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Volver a ser Elda: los horrores y la inutilidad de la guerra

2 febrero, 2026 By Fernando Guerra Rincón    Leave a Comment

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Gustavo Duncan, (Cartagena 1973) es un reconocido analista político, con una columna quincenal en el diario El Tiempo, doctorado en Ciencia Política de la Universidad de Northwestern, Illinois, Estados Unidos y Maestría en Seguridad y Defensa de la Universidad Cranfield, en Bedford, Reino Unido, además de Magíster en Ingeniería Industrial de la Universidad de los Andes.

De su vasta producción intelectual, su libro, Los señores de la Guerra, Debate 2000, es una obra clave para entender el conflicto armado colombiano, que conecta, en su complejidad,  disciplinas como ciencia política, sociología, historia, economía del crimen, en una sistematización rigurosa de uno de los temas cruciales del país -el narcotráfico y la violencia que genera- y que explica, que aun, a estas alturas del siglo XXI, persistan facciones guerrilleras y organizaciones criminales, arcaicas, dogmáticas, sectarias, codiciosas, ciegas a la evolución del mundo y del entorno colombiano, que no permiten que se consolide la paz en un país saturado de violencia.

Por eso no es extraño que, con el texto, Volver a ser Elda, una biografía intima de alias Karina, Debate, 2025, basada en la narración de la vida insurgente de Elda Neyis Mosquera Garcia que Duncan, en un arduo y meticuloso trabajo de tres años, traduce en un excelente libro que bien podría catalogarse entre los mejores sobre la violencia colombiana, de obligada lectura para quienes se interesan en entender el conflicto colombiano. Con este Libro, Gustavo se gradúa de escritor de marca mayor que hace honor a su estudio de pregrado en Literatura de la que ha sido su alma mater, la Universidad de los Andes.

Con Volver a ser Elda me pasó como con los buenos libros. Empecé a leerlo y solo pude soltarlo hasta el último párrafo que me costaron tres noches de insomnio, sumergido en la selva espesa de este libro rotundo, aliviado por su excelente prosa, la coherencia, la claridad del relato y perplejo ante tanta sangre, tanta violencia, tanta inhumanidad, tanta descomposición y tantas vidas sacrificadas inútilmente, en este remolino de violencia que ha sido la constante de la vida colombiana durante buena parte de su vida republicana, solo sosegada por ligeros períodos de paz, para volver a engarzarse en nuevos ciclos de violencia.

Elda Neyis Mosquera Garcia nació en Puerto Boyacá, (1963),[1] uno de los teatros más duros de la contraofensiva paramilitar que se llevó a cabo entre 1980-2000. El libro no registra su vida en el puerto ribereño del departamento de Boyacá porque, la niña de entonces salió de esas orillas al amanecer de su vida y fue a recalar con su familia en el Urabá antioqueño donde se enmontó desde los 16 años de edad, para huir de las carencias de una pobreza infame que le negó la infancia y de los atropellos que a las mujeres les ha tocado sufrir en estos entornos machistas de los que no se salvó ni en las filas de esa guerrilla que las obligaba a abortar, a tener relaciones oscuras, complacer a los comandantes -violencia sexual-, reclutamiento forzado, que a los comandantes amnistiados les ha costado tanto reconocer.

Su traslado a distintos frentes de guerra y hacia varias regiones del país en distintos momentos de su vida en la guerrilla, el oriente antioqueño, el Viejo Caldas, de la que se fue desencantando de forma inexorable, es también el relato vivo de las crueldades de las FARC y de la descomposición de una guerrilla que le hizo inmenso daño al pais, causando mucho dolor y sufrimientos inenarrables a miles de familias colombianas a través del secuestro, la extorsión, las vacunas, las pescas milagrosas y el asesinato selectivo; que vieron desaparecer y morir violentamente a padres, hermanos, hijos, hijas, niños, niñas, asaltos sangrientos de veredas y pueblos, de lo cual el asalto a la iglesia de Bojayá fue de los más crueles e inhumanos.

El texto de Duncan deja en evidencia varios asuntos claves que tienen que ver con la evolución del conflicto colombiano que lo han degradado y deshumanizado y lecciones pertinentes sobre qué es posible el perdón y la reconciliación en este país violento:

