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La izquierda que olvidó a la gente

26 octubre, 2026 By Hernando Samudio Melendez Leave a Comment

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La izquierda en Colombia y buena parte del mundo parece que se quedó atrapada en la disputa de lo simbólico y lo estético, mientras millones de personas hacen cuentas para llegar a fin de mes. Pesa el arriendo; la ilusión de la vivienda propia parece cada vez más lejana porque un derecho fundamental se convirtió en activo especulativo de inversión; los recibos de luz y gas se llevan una parte importante del ingreso de los hogares de la Costa Caribe; el transporte consume horas de vida en ciudades como Bogotá, y las deudas del hogar angustian a las capas medias y bajas de la población. Esos son los problemas con los que las personas se acuestan y se levantan.

Entre tanto ¿en qué estamos nosotros? ¿Qué dejamos de hacer para que millones dejaran de vernos como una respuesta?

De la organización popular a la pérdida de capacidad política

Históricamente, la izquierda se caracterizó por discutir los problemas concretos de la gente: los servicios públicos, la vivienda, el precio de las cosas, los salarios. Eran discusiones que atiborraban salones inmensos de personas en todo el mundo, y el peso de las organizaciones sociales frente al Estado era alto. Ese ecosistema de reflexión se fue desmembrando por múltiples causas, y la izquierda, al perder espacios de discusión y formación permanente, perdió también fuerza política y académica a nivel internacional.

Es cierto que los factores externos pesan. La expansión bélica de Trump es una realidad, pero no explica todo el problema. Nosotros también hemos fallado: no hemos sabido organizarnos para comprender las nuevas circunstancias que enfrenta el mundo y proponer desde ahí soluciones concretas para nuestra gente.

Un capitalismo más complejo y una explotación más oculta

Para explicar por qué hemos perdido capacidad política, debemos entender, además, que las sociedades en las que vivimos se han vuelto más complejas. Con el paso del capitalismo industrial al posfordismo en los sesenta, la disputa en torno al modo de producción dejó de estar confinada en la fábrica donde se enfrentaban trabajadores y patronos: El capitalismo desbordó sus muros y pasó a organizar el conjunto de la vida social.

Pero, así como el capitalismo desbordó la fábrica y extendió su lógica a distintos espacios de la vida social, la clase trabajadora también amplió y diversificó sus formas de organización y lucha. A partir del ciclo de movilizaciones de Mayo del 68, cobraron fuerza los llamados Nuevos Movimientos Sociales —ambientalistas, feministas, de las diversidades sexuales, animalistas, entre otros—, que hicieron visibles problemas que no podían reducirse a la relación entre proletarios y burgueses.

Aunque este proceso fue positivo porque permitió incorporar otros elementos para comprender la totalidad del problema, eso no significaba que las contradicciones de clase hubieran desaparecido, ni que cada lucha debía darse por separado. Esa fue, precisamente, la primera cuestión que la izquierda pareció olvidar.

La transformación del capitalismo planteó otra dificultad. Con el crecimiento (desigual) de la economía mundial, algunos sectores de la clase trabajadora comenzaron a acceder a bienes y posibilidades que antes estaban fuera de su alcance: un carro, un crédito, una ida al cine con la familia, comprar ropa con los hijos o quedarse en casa y pedir comida por Rappi. La calidad de vida parecía mejorar. Entonces surgía una pregunta: «¿dónde está la explotación?». Quien ve mejorar sus posibilidades de consumo difícilmente se siente conmovido por los discursos de clase. Subirse hoy a una tarima a decir que” unos se enriquecen a costa de otros” y que “debemos tomarnos los medios de producción” te puede dejar en el mismo lugar.

Podemos mostrar gráficas en las que las ganancias empresariales crecen mientras que los salarios no guardan proporción con el valor producido por los trabajadores. Podemos explicar cómo el trabajo no remunerado se convierte en plusvalor y cómo las condiciones laborales, la precariedad y la falta de tiempo para el descanso afectan la vida cotidiana generando patologías de todo tipo. Pero ¿eso a dónde conduce? ¿Cómo convertimos esa explicación en una respuesta política que la gente pueda reconocer en sus problemas cotidianos?

La explotación y el malestar no han desaparecido, solo que se volvieron menos visibles. Si algo enseña Marx es precisamente a desnaturalizar los problemas y develar lo que yace oculto. Pero si hoy los intelectuales intentan comunicarlo casi no tendrán audiencia, las redes sociales ofrecen un entretenimiento más llamativo: los realities, los algoritmos, el scrolling y en general, la Sociedad del Espectáculo.

La renovación progresista y sus contradicciones

Tras la fallida experiencia soviética bajo Stalin, el marxismo enfrentó una campaña mundial de desprestigio que lo responsabilizaba de distintas formas de totalitarismo, un golpe del que nunca logró recuperarse del todo. La izquierda entonces pensó que debía reinventarse y alejarse del marxismo para esquivar el estigma de una «doctrina culpable de la pobreza» y lograr mayor aceptación entre los gobiernos y los sectores populares que, sin conocerlo a fondo, lo asociaban con algunas de las peores atrocidades de la humanidad. Si la izquierda quería sobrevivir, tenía que cambiar su discurso y su ropaje.

En este escenario, el “progresismo” —conformado por los nuevos movimientos antes mencionados— empezó a levantar su bandera para poder responder a dos limites de la izquierda convencional: la rigidez del discurso y la dificultad para convocar a otros sectores de la sociedad civil. Y efectivamente lo hizo: El progresismo amplió la base social de la izquierda más allá del obrerismo y logró formas de comunicación más asertiva para otros públicos.

