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De la paz de los cementerios a la paz con justicia social

19 octubre, 2026 By Carlos Julio Díaz Lotero Leave a Comment

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La paz es uno de los conceptos más utilizados en el discurso político internacional y, al mismo tiempo, uno de los más disputados. Para las elites globalistas occidentales la paz se garantiza mediante la fuerza y la guerra. Para quienes defendemos los derechos humanos, el respeto al derecho internacional y el desarrollo como un derecho fundamental, la paz duradera es imposible si se toleran la impunidad, la ocupación, la desigualdad, las agresiones a la soberanía y las condiciones de pobreza que alimentan la violencia.

Esta diferencia de enfoques quedó expuesta en octubre de 2026 con dos reconocimientos de naturaleza distinta: el Premio Internacional de la Paz de Westfalia otorgado a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)[i], cuyo secretario general, Mark Rutte, recibió la distinción el 1 de octubre en Münster, Alemania, y el Premio Nobel de la Paz a la jurista sudafricana Navanethem “Navi” Pillay[ii] anunciado por el Comité Noruego del Nobel en Oslo el 9 de octubre.

No se trata de dos galardones equivalentes ni de instituciones con idénticos criterios. Sin embargo, su coincidencia en el tiempo permite plantear una pregunta esencial: ¿La paz se construye acumulando capacidad militar para agredir a quien se percibe como adversario o mediante el desarrollo y la justicia social?

El premio de Paz a la OTAN: Galardón a la paz de los cementerios

El Premio Internacional de la Paz de Westfalia, otorgado a la OTAN es otro caso paradójico[iii]. La historia de la OTAN está marcada por millones de víctimas fatales y un enorme costo financiero. Se trata de recursos que pudieron haberse destinado a la salud o la educación, en lugar de generar hambre y desolación tras sus intervenciones.

Las acciones bélicas de la OTAN bajo la bandera de la “lucha contra el terror” han provocado más de un millón de víctimas mortales, 38 millones de desplazados y refugiados, y un coste económico superior a los 8 billones de dólares[iv], cifra que no contempla las pérdidas humanas ni el impacto financiero del conflicto en Ucrania.

El siguiente cuadro recoge los impactos de algunas de las intervenciones militares de la OTAN según diversas fuentes:

El caso de Yugoslavia en 1999 es especialmente relevante para el debate sobre el derecho internacional: los bombardeos de la OTAN se realizaron sin una autorización expresa del Consejo de Seguridad de la ONU. Esto plantea una cuestión que continúa vigente: ¿Puede una alianza militar invocar propósitos humanitarios o de seguridad para actuar por fuera de los procedimientos previstos por el orden internacional?

En Libia, la intervención de 2011 se llevó a cabo bajo el amparo de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU que autorizaban medidas para la protección civil. Sin embargo, tras los bombardeos, el país pasó de ser el más desarrollado de África a quedar prácticamente reducido a la Edad de Piedra. Esta severa degradación de las condiciones de vida exige preguntarse si el verdadero propósito de la OTAN era instaurar la democracia o desmantelar el desarrollo de una nación africana.

En Afganistán, veinte años de presencia militar culminaron sin haber alcanzado una victoria sobre el Talibán. El repliegue internacional de 2021, marcado por la derrota estadounidense y el regreso de los talibanes, reabrió el debate sobre si la meta era erradicar el terrorismo o si respondía a la estrategia malthusiana impulsada por el “occidente colectivo”.

Sobre la guerra en Ucrania —provocada por la expansión de la OTAN hacia el este y el exterminio de la población rusoparlante del Donbás por el régimen de Kiev—, según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales de Washington D. C. (CSIS), las pérdidas combinadas de rusos y ucranianos podrían alcanzar entre 1,8 y 2 millones de personas[v].

Westfalia: soberanía, igualdad jurídica y diplomacia

La Paz de Westfalia de 1648 es referencia histórica en la evolución del sistema de Estados soberanos. Creó las bases de todo el derecho internacional contemporáneo, y quedó asociada a la búsqueda de arreglos políticos y diplomáticos para poner fin a guerras devastadoras y establecer reglas de convivencia entre las naciones.

Por ello, el Premio de la Paz de Westfalia otorgado a la OTAN resulta una deshonra para esa tradición, al premiar a una alianza militar caracterizada por acciones de fuerza y no por el fortalecimiento de un orden en el que el derecho logre limitarlas.

El derecho internacional pierde credibilidad cuando se invoca con firmeza frente a los adversarios, pero se relativiza cuando las infracciones son cometidas por aliados. Ningún Estado debería tener licencia para agredir, ocupar territorios, atacar indiscriminadamente a civiles o desconocer obligaciones internacionales.

La paz no puede construirse mediante una lógica de bloques en la que una potencia presenta su propia expansión militar como defensiva y el desarrollo de una nación como una amenaza a su seguridad. Una arquitectura internacional de seguridad que funcione exige diálogo, acuerdos verificables, control de armamentos, respeto mutuo, el reconocimiento de los intereses de todas las partes y mecanismos colectivos que impidan que la ley del más fuerte sustituya al derecho.

