Hay algo que empieza a hacerse evidente y que la política todavía no se atreve a decir: la promesa ya no puede ser la misma. No se trata de producir cambios, se trata de cambiar nosotros mismos. No porque falten ideas, sino porque cambió el escenario en el que esas promesas tenían sentido. No es Colombia la que camina sobre el filo de la navaja. Es el mundo. Tampoco es Colombia el eje del mal. Sin embargo, seguimos escuchando discursos como si la política nacional pudiera controlar dinámicas globales que ya no responden a voluntades estatales ni a relatos internos.
Por eso las elecciones no pueden girar en torno a dos supuestos que no son ciertos: que Colombia es el centro del conflicto mundial y que basta con cambiar el gobierno para ordenar un mundo desordenado. Tal vez por eso se ha instalado una incomodidad difícil de nombrar. No es rabia exactamente, tampoco entusiasmo ni esperanza. Es más bien la sensación de que alguien nos sigue hablando desde un lugar que ya no existe. Cuando ese desajuste entre el escenario real y el relato político se prolonga, sus efectos no se sienten primero en los discursos, sino en la vida cotidiana.
Durante mucho tiempo la política prometió futuro: crecimiento, progreso, estabilidad, ascenso social. Hoy, en cambio, la mayoría de la gente no está pensando en avanzar, sino en no caer. En sostener lo que tiene, en mantener la vida cotidiana a flote, en evitar ese deslizamiento permanente hacia una precariedad que dejó de ser excepcional y se volvió estructural. Ahí se produce un quiebre silencioso: la política sigue prometiendo expansión mientras la sociedad solo pide resistencia digna. Y esa distancia no se resuelve con más discursos; se acumula como desgaste.
A esto se suma un desplazamiento silencioso pero decisivo: la carrera tecnológica la está ganando la comunicación, por encima de la política. La velocidad con la que la información circula hace que el discurso político parezca más artificial que la propia inteligencia artificial. La paradoja es evidente: quienes usan de forma menos inteligente la inteligencia artificial son, precisamente, los políticos. La aceleración de las comunicaciones los ha convertido en propagadores cada vez más eficaces de una retórica vacía, repetitiva, incapaz de producir sentido.
Mientras la vida se acelera, la política se vuelve un gesto automático, una coreografía que ya no logra acompasar la experiencia real. Cuando la política pierde densidad frente a la velocidad de la comunicación, lo que queda expuesto es la vida cotidiana, sin relato que la contenga.
Algo parecido ocurre con la economía. Se la sigue presentando como una promesa de bienestar cuando, en la experiencia concreta, se ha convertido en una fuente constante de ansiedad. El precio de los alimentos, el empleo inestable, la deuda, la sensación de que cualquier sobresalto externo —una guerra lejana, una decisión tomada en otro país, una crisis energética o climática— puede golpear directamente la mesa del comedor. En ese contexto, prometer prosperidad suena abstracto. Lo que empieza a tener sentido es otra cosa: la idea de límite, de cuidado, de protección frente a un entorno que ya no ofrece estabilidad como horizonte.
Desde ahí se entiende mejor por qué las relaciones internacionales dejaron de ser un telón de fondo. Durante años fueron tratadas como un escenario secundario, casi decorativo. Hoy ya no lo son. La guerra volvió al centro, no solo como conflicto armado, sino como lenguaje, como lógica, como forma de ordenar el mundo. Las potencias ya no garantizan reglas compartidas, los alineamientos no aseguran protección y la diplomacia cede terreno frente a la amenaza, la disuasión y el cálculo militar. En ese contexto, prometer soberanía plena o alineamientos salvadores es una ilusión peligrosa. El margen real es estrecho y exige algo que la política ha ido perdiendo: prudencia, responsabilidad histórica y sentido del límite.
Derecha, centro, izquierda. Así lo repiten las encuestas y así lo ordenan los medios, en Colombia y en buena parte del mundo, como si esa tríada agotara la política y explicara el momento que vivimos. En realidad, se ha convertido en un dispositivo cómodo para quienes quieren disputar el poder sin transformarse a sí mismos. Está poblada de políticos de la queja, de la victimización y del vacío. Desde ahí resulta fácil cambiar el voto por silencio, la promesa por resignación. Medios y encuestas ya le pusieron nombres a esa cabeza visible de la tríada y, al hacerlo, empujaron a otros —en particular a muchas mujeres— fuera del marco reconocible. Esta lógica no es solo colombiana: se ha normalizado globalmente al ritmo de la polarización.
