vida.
Leer Pedro Páramo me ha llevado a recorrer los pasos de quienes han transitado caminos compartidos conmigo. Desde aquel tío que al son del azar del juego, la venta de acetatos y pianos logró infinita riqueza, la cual se esfumó en los ríos de sal, hasta los abuelos que heredaron tierra y de quienes hoy no solo quedan las sombras de sus lápidas, sino también sus historias que nos alimentaron. Pienso en las amistades que, desde mis viajes por el yagé, cruzando umbrales, me dicen desde el más allá que están bien. ¿Qué será cuando desde mi tumba pueda dialogar coloquialmente con todas estas almas, con lo vivido, lo gozado y sufrido, con las lágrimas de infelicidad y gozo? Ave María Purísima, sin pecado concebida: la muerte no es final, sino estado de conciencia expandida.
Esta lectura me llevó en un vuelo reflexivo donde, como plantea Pierre Bourdieu, la violencia simbólica—esa personalidad sanguinaria de Pedro y Miguel Páramo—no deja huellas visibles, pero marca y destruye por dentro, resultando más devastadora que sus crímenes explícitos. En Comala, ayer y hoy, la ignorancia, la pobreza y la violencia se convierten en escalera de ascenso social; así funciona ese poder que se naturaliza: mis queridos Páramos,
quienes ordenan, expropian, saquean, matan, violan y convencen al pueblo de que todo está bien. El cura cómplice perdona y se ahoga en su propia miseria espiritual; el pueblo acepta la explotación convertida en orden cotidiano; y la muerte se presenta como la única emancipación liberadora.
El calor sofocante genera una atmósfera escalofriante donde la ignorancia, la pobreza y la violencia se convierten en escalera de ascenso social.
El pueblo se levanta en armas; todo arde por miedo, por costumbre, por dependencia. El daño tiene rostro humano. En las tumbas se aviva lo vivido, se fortalece la capacidad de indignación, se subleva la humillación acumulada como una gestación natural.
La muerte se convierte en ese estado ‘revolucionario’ que invita a romper las cadenas del olvido y el odio. La memoria se vuelve capacidad de evocar para cimentar, para recuperar el pensamiento autónomo. Desde las ‘voces de nuestros muertos’, desde sus tumbas, se recuerda, se indigna, se resiste. Y así, se genera esperanza desde una tierra aparentemente desesperanzada, como lo describe Juan Rulfo en su Pedro Páramo. Comala es y nos visita, hoy y siempre. No es donde nuestras almas se forjan con migajas y balazos, sino donde transitamos entre la vida y la ficción, encontrando ecos que resonarán en nuestras próximas tumbas. Lápidas que callan nuestros orígenes, nuestras Comalas: tierras donde el olvido germina en la memoria de quienes yacen bajo tierra.
Es una cadena de dolor donde la tragedia se personaliza. La muerte, entonces, se convierte en terapia: catarsis que permite superar el sufrimiento sin transmitirlo, sanar el alma enferma, salir de lo turbio que opacó la luz del sol y nos hizo transitar en la oscuridad. Solo nos queda el día de hoy, el sentido profundo de la existencia, la capacidad de luchar y resistir a la debacle.
Quizás estas líneas me inviten a continuar en este camino espinoso pero catártico de la escritura: conectar mis vivencias con mis lecturas, con ustedes que siguen nutriendo mis experiencias vitales… con mis fantasmas.
Comala no solo existe: actúa, se mueve, nos acecha. Nos visita. La visitamos.
Luis Ángel Echeverri Isaza
Foto tomada de: Radio Nacional de Colombia
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