a la Presidencia de la República en medio de una polarización promovida por la oposición que mucho habla, amenaza y nada propone.
Cambia el mapa político
Atrás quedó el 8 de marzo cuando el Pacto Histórico triunfó en las elecciones para el Congreso de la República. Ahora es la primera fuerza política de Colombia en las dos cámaras. Sin embargo, aún no hay resultados definitivos, y más curules podría ganar en Senado y Cámara, y menos curules tendrá la oposición. Más allá de intentos de fraude en el conteo final de los votos, mejores resultados se habrían obtenido si la ambición de Roy Barreras y de Daniel Quintero no hubiera fraccionado al progresismo, que hoy tendría más de treinta senadores.
Roy soñó que lograría millones de votos, y que el 9 de marzo Iván Cepeda le entregaría las banderas del Pacto Histórico. Hizo alucinantes cálculos políticos. Traicionó al presidente Gustavo Petro, al nuevo partido, y obligado por la norma debe ir a la primera vuelta. Su falso progresismo quedó al descubierto y navega por el universo como satélite sin rumbo.
Un dato más de la consulta interpartidista: la votación total fue baja, porque veinte millones de colombianos fueron a las urnas, y en la consulta únicamente votaron siete, por tanto, el triunfalismo de la candidata del Centro Democrático tiene unas muy justas proporciones.
El fenómeno progresista y la atomización de los demás
Cuando el Consejo Nacional Electoral (CNE) negó a Iván Cepeda el derecho a participar en la consulta del 8 de marzo, surgió una preocupación: un posible efecto negativo en su ascendente favoritismo, sin embargo, sucedió lo contrario. Subió su favorabilidad porque le restó importancia y pidió no pedir el tarjetón de la consulta.
En los días inmediatos llenó plazas y escribía discursos para su programa de gobierno. Gran líder, consagrado, intelectualmente consistente, políticamente coherente, diferente a Petro, y nada que ver con Uribe. Así, el futuro lo representa el Pacto Histórico.
De los diecinueve candidatos a la primera vuelta, el 13 de marzo quedarán ocho, nueve o diez. Una cifra alucinante para un país que necesita centrarse en construir propuestas para un proyecto de nación. Pero, es la realidad de un sistema político destruido ideológicamente, desbaratado en sus estructuras partidistas, incapaz de construir una visión y un rumbo a la nación en medio de la crisis de occidente, porque la parte técnica hace rato no es una prioridad. Ahora importan discursos superficiales, descalificadores, mediáticos y la promesa fácil. Así lo aconsejan los asesores.
En esto el Pacto y su candidato a la presidencia también marcan grandes diferencias, por iniciativa y tarea personal de Cepeda.
En la oposición no hay grandeza de nación, lo que hay son inmensas ambiciones individuales y poderosos intereses como prioridad. Entonces, la estrategia del insulto, la calumnia, la traición, la superficialidad y la maldad, la castigó la población en las urnas.
Para la oposición la nación no es un propósito principal, es un inmenso recurso de explotación y abuso a través de la corrupción, el rentismo, la desigualdad, la ilegalidad y la violencia. No hay una visión, porque la dirigencia, las casas y las castas políticas, las cómodas tecnocracias y burocracias, y los investigadores, no tienen estímulos ni espíritu para construir pensamiento, conocimiento y hacer del Estado una instancia poderosa de ejecución, innovación y creatividad.
Oposición furiosa sin respuestas
Pregunte a los candidatos de la oposición qué es lo más importante para la economía, y responderán en coro: ¡la confianza inversionista!, cuando lo más importante es la política nacional de reindustrialización y de innovación, y en ella la agricultura y la bioeconomía, las industrias de salud, la producción y desarrollo de energías alternativas y de un sistema de movilidad sostenible, las industrias de defensa y del mar, las industrias 4.0 y 5.0, y las industrias creativas.
Este es el centro del debate por el futuro de Colombia, porque sin desarrollo económico no hay paz posible y duradera, ni es probable abatir las enormes desigualdades sociales, los desequilibrios regionales y superar las economías ilegales. Para eso se necesitan cuatro y más años de gobiernos progresistas.
Pregunte cuál es la mejor política social, y todos dirán que la educación, pero la educación privada, no la pública; también la salud, pero sin tocar a las EPS, y la salud negocio antes que la salud preventiva.
Pregunte cuáles políticas de desarrollo son clave, y dirán: las autopistas, pero sin modificar las concesiones, y ni una palabra del tren y de las vías terciarias y secundarias; el acceso al internet, pero no a todas las comunidades; la energía en poder de privados que facturan según el costo de la energía más cara; también dirán que el petróleo porque cambiar a energías alternativas es aún un sueño, puesto que primero están las gasolineras y los saldos de vehículos que van quedando de los combustibles fósiles. La guerra en el medio oriente es por el pasado del mundo: petróleo y religión, mostrando que Estados Unidos e Israel son poderes distópicos.
Pregunte si Colombia debe desarrollar la ciencia y la tecnología, y responderán que lo mejor es importar tecnología y conocimiento, porque desconocen que la ciencia es la fuerza para la inteligencia y la creatividad que nutre la innovación y por tanto eleva la productividad, mejora la competitividad, la calidad de vida de todos, y conduce a construir acuerdos y arreglos institucionales sólidos y duraderos.
No dicen nada nuevo, nada, solo generalidades e ideas viejas, conocidas y agotadas. Al final piensan que todo se resuelve con orden, repulsión, represión y violencia. Están lejos de cualquier debate iluminador, creativo y esperanzador. Son distópicos, poder y oposición entre dirigencia económica, congresistas y magistrados contra el poder ejecutivo progresista. No es el equilibrio de poderes, es el choque entre el futuro y el pasado. Hicieron trizas la paz y la Constitución Nacional.
La esperanza es el Pacto Histórico.
La lucha contra la desigualdad es parte de la construcción de una utopía para una nación que en el futuro debe ser progresista en sentido amplio y profundo. Es la única opción para pensar una utopía en los siguientes cuatro años para dos, tres o cuatro décadas. Ante este escenario, el progresismo tiene una oportunidad histórica: pactar y ganar en primera vuelta.
Jaime Acosta Puertas

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