Brasil y Lula, grandes
América Latina se jugaba la última carta para poner freno a la tramposa expansión de la ultraderecha en el continente, una mezcla de neofascismo, neoliberalismo y neocolonialismo (las 3N). Si bien el gigante latinoamericano del sur global tiene cosas similares a las del resto del continente, también es cierto que es distinto en otras, como su trayectoria política. Desde los años 1960 – 1970 tendencias de cambio han tenido a Brasil como actor principal: teología de la liberación; teoría de la dependencia; neoestructuralismo para superar las desigualdades sociales y la dependencia de las materias primas.
Luego del periodo de la dictadura, se sentaron las bases para el salto político que llevaron a la creación del PT (Partido de los Trabajadores en 1978) de ahí resultó un extraordinario líder: Luis Ignacio Lula Da Silva (1979), que fue seis veces candidato a la presidencia de la república: superado dos veces por Fernando Henrique Cardoso, y triunfador cuatro veces, sin contar la victoria que hubiera logrado sobre Bolsonaro en 2018, porque fue víctima de una falsa acusación jurídica de las 3N brasileras que lo tuvo injustamente en prisión cerca de dos años. Salió libre a triunfar en 2022 y nuevamente en 2026, pero, también puso por primera vez a una mujer en la presidencia de la república: Dilma Rousseff (2011 -2016). Entonces, en Brasil el progresismo lleva medio siglo de lucha, de victorias y de sentar las bases de una nueva sociedad y una nueva economía.
Lula fue de los pocos progresistas latinoamericanos que triunfaron en los últimos cuatro años, incluidos Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro, Gabriel Boric y Yamandú Orsi. De resto, han sido triunfos tramposos en los demás países, cooptados por las 3N bajo control de Estados Unidos, sobre todo, en los dos últimos años, con el fatal republicano que ha doblegado políticamente a las débiles dirigencias del sur. Triunfos humillantes para sus pueblos, subyugados por personajes nacidos en sus países, pero rendidos al poder del norte. La derrota de Lula en la primera vuelta hacía pensar una derrota definitiva en la segunda vuelta. Sin embargo, afloraron las condiciones y visiones de un líder; de un joven político que estructuró el “Ejército de Lula” como una arrolladora fuerza que en veinte días pasó de atrás hacia delante de manera incontenible; y la fuerza de una población que despertó y reaccionó para ganar de manera nítida a un personaje menor, como todas y todos los que han triunfado en Centro América y Suramérica en los últimos tres años, comenzando con Milei: marionetas del juego de la sumisión y el atraso. Han sido aterradoras y humillantes victorias por la compra de votos, coacción de los empresarios a sus empleados, y uso de engañosas estrategias con IA para manipular mentes vulnerables e ignorantes, como ocurrió en Colombia.
América Latina siente alegría y un enorme alivio como lo expresó la Presidenta de México. Para recomponer las relaciones con la región, un futuro gobierno demócrata debe considerar a América Latina un aliado y no un subalterno subordinado.
Detrás de la victoria también hubo factores geopolíticos y geoestratégicos. Brasil es miembro de los BRICS y su expresidenta Dilma es hoy la presidenta de su Banco de Desarrollo. China y Rusia enviaron un mensaje: con Brasil, no. Entonces, factores propios y ajenos hicieron posible el triunfo de Lula sobre las 3N.
Esta partida también la perdió la potencia del norte. Sus victorias con gobiernos abyectos, son premios de consolación. No importa si son más los países desviados, pero son más importantes los dos grandes donde una fuerza progresista triunfó: Brasil y México.
Triste que Colombia no hubiera sido el tercero, porque Iván Cepeda habría sido un buen presidente, abrumadoramente superior y diferente al que hoy mal gobierna. No entiendo como este hizo una alocución nacional a la hora que se anunciaba y se celebraba la victoria de Lula, con un discurso donde trató de mostrar gestión, pero una gestión desordenada y anuncios poco creíbles. Seguramente lo empieza a acosar la incertidumbre de ciudadanos y campesinos, cada vez más desconcertados y decepcionados, que empiezan a movilizarse. Colombia no ve ni oye de políticas y programas. Solo anuncios, amenazas, silencios y malas decisiones.