  1. La inutilidad de la guerra. Cuando la FARC, EP, firmó el Acuerdo de Paz de Santos en 2016, en Cartagena, para transformarse en el partido político Comunes, dejaron las armas alrededor de 14.000 combatientes, hombres y mujeres, según la Agencia para la Reincorporación y la Normalización, ARN. Hoy las distintas facciones de guerrillas supérstites y estructuras criminales que persisten en la sinrazón de la violencia, alimentadas por el narcotráfico, la minería ilegal, la falta de Estado y la ingenuidad que ha caracterizado la política de paz total del gobierno de Gustavo Petro, tienen en armas 27.121 integrantes, un mapa de guerra en expansión, lejos de la paz.[2]
  2. La combinación de todas las formas de lucha. Al tenor de la puesta en práctica de esta táctica profundamente equivocada por parte del Partido Comunista Colombiano, PCC, obediente a Moscú, la gran damnificada fue la democracia colombiana al instalarse la nefasta idea de hacer política con armas que condujo a nuevos ciclos de violencia y, a posteriori, al exterminio de la Unión Patriótica: “Durante cincuentas años se vio a la izquierda democrática acorralada, no solo por una ultraderecha acostumbrada a prevalecer armada, sino por la propias izquierda armada que en su cerril prepotencia degradó por “cobarde” a todo disidente sin fusil, para coronarse como mando único de la revolución. A esta inesperada causa de la debilidad de la izquierda legal, de su marginamiento del poder, se sumó la táctica de combinar todas las formas de lucha, legales e ilegales, que facilitó a su pesar horrores como el genocidio de la Unión patriótica”.[3] En el texto queda clara la estrecha vinculación de las FARC y los diversos órganos políticos del PCC.  “El trabajo político no era solamente de las FARC. A finales de mayo de 1985 fue lanzado el partido Union Patriótica. En esa época el trabajo era más político que militar. De todas formas, las FARC continuaban con la presión financiera, la extorsión no paró.  (Pág.38)
  3. Las FARC y el narcotráfico. En el proceso de descomposición de las FARC, la actividad del narcotráfico, la siembra, la producción y la comercialización de cocaína jugó un papel muy importante en su fortalecimiento financiero y en el control territorial: en sus comienzos cuando aún mantenían vínculos con La Union Soviética, la coca era repudiada por la organización guerrillera. Posteriormente adquirió una enorme relevancia: “La autorización de los cultivos de coca nos llegó al frente 47 más o menos en el 2001. Pero el tema de la coca era un asunto generalizado en muchos frentes de las FARC tiempo atrás. La coca salía en camiones. La plata no se contaba, se pesaba. El Mono Jojoy era feliz cuando llegaba el dinero. En la zona había una persona autorizada a comprar la cosecha y esa persona la vendía a los narcotraficantes que llevaban la base a los laboratorios”. (Pág.173)

Mientras en América Latina y especialmente en Colombia, no se resuelva el problema del narcotráfico por vías distintas a las que hasta ahora se han ensayado, sin éxito, y que en la nueva coyuntura internacional están por reforzarse y aplicarse, la violencia persistirá y las posibilidades de un orden democrático deseable naufragará en la idea absurda del consumo cero, mientras grandes magnates en la sombra se enriquecen con la sangre que se derrama por sostener una política absolutamente equivocada.

Hastiada de la guerra y de la guerrilla y de sus atrocidades y para recuperar a su hija a la que abandonó por ingresar a la guerrilla, Karina desertó de las FARC en 2008. Pagó una larga condena de diez años donde dice, encontró a Dios. Esa larga expiación le sirvió para expiar sus culpas, pedir perdón a sus víctimas y reconciliarse con sus más acérrimos enemigos: los paramilitares. Y particularmente con Raúl Hasbun, alias Pedro Bonito, del Bloque Bananeros de las autodefensas, que en el fragor de la guerra le mató a dos de sus hermanos, le secuestro a su hija como una medida para someterla.

En 2009, fue nombrada por el gobierno de Uribe como Gestora de Paz y su encargo duró hasta el 2015. A Elda Mosquera Garcia no se la comió la violencia, como en la Vorágine. Hoy, con su inquietante pasado a cuesta, ejerce de modista en Medellín, horrorizada por una guerra que la convirtió en Karina, una de las más temibles guerrillas de las amnistiadas FARC.

Este libro pertinente fue posible por otro ejemplo que habla de que es viable el perdón y la reconciliación, transitar de las tribulaciones de la guerra a ser un ciudadano del común: Se trata de Rodrigo Peréz Alzáte, que en el conflicto armado fue conocido como Julián Bolívar, uno de los comandantes del Bloque Central Bolívar. Hoy, Rodrigo ejerce como director fundador de una experiencia significativa que tiene como objetivo investigar las razones por qué los jóvenes se marchan para la guerrilla y para las autodefensas y realiza actividades tendientes a la reconciliación con las víctimas: la Fundación Aulas de Paz.

_____________________

[1] En una entrevista en el diario El País de España, Elda Neyis Mosquera Garcia, aparece nacida en Puerto Boyacá: Elda Mosquera, alias Karina: Mi verdad no es la misma que la del Secretariado de las FARC, 9-07, 25

[2] Cindy Morales Castillo, El Espectador, Con más de 27.000 integrantes, los grupos armados redefinen el mapa de la guerra en 2026, 31-01-2026.

[3] Cristina de la Torre, El Espectador, Izquierda, entre populismo y la socialdemocracia, 27-01-2026.

Fernando Guerra Rincón

Foto tomada de: El País

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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