No se han dado cuenta de algo fundamental: la gente está en la calle, pero no porque ellos la hayan convocado ni porque las encuestas lo hayan anticipado. No son los obedientes de antes los que se movilizan. Son los desobedientes de hoy, los que ya no quieren más de lo mismo.
Y entonces aparece una pregunta que la política todavía no quiere hacerse. ¿Y si el debate no gira ya alrededor de la promesa? ¿Y si tampoco lo hace alrededor de la emoción movilizada, del miedo interno, del odio doméstico, de la polarización administrada? ¿Qué pasaría si el eje se desplazara hacia otra parte?
No hacia la guerra que ya sabemos narrar —la interna, la que aprendimos a justificar, a negar o a administrar— sino hacia los vientos que soplan desde afuera. El Caribe inquieto, las rutas estratégicas, las bases, los ejercicios militares, los silencios que pesan más que los discursos. Una guerra que no siempre se declara, pero que ordena decisiones.
¿Alguno de los miembros de esa tríada se ha detenido a pensar que, en el fondo, de lo que se trata es de desmilitarizar la política? El discurso bélico y la narrativa de la guerra son tan antiguos como la humanidad misma. Pero ¿no era la política la que estaba llamada a salvarnos de las matanzas del siglo XX y de las que siguen ocurriendo hoy? ¿No es la militarización de la política la que terminó por vaciar de sentido el proyecto multilateral, la idea de Naciones Unidas y el lenguaje mismo de los derechos humanos? No se trata solo del fascismo o del estalinismo. Se trata de un proceso más amplio: la militarización de la política, del lenguaje y, cada vez más, de la economía. Cuando la política adopta la lógica de la guerra, lo primero que pierde no es la fuerza, sino el límite.
Y junto a esa tensión externa aparece algo que nunca se fue, pero que cambia de forma: la corrupción. No como escándalo puntual ni como arma moral contra el adversario, sino como consecuencia interna de un sistema que perdió capacidad de legitimarse. Cuando el Estado deja de ofrecer sentido, lo que empieza a circular ya no es proyecto ni autoridad, sino botín. Y eso erosiona más que cualquier consigna.
En ese escenario, la política deja de ser un espacio de promesas y se convierte en un ejercicio de responsabilidad frente al riesgo. Ya no promete futuros luminosos ni convoca entusiasmos duraderos. Se mueve en un terreno inestable, donde cada decisión puede abrir consecuencias que no admiten rectificación. Y el ciudadano deja de preguntarse quién lo representa y empieza a hacerse preguntas más elementales, más crudas.
¿Quién sabe leer los límites del momento?
¿Quién entiende cuándo una decisión deja de ser audaz y empieza a ser irresponsable?
Tal vez entonces la elección deje de ser una disputa por la esperanza y se transforme en una elección por el criterio. No por la paz entendida como relato interno, sino por la capacidad de actuar en un mundo crecientemente militarizado. No por la transparencia como consigna, sino por la mínima decencia necesaria para que lo común no termine de vaciarse.
Gobernar, en este momento, deja de ser el arte de prometer futuros y se parece más al ejercicio de reconocer límites. No todo lo posible es conveniente, no todo lo viable es legítimo. Hay decisiones que pueden tomarse y decisiones que, una vez tomadas, convierten el error en destino. Tal vez de eso se trate hoy la política: no cruzar umbrales que amplíen el conflicto bélico ni tomar decisiones que terminen por hacer de la corrupción una forma de Estado.
Es importante reconocer algo incómodo: la militarización de la política en el país se produjo en nombre de promesas de paz que nunca llegaron. El lenguaje bélico se impuso, y la tríada —derecha, centro, izquierda— no supo deconstruirlo. Terminó adoptándolo, repitiéndolo, desgastándolo en medio de una palabrería inútil.
Los intelectuales que respaldan a esa tríada hablan hoy cargados de balas simbólicas, atrincherados en moralidades falsas. Todos están ya militarizados. Todos gritan firmes desde una razón convertida en arma.
Así no se puede.
Guillermo Solarte Lindo, Pacifistas sin fronteras
Foto tomada de: Univision

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