Nuevos desafíos para nuevas victorias
El triunfo de Lula no es suficiente. Se necesita que Trump sea derrotado el 3 de noviembre. Lo debilitaría políticamente, y no podrá apretar con igual fuerza a los países de América del Sur. Por supuesto, lo que gane Trump en materia de control geopolítico sobre nuestra región, no lo corregirán los demócratas. Posiblemente desaparezca el Escudo de las Américas, pero no cambiará nada de lo que ha ganado en materia de control económico y tecnológico, con tantos acuerdos por debajo de la mesa suscritos con dóciles gobernantes y débiles Congresos y Cortes de estos países. Estados Unidos quiere los seiscientos millones de consumidores latinoamericanos, las materias primas para sus industrias de alta tecnología, y una población medianamente educada y de medianos ingresos según sus intereses.
Una tarea en la que siempre insisto, es la neoindustrialización de los países del sur, incluido Brasil, qué, a pesar de desarrollos productivos y tecnológicos superiores, no pudo escapar a la desindustrialización que impuso el neoliberalismo internacional a finales del pasado siglo. Las tres políticas industriales de Lula tuvieron resultados relativos, porque no ha logrado aún consolidar el camino de un desarrollo económico más profundo, sofisticado y difundido, puesto que no es fácil desmarcarse de los efectos de una apertura comercial abrupta y de la sobrevalorización de la importancia de los commodities, derivando en una perdida de la industria en el PIB (35% en 1985 a 20% en 2025), sin lograr aún un mayor desarrollo en áreas de alto contenido tecnológico que se refleja en un descenso en el Índice de Complejidad Económica (puesto 32 en 2000, 44 en 2012 y 56 en 2025).
A pesar de errores, los aciertos también han sido importantes y explican por qué Brasil es la octava economía del mundo, donde sus exportaciones sumaron US$ 348.000 millones en 2025, equivalentes al 80% del PIB de Colombia para el mismo año (EL Espectador). Las presidencias de Lula explican los avances de la Nueva Industria de Brasil. Harán ajustes para consolidar el proceso, y evitar la interferencia de las 3N en el desarrollo soberano de la nación.
El triunfo de Lula no es cualquier evento en medio de una crisis del capitalismo occidental. Tampoco nada tienen que ver China y Rusia en las protestas sociales en Europa, ni las que suceden con frecuencia en Suramérica sin alcanzar la persistencia, magnitud y fuerza de las expresiones que estamos viendo en el Viejo Continente en las últimas semanas.
El progresismo latinoamericano debe entender que sus derrotas fueron por estrechos márgenes y por trampas electorales. Así, el trabajo del Pacto Histórico y de otras agrupaciones democráticas no da espera, pues no se pueden suspender los tiempos de la lucha política, porque se daría ventaja y espacio para que se cohesionen las 3N de De la Espriella.
Reflexión, aprendizaje, construcción y movilización son un continuo, entendiendo que los saltos de Brasil y México son por la persistencia y el aprendizaje de victorias que se consolidaron en años. Además, cada nación, cada cultura, traza sus propios caminos, y pensar que si se hace lo mismo del “Ejercito de Lula” en las elecciones de 2027 en Colombia, se va a ganar, es un error, porque somos vecinos, pero no iguales.
Por eso es una tontería endilgarle únicamente la derrota de 2026 a Iván Cepeda. Nadie en el Pacto tenía la cabeza tan bien puesta como para repetir la historia de Lula en tres semanas. Sin embargo, los jóvenes lo tenían claro y pusieron tres millones trescientos mil votos en veinte días, que hubieran sido suficientes con un sistema electoral moderno y honrado, como el de Brasil, puesto que Colombia sigue en la era de los dinosaurios con un aparato electoral de voto en papel y computadoras ladronas. En Brasil, a pesar de haber alargado dos horas el tiempo para sufragar, en cuatro horas ya se sabía quién había ganado. Sus instituciones son sólidas, tanto que Bolsonaro salió a escondidas a buscar la protección de Trump para no enfrentar la justicia de su país.
Jaime Acosta Puertas

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