Como la extrema derecha y la derecha (“el centro”) no pudieron acabar con el gobierno, intentaron instalar durante meses la narrativa de un desgaste irreversible. La idea era sencilla: minimizar los logros y amplificar cada dificultad gubernamental hasta convertirla en síntoma de colapso. Pero ayer las cifras ratificaron el fracaso de esa operación. El candidato que continuará la senda del gobierno del Cambio aparece con un piso sólido y con margen real de crecimiento, mientras que el campo de los reaccionarios y los tibios sigue fragmentado entre la radicalización conservadora y la tecnocracia nostálgica del régimen que los contrata.
La encuesta revela algo más profundo que un simple porcentaje, muestra que existe un núcleo social fortísimo que no quiere regresar al viejo régimen. Ese núcleo no es volátil ni accidental. Es el resultado de una experiencia histórica reciente en la que millones de ciudadanos por primera vez vieron que un gobierno (a pesar de las inercias institucionales y la resistencia burocrática) podía intervenir a favor de las mayorías; que el salario podía crecer y que el debate público podía cuestionar privilegios estructurales antiquísimos.
Y otra vez, la extrema derecha quiere inventar un malestar y lanzar pueriles advertencias para capitalizarlas a través del miedo: inseguridad, orden, autoridad, Venezuela, Cuba, y toda su retahíla de lugares comunes que por años han usado y que hoy vuelven a sacar como refritos. Desesperados y faltos de imaginación, su apuesta sigue siendo emocional antes que programática. Solo acuden a pasiones tristes y a estados de ánimo exaltados para tratar de reunir un número de votos.
Pero el límite de su estrechez es evidente. Solo puede agrupar a los viejos recalcitrantes convencidos, pero le cuesta seducir a las mayorías populares de una generación que creció viendo sus desastres y hoy se encuentran lejos de su ideario obtuso y anticuado.
Por su parte, el llamado “centro” técnico enfrenta una contradicción. Se presenta moralmente abierto y dispuesto a la defensa liberal de los derechos individuales, pero en términos políticos y económicos defiende los principios de la ortodoxia económica y del statu quo institucional. Su problema es ideológico e histórico. El país ya vivió décadas de “moderación responsable” de “cualificados” funcionarios cuya acción derivó en desigualdad estructural, precarización laboral y desconfianza ciudadana. Ofrecer más de lo mismo bajo un tono amable y conciliador difícilmente despierta entusiasmo en un país que está comprometido con el cambio. Incapaz de decidir y tomar resoluciones, el centro está condenado a seguir orbitando alrededor de la derecha.
La encuesta sugiere entonces un escenario donde la derecha compite consigo misma mientras el campo progresista logra definirse y conservar cohesión estratégica. Conviene subrayarlo: Iván Cepeda no lidera únicamente por identificación partidista, sino por la favorabilidad de la imagen del presidente y la promesa de continuar con su proyecto. Hay una diferencia sustancial entre prometer administrar mejor lo existente y proponer profundizar transformaciones en curso. En contextos de contraposición estructural, la claridad del rumbo político es más efectiva que la ambigüedad calculada.
Además, la base social que eligió y ha sostenido al actual gobierno no desapareció, por el contrario, ha crecido. Puede fluctuar, pero sigue firme y muy presente: jóvenes, trabajadores, campesinos y sectores populares que han visto mejoras ostensibles en su calidad de vida, hoy cuentan con nuevas oportunidades; y territorios históricamente marginados han empezado a sentirse incluidos en la agenda nacional. Esa base no se evapora con titulares adversos, ni propaganda prepagada, pues responde a experiencias materiales y vivencias personales.
La derecha, en cambio, enfrenta una tensión interna. Si se desplaza demasiado hacia la radicalidad extrema, pierde capacidad de sumar; si intenta moderarse, cede espacio a candidatos que no son del todo propios. Esa fractura estratégica aparece reflejada en la dispersión de sus precandidaturas.
El “centro” tampoco logra resolver su dilema: diferenciarse retóricamente del uribismo sin romper con el modelo económico que lo hizo dominante. El resultado es un mensaje ambiguo que, en tiempos de definiciones, luce desteñido.
La encuesta no es una sentencia definitiva —ninguna lo es en tanto fotografía de un momento—, pero sí proyecta una imagen reveladora: el escenario no está inclinado hacia la restauración conservadora. En este escenario, el bloque del Cambio parte con ventaja estructural: tiene narrativa, tiene proyecto, tiene experiencia de gobierno y un aprendizaje que puede defender.
Hay otro elemento que la oposición parece subestimar. Cada intento de presentar al actual ciclo político como “fracaso total” choca con datos que contradicen el relato: crecimiento impulsado por consumo interno, recuperación sectorial en servicios y comercio, ampliación del salario real y otras variables que muestran que nuestra economía goza de buena salud. La ciudadanía ya no vive en el plano de la opinión mediática prefabricada, sino en el de su experiencia cotidiana.
Eso no significa que no existan problemas reales. Significa que la disputa no se libra en el vacío, sino sobre resultados concretos y memorias recientes. Y en esa disputa, quien propone continuidad transformadora tiene algo que ofrecer; quien promete retorno debe explicar por qué el pasado sería mejor que el presente. ¡Difícil tarea!
La encuesta de Invamer muestra que la pelea electoral no será un plebiscito contra el presidente, sino una ratificación del cambio y una confrontación entre modelos de país. De un lado, quienes consideramos que la experiencia reciente debe profundizarse todavía más. Del otro lado, quienes buscan restaurar el anterior modelo fracasado, ya sea bajo la retórica vetusta del uribismo puro, ya sea bajo distintos matices discursivos atenuados por el “centro”.
Esta vez, lo realmente relevante no es quién está primero o segundo, sino que la candidatura más aventajada representa la continuidad del cambio progresista y compite vigorosamente en un escenario fragmentado. Eso muestra que el proyecto comenzado este cuatrienio no fue un accidente electoral producto de un estallido pasajero, sino la expresión de una transformación social, política y mental más firme y duradera.
La política no es simple aritmética, sino correlación de fuerzas, lucha, identidad colectiva y horizonte histórico común. Y hoy, según la encuesta, el horizonte del cambio se encuentra abierto y listo para la disputa en condiciones que le son bastante favorables.
David Rico Palacio
Foto tomada de: https://ivancepedacastro.com/

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