El premio nobel de Paz a Navi Pillay: La justicia como fundamento de la Paz

Navanethem Pillay nació en Durban, Sudáfrica, en 1941, en una familia de origen tamil[vi]. Su trayectoria profesional se desarrolló en un país marcado por el apartheid, un régimen de segregación racial que negaba derechos fundamentales a la mayoría de la población. Como abogada, se comprometió con la defensa de los derechos humanos y de personas perseguidas por el régimen, entre ellas Nelson Mandela.

Fue la primera mujer no blanca en integrar el Tribunal Superior de Sudáfrica. Posteriormente presidió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, fue jueza de la Corte Penal Internacional y ejerció como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos entre 2008 y 2014. Su trayectoria está asociada a la construcción de mecanismos jurídicos para investigar y juzgar crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y genocidio.

Uno de los capítulos más relevantes de su labor reciente fue su participación en la Comisión Independiente de Investigación de las Naciones Unidas sobre el Territorio Palestino Ocupado. El informe, presentado en septiembre de 2025, señala que Israel si ha cometido actos de genocidio contra la población palestina de Gaza[vii].

La relevancia de este trabajo reside en que sitúa a las víctimas en el centro del debate y exige que las normas internacionales se apliquen sin privilegios. La fuerza militar de un Estado, su peso económico o su alianza con las grandes potencias no deberían eximirlo responder por posibles violaciones del derecho internacional.

El reconocimiento a Pillay representa, desde esta perspectiva, una reivindicación de la justicia como condición de la paz. No basta con detener temporalmente los combates, negociar una tregua o establecer un equilibrio de fuerzas. Es necesario proteger a la población civil, investigar los crímenes, garantizar los derechos de las víctimas y construir condiciones mediante el desarrollo para que la violencia no se reproduzca.

Un Nobel que puede recuperar el prestigio perdido

La historia del Premio Nobel de la Paz también está marcada por decisiones que suscitaron profundas controversias y pusieron en cuestión la coherencia entre el galardón y la trayectoria de sus beneficiarios.

Henry Kissinger recibió el premio en 1973, junto con el dirigente vietnamita Lê Đức Thọ, por las negociaciones de un alto el fuego en Vietnam. Pero la distinción se produjo en medio de una guerra devastadora y de los bombardeos estadounidenses sobre Hanói. Lê Đức Thọ rechazó el premio, argumentando que la paz todavía no se había alcanzado. La propia documentación oficial del Nobel reconoce la controversia que rodeó aquella decisión[viii].

Las críticas a Kissinger no se limitaron a Vietnam. Su papel como secretario de Estado y asesor de seguridad nacional de Estados Unidos quedó asociado a los bombardeos en Camboya y Laos, a las guerras en el sudeste de Asia, a la política de Washington frente al gobierno de Salvador Allende en Chile y al respaldo estadounidense a regímenes autoritarios durante la Guerra Fría. El contraste entre la distinción diplomática y esas actuaciones convirtió su Nobel en uno de los ejemplos más discutidos de la distancia que puede existir entre el reconocimiento formal y las consecuencias de la política exterior.

Otro caso controvertido fue el de Barack Obama, galardonado en 2009, cuando llevaba menos de ocho meses en la presidencia de Estados Unidos. El Comité Nobel destacó sus esfuerzos por fortalecer la diplomacia internacional, la cooperación entre los pueblos y la aspiración a un mundo sin armas nucleares. Sin embargo, durante sus dos mandatos, Estados Unidos mantuvo operaciones militares en Afganistán e Irak, intervino militarmente en Libia en 2011. El contraste entre las expectativas despertadas por el premio y la continuidad de las operaciones militares alimentó las críticas sobre la pertinencia del reconocimiento[ix].

A esta lista de controversias se añade el Nobel de la Paz de 2025 concedido a María Corina Machado. Pese al reconocimiento por su supuesta defensa democrática, sus actuaciones han promovido la desestabilización social en Venezuela, punto que se reafirmó en diciembre de ese año cuando declaró a CBS News que apoyaba una acción militar estadounidense para derrocar al gobierno de Maduro[x].

No hay paz duradera sin justicia social y desarrollo

La paz no se limita a las relaciones entre ejércitos y Estados. También depende de las condiciones materiales en que viven los pueblos. El hambre, la pobreza, la exclusión, la falta de empleo digno, la ausencia de servicios públicos, y la desigualdad pueden agravar tensiones y debilitar la convivencia. Este mensaje sintetiza la encíclica Populorum Progressio del papa Pablo VI y su célebre frase: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”.

Por eso, la seguridad debe entenderse de manera integral. La Paz no puede medirse por el número de aviones, buques, misiles o efectivos militares. Debe medirse por la capacidad de producir alimentos, garantizar agua potable, desarrollar ciencia y tecnología, construir infraestructura, ofrecer educación y salud, asegurar energía suficiente y generar empleo con derechos.

