Hoy Delcy Rodríguez completa cinco semanas en el ejercicio del cargo de presidenta encargada y Alireza Arafi lleva una semana desempeñando provisionalmente el papel de líder supremo de la nación iraní. Hay que estar muy confundido por la propia propaganda, como probablemente lo está el presidente Trump, como por creer que basta con cortar la cabeza del “régimen” para que se venga abajo de golpe, como un castillo de naipes. La propaganda escamotea el hecho de que el “régimen” es en realidad un Estado, compuesto por sólidas instituciones regidas por leyes, que cuenta con el apoyo de movimientos y partidos políticos y de una parte importante de la ciudadanía. Los Estados y los gobiernos que los dirigen pueden ser criticados y combatidos por movimientos y fuerzas políticas opositoras, que pueden incluso pretender destruir a unos y derrocar a otros. Pero lo que nadie puede hacer es actuar políticamente como si no existieran. Y menos aún creer que basta con decapitar al gobierno para que toda su compleja arquitectura se desplome. Tal y como lo está comprobando Trump, por la resistencia que están oponiendo a sus planes de sometimiento y dominación las repúblicas bolivariana e islámica. Ya no están a cargo ni Maduro ni Jamenei, pero quienes los han reemplazado están defendiendo la existencia de sus respectivas repúblicas.
Cierto a diferencias enormes entre la resistencia venezolana y la iraní que se derivan de las enormes diferencias existentes entre ambos países en términos de geografía, historia, sociedad, religión, cultura y política. El contexto geopolítico marca igualmente una diferencia crucial: Venezuela está en el Caribe, a tiro de piedra de Estados Unidos, para decirlo de alguna manera. Irán está en cambio en el otro lado del mundo, a muchos miles de kilómetros de distancia y, aunque rodeado de países hostiles, cuenta sin embargo con la retaguardia estratégica representada por Rusia y China. Ninguna de estas dos potencias puede permitirse el lujo de que la república islámica caiga. Años atrás votaron en contra de ella en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, hoy la apoyan activamente en términos económicos, políticos y militares. La estrategia belicista de Donald Trump no les deja otra opción.
Además, está el hecho nada desdeñable de las diferencias en la historia de sus respectivas luchas antiimperialistas. La revolución venezolana, que permitió la fundación de la república venezolana, obtuvo su victoria estratégica hace 27 años, la revolución iraní, ya ha cumplido 47.
En fin, la suma de estas diferencias explica la diferencia entre la respuesta de uno y de otro país a la política de “decapitación del régimen”. La dirigencia socialista de Venezuela ha optado por ganar tiempo haciendo importantes concesiones en el tema del petróleo, esperando o confiando en que un cambio de la correlación de fuerzas a escala mundial le permita negociar en mejores términos de los que ahora lo está haciendo. No hay que olvidar que Washington mantiene el control militar de las rutas marítimas venezolanas, que el presidente Maduro está preso a espera de juicio en Nueva York y que la mayor parte de las sanciones se mantienen. Y esta misma semana ha circulado la noticia de que la fiscalía federal de Estados Unidos, está preparando la apertura de una causa judicial contra Delcy Rodríguez, a la que planea acusar de corrupción y lavado de dinero.
En cambio, Irán actúa plenamente convencido de que para él se ha cerrado el ciclo de las concesiones. Todas las que hizo en el pasado, así como todas las que se demostró dispuesto en el curso de la última ronda de negociaciones, no han impedido que Estados Unidos e Israel reiniciaran el 28 de febrero, y con otro ataque a traición, la llamada “guerra de los doce días” del año pasado. Hoy para Irán la resistencia a los planes de Trump y Netanyahu es un asunto de vida o muerte. Porque lo que ambos quieren va más allá incluso de un cambio de régimen, que consistiría en convertir a la república islámica en una monarquía oligárquica y subalterna, como lo son de hecho las monarquías árabes. Lo quiere especialmente Netanyahu en su delirio es destruir a Irán, destruir su unidad nacional y desmembrarlo, de la misma manera que ya hizo Washington con Libia, Sudán o Siria. De allí la firme determinación de los iraní de combatir hasta la victoria o la muerte.
El problema para Washington y Tel Aviv es que los iraníes no solo tienen la moral muy alta. También tienen los medios y los recursos materiales suficientes para impedir que ambas capitales consumen fácilmente sus fatídicos planes. Irán será una teocracia, pero también es un país de más de un millón de kilómetros cuadrados de superficie y 90 millones de habitantes, urbanizado, alfabetizado e industrializado en términos modernos y con un poderoso complejo industrial militar, cuyo mayor logro no son las armas nucleares – como pretende desde siempre Benjamín Netanyahu – sino su arsenal de drones y misiles que incluye a los hipersónicos. Es de hecho, uno de los más importantes del mundo, equiparable en muchos sentidos a los de Rusia y de China.
Tal y como ha quedado demostrado por la contundencia y la eficacia de la respuesta iraní a la agresión militar desencadenada el 28 de febrero. Los drones y los misiles han destruido o infringido graves daños a las bases militares y los activos de la CIA en Kuwait, Emiratos Árabes, Jordania y Arabia Saudita, e incluso a la base militar británica en Chipre, que estaba siendo usado por la aviación militar estadounidense para los bombardeos a Irán. Eso sin contar que el ataque con misiles al portaaviones Abraham Lincoln, que lo dañaron o que, por lo menos lo obligaron a alejarse del frente de batalla lo suficiente como para situarse fuera del alcance de los misiles iraníes. Aunque a costa de dificultar seriamente el uso de sus aviones para atacar a Irán. Israel tampoco está a salvo. Esta semana, ha sido de nuevo blanco de ataques masivos de drones y misiles, como ya lo fue en la Guerra de los 12 días del año pasado.
Hoy es prematuro pronosticar cuál será el desenlace final de esta guerra de agresión contra Irán. Pero lo que sí puede asegurarse es que ya le está costando mucha “sangre, sudor y lágrimas” – por mucho que la censura lo oculte-, tanto a Israel como a Estados Unidos. Y es además posible pronosticar que difícilmente Donald Trump y Benjamín Netanyahu podrán sobrevivir políticamente a la misma.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: BBC

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