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Alvaro Cogollo Pacheco, el Francisco el hombre de nuestra ciencia

6 abril, 2026 By Fernando Guerra Rincón    Leave a Comment

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Conocí a Alvaro Cogollo Pacheco en un viaje a La Mojana a finales del 2025, organizado por el Pacto Social de la región con la intención expresa de mostrarle al reconocido investigador sus posibilidades etnobotánicas. Enfundado en unas botas de caucho propias de su oficio de trotador y notario de universos desconocidos, en camisa de manga larga para atenuar las inclemencias del clima y coronado por un sombrero ancho, vi cómo, su inmensa figura de campesino recio, confiado y conocedor, se asombraba ante el despliegue que la canoa con motor iba abriendo en ese inmenso mundo acuático y arbóreo.

Estaba ante el hombre de ciencia transmutado en el Francisco el hombre de nuestra inteligencia. Un científico que, como los juglares de Macondo, convierte el conocimiento en relato, y la botánica en experiencia cultural compartida que va diseminando por el territorio.

Heredero legitimo de Guillermo Valencia Salgado, el Compae Goyo, una institución cultural de Córdoba, quien fue su maestro en el bachillerato en Montería y le descubrió los sonidos maravillosos de las bandas pelayeras y de sus instrumentos, y de su padre, Justiniano, un picotero admirador incondicional de Alejo Durán. Caribe hasta la médula, donde la oralidad, la música y la naturaleza no están separadas y que Cogollo reintegra de forma sublime: el vallenato y los aires folclóricos del Sinú son su amalgama.

Cogollo Pacheco nació a la orilla de un caño, en la vereda El Tablón, en San Pelayo, Córdoba, en 1956. Su formación no parte de laboratorios sino del saber campesino y ancestral en abarca tres puntá: abuelos agricultores y yerbateros que le enseñaron a leer las plantas antes que los libros. Los conocimientos de medicina natural, de yerbas y menjurjes, de sus antepasados inmediatos lo introdujeron temprano en los secretos de la naturaleza. Su ingreso a la Universidad de Antioquia en 1977, de donde se graduó como biólogo, se dio prácticamente a puño limpio. Sin un peso en la faltriquera, convencido de su propia fuerza, el Boxia, como le decían en Montería los aficionados al boxeo, vivió de este deporte para pagarse su manutención y su permanencia en la UDEA.

Gracias a su mamá que le insistía, a punta de cantaleta, que dejara el riesgoso oficio y dedicara a otros menesteres sus bríos juveniles antes de que el Happy Lora lo noqueara de un sopapo, el país perdió a un boxeador, pero ganó un científico de alcance e importancia global. Carlos Vives, con quien comparte su fascinación por la cultura vallenata, afirma que, con ese apellido, Cogollo estaba destinado a ser científico.

Boxeador, juglar, biólogo, taxónomo, explorador de selvas, ilustrador, pedagogo popular, explican más de 40 años de exploraciones botánicas en Colombia, más de 150–200 especies nuevas descubiertas, muchas de las cuales llevan su nombre, participación en más de 56 proyectos científicos y más de 60 publicaciones, investigador clave del Jardín Botánico de Medellín. Por esa vida llena de contribuciones científicas al conocimiento botánico nacional y global, Alvaro es considerado el Mutis del siglo XXI, con una diferencia crucial: mientras Mutis representaba la mirada imperial que clasifica, Cogollo encarna la mirada local que reinterpreta. Su formación inicial no ocurre en laboratorios, sino en la transmisión oral de los usos de las plantas, en la observación directa del monte, en la lógica del campesino que distingue lo útil de lo inútil. No descubre la naturaleza, la reconoce. El paso de los saberes locales a la ciencia ilustrada.

Su profundo bagaje cultural lo ha convertido en una especie de innovador nato, una especie de arriero de nuestro conocimiento científico- recorrer, recolectar, explorar-, del campesino que conoce plantas, el experto que las clasifica, el juglar que las narra, que abre camino en la geografía económica y del conocimiento. Recorre selvas, levanta inventarios, describe especies, construye herbarios. Cimenta conocimiento sistemático. Ciencia.

Cogollo llama la atención del país, con sus investigaciones sobre las inmensas alternativas de nuestro capital natural como posibilidades de desarrollo basado en la ciencia. Un asunto que en Colombia hoy es más retorica que realizaciones y que los nuevos tiempos le confieren a este acápite un carácter de urgencia. Sin un sistema productivo innovador, de largo aliento, basado en la ciencia, el país está en graves riesgos de hundirse en la pobreza y en la violencia y en un asistencialismo no sostenible. A Cogollo esta situación le preocupa.