Pero de ese éxito surgieron dos problemas: la fragmentación de las luchas y su distanciamiento de las condiciones materiales que las atraviesan; y el desplazamiento de los problemas cotidianos por las disputas estéticas y simbólicas.

El primer asunto es la fragmentación: la división inicial de la clase obrera en diversos movimientos permitió reconocer que los trabajadores no son un grupo homogéneo, sino que están atravesados por distintas formas de opresión. El problema surgió cuando cada uno de estos movimientos terminó volviéndose autorreferencial, situando su propia lucha como la más importante del conflicto social. Así, las agendas de los trabajadores, los grupos feministas, los ambientalistas y los movimientos decoloniales se fueron distanciando cada vez más. Cada uno defendiendo su pedacito. Lo que nació como una estrategia para enfrentar al capitalismo posfordista en sus distintas formas terminó fragmentando la propia identidad de clase, y cada movimiento acabó compitiendo con los demás por el reconocimiento formal ante el Estado.

A raíz de esta situación, hoy no existe una unidad de acción sostenida entre trabajadores, estudiantes, campesinos y otros movimientos sociales. En Colombia, en un paro nacional, puede que todos estos movimientos se junten izando la bandera de su colectivo, pero eso no significa que exista una agenda común ni espacios de discusión conjunta.

El segundo problema es que una parte de la nueva izquierda empezó a invertir demasiada energía en el performance y lo estético, preocupándose más por cómo decir las cosas que por lo que estaba diciendo en sí. Las discusiones sobre las formas y las categorías lingüísticas —si una palabra termina en A, E u O— ocuparon un lugar desproporcionado en el debate, mientras se dejaba de lado la vida cotidiana donde confluyen los problemas de la gente.

Mientras tanto, la derecha les hablaba a las personas de la inseguridad y de la necesidad de carreteras y parques en los barrios. La izquierda colombiana, en cambio, respondía que «el cemento no era desarrollo» y asociaba el discurso de la seguridad con el paramilitarismo. Así, la derecha fue ganando terreno entre los sectores populares, que necesitan soluciones estructurales, sí, pero también concretas e inmediatas.

La salida no consiste en abandonar el marxismo ni tampoco las nuevas formas de hacer política. Hoy sin ninguna explicación nos hallamos atrapados en lo siguiente: quienes se consideran marxistas, pero creen que es suficiente con repetir mecánicamente el Manifiesto, dibujar una hoz y un martillo y esperar la revolución de barricadas. Por el otro, quienes se enorgullecen de no ser marxistas porque, sin haberlo leído, presumen que Marx es demasiado radical o «ideal». En medio, seguimos sin construir una alternativa capaz de responder frente al avance de los autoritarismos.

La hegemonía: disputar la sociedad, no es solo los símbolos

Hoy se abusa de conceptos como «batalla cultural» y «hegemonía», cada persona los usa para decir lo que quiera, cuando en Gramsci formaban parte de una reflexión histórica y política más amplia. El Estado se sostiene sobre la coerción, pero también sobre el consenso. La hegemonía supone una dirección intelectual y moral de la sociedad que ninguna clase construye hablando consigo misma.

La batalla cultural no puede reducirse a una batalla de performances ni de debates estéticos. Significa disputarnos, de manera práctica y organizada, los espacios donde se reproduce el Estado: escuelas, sindicatos, universidades, barrios y organizaciones civiles. Es una guerra de posiciones. Esa disputa exige democracia: la hegemonía de la izquierda no puede construirse mediante liderazgos que sustituyan la deliberación, sino con la formación permanente de las mayorías para que puedan gobernar sus propios asuntos. La importancia del partido queda para otro texto.

Por otro lado, criticar los límites de la democracia burguesa no puede llevarnos a abandonar la disputa por el poder local. Si el sistema funciona como un todo, debemos comprender esa totalidad a partir de sus elementos. Defender el salario, el empleo y las condiciones de trabajo dentro de las empresas exige intervenir en el conjunto de la sociedad: el transporte, la salud, la educación —también como espacio de reproducción cultural de la fuerza de trabajo— y las demás instituciones sociales.

Volver a lo concreto: teoría, organización y poder local

El triunfo de Lula en Brasil ilustra una parte de esta tarea. Su campaña, en condiciones adversas, salió al encuentro de la gente y habló de problemas concretos: el fin de la jornada 6×1, aumentos reales del salario mínimo, las deudas de los hogares y el transporte. A ese mensaje lo acompañó una estrategia digital fuerte. Pero Lula tampoco le cedió espacios a la derecha: buscó el voto evangélico y el de sectores que no hacían parte de su base, se dirigió al país en su conjunto y habló en nombre de la humanidad.

En Colombia, por ejemplo, tuvimos un candidato que leía discursos sobre «revoluciones éticas» y «desobediencias civiles»: categorías abstractas que difícilmente conectan con quien no sabe cómo pagar el arriendo a fin de mes.

Ser marxista es estudiar la realidad con rigor, identificar sus contradicciones e incorporar variables económicas, sociales, culturales y políticas para buscar soluciones concretas para los más desfavorecidos. Esto puede sonar abstracto, pero deja de serlo cuando disputamos el poder local, trabajamos en barrios y veredas, estudiamos la formación económico-social de cada territorio y buscamos soluciones para las comunidades, a la par que contribuimos a la cualificación de las masas. Es allí donde el método se pone a prueba.

Hernando Samudio Melendez

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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