Pero existe otro Jorge Isaacs, mucho menos conocido: el hombre que participó en las luchas políticas de su tiempo, recorrió territorios, se interesó por sus recursos naturales y buscó descubrir en la geografía colombiana oportunidades para el desarrollo económico de una nación en ciernes. El autor de María fue un hombre polifacético: un explorador, un político inquieto y progresista, un guerrero, un empresario frustrado, un explorador, un investigador que indagaba un pais. Para Otto Morales Benitez, Isaacs fue un “hombre de fulgores en sus combates”.
Isaacs vivió en una Colombia que intentaba convertirse en nación. Las guerras civiles, -a la manera del coronel Aureliano Buendia, el autor de Saulo, participó en las guerras civiles de 1854, 1861, 1876, 1880, 1885, en distintos bandos, conforme cambiaban las circunstancias políticas de ese periodo tan convulso de la vida colombiana-, las disputas partidistas y las dificultades para comunicar sus regiones hacían evidente que construir una República exigía mucho más que promulgar constituciones y definir fronteras administrativas. Era necesario conocer el territorio, identificar sus recursos y encontrar maneras de conectar las poblaciones con los circuitos económicos.
Pero su inquietud no se limitó a la política. En 1864 fue vinculado a los trabajos del camino entre Cali y Buenaventura, una comunicación estratégica para conectar el interior del Valle del Cauca con el océano Pacífico. La experiencia resultó reveladora. Mientras la literatura le permitía convertir el paisaje en emoción y memoria, su participación en aquella obra lo enfrentó a la geografía real: montañas, ríos, dificultades de transporte y obstáculos que condicionaban la vida económica de una región.
Su vinculación en 1881 a la Comisión Científica Permanente, una especie de continuación de la Comisión Coreografica-1850-1859, le permitió sus recorridos por distintas regiones del país que lo acercaron al reconocimiento de nuestros recursos naturales. Isaacs se interesó por los minerales y por las posibilidades que podían esconderse en territorios todavía insuficientemente explorados.
Isaacs no fue un geógrafo profesional en el sentido actual, ni su obra científica puede compararse con la de los grandes naturalistas del siglo XIX. Pero su trayectoria muestra que el conocimiento del territorio también fue una preocupación de escritores, viajeros, políticos y empresarios que intentaban comprender un país cuya geografía imponía enormes desafíos.
En 1886, recorrió prácticamente toda la costa Caribe. Después de explorar zonas carboníferas de La Guajira-descubrió El Cerrejón-, se dirigió por el Urabá al Golfo de Morrosquillo y penetró en el río Sinú por Cispatá. Su itinerario formaba parte de una búsqueda de recursos naturales que comprendía carbón, minerales y manifestaciones de hidrocarburos. El Caribe interior y las tierras del Sinú le ofrecieron nuevos escenarios de exploración.
El Sinú era mucho más que un territorio con posibilidades mineras o petroleras. Era un río que organizaba la vida de una región, una vía de comunicación, una fuente de sustento y el eje de una cultura construida durante generaciones alrededor de sus aguas. El río comunicaba poblaciones, articulaba actividades comerciales y permitía penetrar en territorios a los que los caminos terrestres no daban acceso con facilidad. La navegación por el Sinú fue decisiva para la llegada de exploradores, comerciantes y empresarios, así como para el intercambio entre el valle y el Caribe.
El Sinu era una región casi de magia, con un poder envolvente y seductor extraordinario, según el sociólogo Orlando Fals Borda. El Compae Goyo, Hernando Valencia Salgado se emociona con:
“El Sinu, ¿oh mi Sinu!
Palabra misteriosa,
eco de arcaica cultura,
son de pito traverso,
suspiro de gaita hembra.
Cuando te pronuncia el indio
Tienes sabor a leyenda
Quien aprendió a conocerte
Y a saborearte enseguida,
Tiene empeñada la vida
desde la cuna a la muerte”
Los españoles en la conquista, deslumbrados por las posibilidades de esas tierras fabulosas y acicateados por la avaricia, en nombre de Dios, acuñaron la frase “desgraciado el Perú que no tiene el Sinu” y Luis Strifer, el cuidadano francés que estuvo por estas tierras y forjó una leyenda señalaba que, el Sinú parecía un “Eden predestinado”.
Hay una diferencia fundamental entre contemplar un paisaje y explorarlo. Detrás del embrujo, el científico busca identificar sus características y explicar sus fenómenos; el empresario intenta reconocer oportunidades, el espíritu animal encuentra las oportunidades. En Isacs se cruzaban esas distintas maneras de aproximarse a la naturaleza. Su sensibilidad literaria no lo convirtió automáticamente en un científico, pero su curiosidad infinita lo llevó a recorrer regiones, observar sus recursos y registrar aspectos de su geografía y de las poblaciones que encontraba.