Un Estado que no logra satisfacer las necesidades básicas de su población puede destinar recursos crecientes al aparato militar y, aun así, seguir siendo profundamente inseguro. Por el contrario, una sociedad con oportunidades económicas, derechos laborales y canales democráticos para tramitar sus conflictos cuenta con mejores bases para una paz duradera.

El desarrollo productivo y la cooperación internacional deberían ocupar un lugar central en la agenda de seguridad mundial. La inversión en ferrocarriles, puertos, agricultura, industria, investigación científica y diversificación energética contribuye a superar la pobreza y a crear intereses compartidos entre los pueblos. La cooperación económica no elimina automáticamente los conflictos, pero amplía las posibilidades de resolverlos mediante acuerdos y beneficios recíprocos.

Desde una perspectiva laboral, el trabajo decente es también una condición de paz. Un modelo que condena a millones de personas a la informalidad, la precariedad o la exclusión genera frustración y deteriora la confianza en las instituciones. La libertad sindical, la negociación colectiva, los salarios suficientes, la protección social y el diálogo entre trabajadores, empleadores y Estado son componentes de una sociedad democrática. La paz social no puede confundirse con el silencio impuesto a quienes reclaman derechos.

La diplomacia, la cooperación para el desarrollo y la justicia social no son alternativas ingenuas frente a los conflictos. Son instrumentos indispensables para prevenirlos y para evitar que las diferencias políticas, económicas o territoriales terminen resolviéndose mediante la destrucción y la muerte.

Dos concepciones de paz, dos caminos para la humanidad

Los reconocimientos otorgados en 2026 ponen de manifiesto dos concepciones contrapuestas sobre la paz. Por un lado, una visión la concibe como el ejercicio de la agresión militar para someter a quienes son percibidos como amenazas por sostener modelos culturales, económicos, financieros y políticos divergentes. Por otro, la postura representada por la trayectoria de Navi Pillay sitúa en primer plano la justicia, la rendición de cuentas por crímenes internacionales y la defensa integral de los derechos humanos.

No se trata de negar el derecho a la defensa ni de desconocer que existen agresiones que deben ser enfrentadas. Se trata de recordar que la fuerza militar no puede convertirse en el criterio supremo de las relaciones internacionales. Cuando el poder de las armas se impone sobre el Derecho, los pueblos más vulnerables son quienes pagan el precio más alto.

El reconocimiento del Nobel a Pillay constituye una exigencia para que la justicia internacional se aplique sin sesgos ni dobles raseros, y para que ninguna víctima sea considerada menos digna de protección por su origen, religión o postura política. El valor de su figura radica en una trayectoria intachable guiada por el derecho y en su exigencia constante de que los poderosos rindan cuentas por sus actos.

La paz verdadera requiere instituciones capaces de proteger a las personas, Estados que respeten la soberanía de los demás, mecanismos eficaces de cooperación y políticas económicas que permitan a los pueblos vivir con dignidad.

La paz de los cementerios es el silencio que queda cuando la violencia ha destruido a quienes podían protestar. La paz basada en la justicia social es, por el contrario, la que permite vivir dignamente, trabajar, disentir, participar y construir un futuro común sin miedos que nos atormenten.

El desafío de nuestro tiempo es lograr que la fuerza se someta al derecho, que la seguridad se fundamente en la cooperación y que el desarrollo de cada pueblo sea entendido no como una amenaza para los demás, sino como una contribución al bienestar de toda la humanidad.

____________

[i] https://www.lacasademitia.es/articulo/politica/otan-recibe-premio-internacional-paz-westfalia-joaquin-rabago/20261004072520197512.html

[ii] https://www.vaticannews.va/es/mundo/news/2026-10/el-premio-nobel-de-la-paz-de-2026-para-lnavanethem-pillay.html

[iii] https://www.instagram.com/reels/Dd_tuH7x5YT/

[iv] https://mundoobrero.es/2022/06/11/las-guerras-de-la-otan-han-costado-mas-de-un-millon-de-muertos-8-billones-de-dolares-y-perdida-de-libertades-y-derechos/

[v] https://www.vaticannews.va/es/mundo/news/2026-02/ucrania-iv-aniversario-de-la-guerra-dramatico-balance-de-muertes.html

[vi] El pueblo tamil es un grupo etnolingüístico dravídico originario del sur de la India. La presencia de la comunidad tamil en Sudáfrica se remonta a la época colonial británica en el siglo XIX, cuando miles de personas fueron trasladadas, como trabajadores contratados (indentured labourers), a la provincia de Natal.

[vii] https://news.un.org/es/story/2025/09/1540443

[viii] https://www.nobelprize.org/prizes/peace/1973/kissinger/facts/

[ix] https://www.nobelprize.org/prizes/peace/2009/obama/facts/

[x] https://redglobalvenezuela.org/maria-corina-machado-pidio-intensificar-la-presion-internacional-sobre-maduro-para-alcanzar-la-libertad-se-necesita-fuerza/

Carlos Julio Díaz Lotero

Foto tomada de: CNN en Español

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