Su importancia científica

Cogollo pertenece a una generación de botánicos de campo que aún descubren especies nuevas en pleno siglo XXI. Esto es crucial en un país como Colombia, donde ni siquiera conocemos completamente nuestra flora, existen regiones aún inexploradas a causa del conflicto o por aislamiento y, por tanto, estamos ante la indeseada realidad de la ignorancia científica del territorio.

Álvaro Cogollo, el científico, en su laboratorio del edificio del Jardín Botánico de Medellín. Tomada de El Colombiano.

No estudia plantas como objetos aislados, sino como recursos culturales, alimentos olvidados, elementos de economías posibles: la biodiversidad como potencial económico no aprovechado. Su trabajo científico en uno de los lugares calientes de la biodiversidad del planeta es clave para entender la flora global, conectando ciencia con territorio; sus investigaciones vinculan cambio climático, con la conservación y el desarrollo sostenible. En esta dimensión Cogollo dialoga con Alexander Von Humbolt y José Celestino Mutis, pero introduce una inflexión decisiva: no observa la periferia, la habita. No describe un mundo ajeno, interpreta un territorio propio, nombra lo desconocido, una tarea que en Colombia sigue siendo, sorprendentemente incompleta.

Cogollo, el científico y el Juglar, Francisco el hombre

Su trabajo se desarrolla en regiones que durante siglos han permanecido en los márgenes del Estado: selvas húmedas, bosques tropicales, ecosistemas complejos y poco explorados. Este es quizás uno de los aspectos de admirar de la prolífica vida de este particular ruiseñor de la ciencia.

El hombre de ciencia convertido en juglar.

A diferencia del científico tradicional usa el vallenato como herramienta pedagógica, traduce el lenguaje técnico a lo cotidiano, rompe la separación entre conocimiento académico y el saber popular. Algunos vallenatos son auténticas odas a la naturaleza, al rugido armonioso de los ríos y al canto de los pájaros, última inquietud intelectual de Cogollo:

“Un medio día estuve pensando en la mujer que me hace soñar, las aguas claras del río Tocaimo me dieron fuerzas para cantar

….este sentimiento se hizo más grande que palpitaba mi corazón, el bello canto de los turpiales me acompañaba esta canción”.

En Colombia esa brecha ha sido uno de los mayores obstáculos para la ciencia. Es adentrarse en una paradoja: la coexistencia entre el saber ancestral y la ciencia moderna, entre la oralidad del juglar y la rigurosidad del taxónomo. En un país donde la ciencia suele hablar un lenguaje inaccesible, él introduce una mediación clave: el vallenato, la narrativa oral, el humor caribe, que le otorga su dimensión de “juglar”, donde el conocimiento se transmite cantando y contando historias que tienen implicaciones profundas porque democratiza el conocimiento y reintegran la ciencia al tejido social.

Pero el valor de Cogollo también se mide por lo que revela: la incapacidad estructural de Colombia para convertir su biodiversidad en proyecto nacional. Mientras países desarrollados transforman su conocimiento en innovación, nosotros permanecemos atrapados en una economía extractiva que exporta materias primas sin procesar. Cogollo, al estudiar plantas señala implícitamente una ruta alternativa: una economía basada en el conocimiento de la biodiversidad. Sin embargo, esa ruta sigue siendo marginal y nos quedamos sometidos al sin sentido de la mata que mata y volvemos a la fumigación -matar nuestra biodiversidad- a pesar de las proclamas incendiarias.

Cogollo pone en evidencia una constante histórica en el país: la producción de conocimiento depende más de esfuerzos individuales que de políticas estructurales. Al igual que la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada quedó inconclusa como proyecto de nación, el inmenso trabajo de Cogollo avanza en medio de hondas limitaciones institucionales. El conocimiento generado no se traduce en industria. Cogollo descubre biodiversidad, pero el país no la convierte en poder económico ni geopolítico, atrapados en la retórica y en los fundamentalismos ambientales.

En el siglo XXI, el eje del desarrollo ya no es solo industrial, sino también biológico. La biodiversidad se convierte en un recurso estratégico en la competencia global. Colombia, en este contexto, tiene una ventaja comparativa excepcional: una de las mayores biodiversidades del planeta, múltiples ecosistemas, riqueza genética única. Pero no controla plenamente el conocimiento, no lidera su explotación, no define su estrategia. El día en que el país logre que su ciencia se exprese como su cultura, y que su cultura incorpore su conocimiento, habrá dado el primer paso real hacia el desarrollo. Gracias Cogollo por permitirnos y facilitarnos entender el país que habitamos, por hacernos un poco más felices con el ruido del agua, el canto de los pájaros y la poesía de los juglares.

Fernando Guerra Rincón

Foto tomada de:  Álvaro Cogollo

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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