Esta clase de información pasó sin embargo de puntillas sobre el ataque aéreo que, el mismo 28 de febrero, causó la muerte de 186 personas en una escuela de Irán, la mayoría de las cuales eran niñas con edades comprendidas entre los 6 y los 12 años. También omitió, y siguen omitiendo, que los ataques a las muy bien defendidas instalaciones militares iraníes, son solo una parte de esta guerra aérea. Que obedece al mismo modelo que ha guiado todas las campañas militares de estos siniestros aliados. El modelo que suma las operaciones llamadas “quirúrgicas”, de “decapitación del régimen”, con los bombardeos indiscriminados a la población civil.
Shock and Awe, Conmoción y pavor, fue el nombre puesto por el Pentágono a la criminal campaña de bombardeos durante la segunda guerra contra Iraq, que fue de tal intensidad y grado de saturación, que la periodista italiana Oriana Fallaci contó, en una de sus crónicas, que los cazas bombarderos estadounidenses tenían que hacer cola en el aire para dar tiempo a que los que había llegado antes arrojaran sus bombas y misiles sobre los blancos previamente elegidos.
Ahora no está sucediendo lo mismo en Irán, donde los bombardeos aéreos no han alcanzado ese mismo grado de intensidad y saturación. Pero no porque de repente se hayan vuelto piadosos los responsables políticos y militares de esas “guerras interminables en el extranjero, que arruinan a América”- como solía decir Trump cuando era candidato a su primera presidencia para convencer a un público deliberadamente mal informado que votara por él. La oligarquía que controla a Washington está siendo igual de despiadada y racista que antes, que siempre.
El problema es que en su arrogancia despreciaron la “capacidad de respuesta de Irán” a la Furia épica, como por fin vino a reconocer el New York Times, en un artículo publicado ayer mismo. E incluso los anuncios públicos hechos por la dirigencia iraní de lo que harían en caso de ser atacados de nuevo a traición, como lo fueron de hecho en abril del año pasado. “Nuestra respuesta a un nuevo ataque se convertirá en una guerra regional”. Dicho y hecho. A los 30 minutos del ataque de “decapitación del régimen”, del 28 de febrero, que costó la vida del líder supremo, Alí Jomeneí y de la mayor parte de su familia (incluido un bebé de 14 meses), Irán inició un ataque masivo con drones y misiles a las 23 bases e instalaciones militares de Estados Unidos en los países árabes del Golfo pérsico, con la excepción de Omán. Con el clarísimo objetivo estratégico de anular la capacidad de las fuerzas aéreas estadounidenses de atacar desde ellas el territorio iraní. Ofensiva a la que sumó el ataque al portaaviones Abraham Lincoln que lo obligó a retirarse de la línea del frente de la guerra aérea. Hoy los aviones estadounidenses tienen que atacar desde posiciones alejadas de Irán, lo que los obliga a reabastecerse en el aire mediante aviones cisternas. Irán ha destruido hasta la fecha 6 de estos últimos. La campaña aérea estadounidense e israelí encuentra cada día más dificultades para seguir adelante.
Pero no fueron estos hechos que explican porqué a 20 días de iniciada la Furia épica, Irán sigue en pie, respondiendo a golpe con golpe, los que movieron a Lottaz y a Stanislav Krapivnk, su entrevistado, a pronosticar la derrota inminente de Estados Unidos e Israel. La clave está en el frente económico, dada la extraordinaria importancia geoeconómica de los hidrocarburos de Arabia saudita y de los países del golfo pérsico. Allí es donde se decidirá el final de esta guerra y es allí donde ahora mismo Estados Unidos tiene todas las de perder. En primer lugar, por el control efectivo que tiene Irán del Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 % del petróleo y el gas del mundo y el 40% de los fertilizantes indispensables para el funcionamiento de la agricultura mundial. Irán le hace a Estados Unidos lo mismo que Estados Unidos le está haciendo a Venezuela. Gracias al bloqueo naval, Washington ha cortado el acceso al mercado de hidrocarburos venezolano a China, Rusia e Irán. Y Teherán, gracias al control del Estrecho de Ormuz, impide que pasen por el mismo los petroleros de Israel y Estados Unidos y de todo país que apoye la guerra contra Irán.
Trump, cuya desconexión con la realidad ha cruzado los límites del delirio, lleva semanas prometiendo abrir por la fuerza el Estrecho de Ormuz. Anunció el envío de 5.000 marines, número de tropas absolutamente insuficiente, a juicio de todos los analistas militares que he consultado. Y de hecho todavía no los ha enviado. Ordenó el bombardeo de las instalaciones militares y de la desalinizadora de la isla iraní Jerg, que alberga el principal de los puertos de exportación de petróleo del país persa. Y ayer mismo ordenó el bombardeo de los yacimientos de gas de Pars (South Park, según la nomenclatura colonialista), la principal fuente de abastecimiento de gas de Irán. Todas ellas, victorias de un pirómano que arroja gasolina al fuego. Irán, que había advertido reiteradamente que no atacaría instalaciones petrolíferas de Arabia y de los países del Golfo, respondió atacando instalaciones petrolíferas en Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Omán y hasta una refinería de Arabia saudí situada en las costas del mar Rojo. El incendio de un petrolero estadounidense se sumó a este fatídico balance. ¿El resultado? El precio del barril de petróleo, que había bajado hasta 90 dólares, gracias a los anuncios de Trump, completamente contra evidentes de que la guerra había acabado, subió de nuevo hasta los 110 dólares.
Y seguirá subiendo hasta que Trump de su brazo a torcer y reconozca su derrota en una “guerra que nunca debió haber empezado”, para usar las mismas palabras que él tantas veces utilizó para referirse a la guerra de Ucrania, “la guerra de Biden”. Es la escalada de los precios del petróleo y el reconocimiento de que son pura fantasía los planes de Trump de hacerse con el control militar del Estrecho de Ormuz, los que llevaron a Francia, Gran Bretaña, Alemania, Japón y Australia a rechazar el pedido que les hizo de que fueran sus buques de guerra los encargados de llevar a cabo esta arriesgada misión. La respuesta del canciller de Alemania, Friedrich Merz – que no es santo de mi devoción- me hizo sin embargo reír: “No creo que los cuatro cruceros que podemos enviar podrían hacer lo que sí pueden hacer las poderosas fuerzas aeronavales de Estados Unidos”. Cuando hasta los aliados más fieles se permiten el lujo de hacer en público chistes a tu costa, es porque las cosas van mal, muy mal para ti.
Los líderes de los países que rechazaron la invitación de Trump a enviar buques de guerra al Estrecho de Ormuz son, al mismo tiempo, los más afectados por la subida de los precios del gas, el petróleo y los fertilizantes. Sus economías están en un estado precario – sobre todo sus industrias – y además están sobre endeudadas, por lo que soportarían mal una brutal subida de los precios de los hidrocarburos. Problemas agravados por las sanciones a Rusia, que han ido todavía más lejos con el secuestro de petroleros rusos en el Caribe, en el Báltico y en el mar Negro. Eso para no hablar del creciente descontento de las mayorías populares ante el desmesurado crecimiento del costo de vida. Los estallidos sociales podrían comenzar a producirse en Europa. Estoy seguro que entre las lecturas de los líderes del Occidente colectivo, no figuran los escritos de Mao. Pero si decidieran hacerlo podrían encontrarse con esta sentencia del Gran Timonel: “O la revolución evita la guerra o la guerra trae la revolución”.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: Reporteri.net

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