Según Diego Martínez Camargo, Isaacs visitó la región en 1886 y se interesó por las manifestaciones superficiales de petróleo en la zona. El relato vincula aquella experiencia con las conversaciones que posteriormente despertaron el interés de los visionarios empresarios loriqueros por las posibilidades de la industria petrolera en ciernes, del que Martínez Camargo fue gran capitán, e Isaacs el gran instigador que observa la naturaleza y el empresario que interpreta sus posibles aplicaciones. El divulgador entusiasta.
La Costa Caribe le debe a Isacs esos rombos de su desarrollo. El conocimiento geográfico y la iniciativa económica no son actividades separadas: pueden complementarse para descubrir posibilidades que, de otro modo, permanecerían ignoradas: “En su etapa de explorador y descubridor de riquezas energéticas y mineras tuvo pleno éxito, y hoy, millones de colombianos usufructúan de alguna u otra forma y en mayor o menor grado los trabajos y desvelos de este polifacético y genial aventurero y poeta. De Él puede decirse que miraba más allá de su tiempo, pues tuvo una extraordinario visión del futuro al incursionar, desde mediados del siglo XIX en los energéticos del siglo XX”.
Los Martínez Camargo y otros empresarios regionales no necesariamente vivían encerrados en sus localidades. Algunos conocían las transformaciones de los mercados internacionales y comprendían que el petróleo comenzaba a convertirse en un recurso estratégico para la economía mundial que trasformó el planeta. Una manifestación natural podía despertar su curiosidad, pero convertirla en una actividad productiva requería conocimientos técnicos, capital, infraestructura y capacidad empresarial.
La Colombia de hoy necesita recuperar esa relación, aunque en condiciones muy diferentes de las del siglo XIX. Conocer el territorio no significa solamente identificar y explotar recursos naturales. Significa comprender los sistemas hídricos, reconocer la biodiversidad, estudiar los riesgos climáticos y establecer cómo se relacionan las poblaciones con los ríos, las montañas, las llanuras y los ecosistemas.
Precisamente allí aparece una de las grandes contradicciones colombianas. Somos un país de extraordinaria diversidad geográfica, pero nuestra organización administrativa y muchas de nuestras decisiones de desarrollo no siempre responden a esa realidad.
Los ríos atraviesan departamentos sin reconocer sus límites. Las cuencas hidrográficas conectan municipios que suelen planificar por separado. Los problemas ambientales y de transporte desbordan las jurisdicciones institucionales, mientras las soluciones regionales tropiezan con la fragmentación política. El resultado es que con frecuencia administramos el territorio sin comprender suficientemente las relaciones que lo articulan.
Recuperar al Jorge Isaacs explorador no significa convertirlo retrospectivamente en un visionario. Significa reconocer en su trayectoria una actitud que conserva su vigencia: salir al encuentro del territorio, observarlo, investigar sus posibilidades y comprender que el desarrollo depende también de la calidad del conocimiento que tenemos sobre el espacio que habitamos.
La geografía no determina por sí sola el destino de las sociedades. La cultura, las instituciones, la tecnología y las decisiones humanas pueden transformar las condiciones naturales. Pero ignorar la geografía tiene consecuencias: encarece las obras, fragmenta la planificación y conduce a decisiones que desconocen las relaciones entre la naturaleza y la sociedad.
Necesitamos recuperar la historia de quienes recorrieron, describieron y estudiaron el país, pero también preguntarnos por qué tanto conocimiento acumulado no siempre se ha traducido en una organización territorial más coherente. Jorge Isaacs merece ser recordado por María, pero no solamente por ella. Detrás del novelista hubo un hombre que se involucró en las luchas de su tiempo, recorrió caminos difíciles y buscó en la naturaleza respuestas a preguntas que iban más allá de la literatura.
Quizá su legado menos conocido nos ayude a comprender una tarea todavía pendiente: conocer mejor la geografía colombiana para convertirla, no en una condena ni en una simple fuente de recursos, sino en una guía para construir el futuro del país.
Referencias Bibliográficas:
- Jose Fernando Isaza y Luis Eduardo Salcedo, Sucedió en la costa, El Ancora Editores, Bogotá, 1991
- Alonso Valencia Llano, La agitada vida política de Jorge Isaacs, Banco de la República, 1995
- María Bolivia González de Salcedo, La polifacética vida de Jorge Isaacs, Universidad javeriana, Bogotá. 1989
Fernando Guerra Rincón

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