La intervención militar de “decapitación” realizada por Estados Unidos en Venezuela tiene como objetivo central desplazar la influencia de China, Rusia e Irán en la región. Washington interpreta el ascenso y desarrollo de estas potencias como una amenaza directa a su hegemonía global, la cual se ha cimentado históricamente en tres pilares: el sistema financiero del dólar, su supremacía militar y su control mediático.
Debido a que China se ha consolidado como la primera economía del mundo en Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) y como líder tecnológico indiscutido —encabezando 57 de las 64 áreas de ciencia y tecnologías de frontera, según el Instituto Australiano de Política Estratégica (ASPI)—, la nueva doctrina de seguridad estadounidense prioriza neutralizar la influencia de Pekín en la región. Tras el avance de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en el continente, Washington busca recuperar el control sobre Iberoamérica, territorio que históricamente ha considerado su “patio trasero”.
Bajo esta premisa, la estrategia norteamericana se enfoca en forzar una ruptura de los gobiernos regionales con el eje euroasiático para reintegrarlos a su esfera de dominio económico y político. El propósito final es restaurar una relación de corte colonial, donde la región actúe exclusivamente como proveedora de materias primas y energía, y como mercado cautivo para los productos manufacturados de Estados Unidos.
El petróleo venezolano: un flujo que Washington quiere controlar
Tras años de sanciones y la consecuente desinversión, la producción petrolera de Venezuela se sitúa hoy en torno a los 900.000 barriles diarios (bpd). Aunque esta cifra representa menos del 1% de la oferta global, es su destino estratégico lo que realmente define su extraordinario valor geopolítico en la disputa por la seguridad energética mundial. En 2025, alrededor del 70% de sus exportaciones (768,000 bpd) fueron a China, que se convirtió en el principal comprador tras las sanciones estadounidenses por más de 20 años. Solo una fracción, aproximadamente 140,000 bpd en 2025, llegó a refinerías estadounidenses especializadas en procesar crudo pesado.
Esta divergencia ilustra la pugna geopolítica subyacente: Estados Unidos busca redirigir ese flujo para garantizar energía asequible a su mercado interno y, fundamentalmente, restaurar el papel del dólar en la comercialización del crudo venezolano. Esto responde al avance de China, que ha consolidado una relación estratégica con Caracas mediante inversiones financiadas bajo esquemas de pago con petróleo cotizado en yuanes, desafiando directamente la hegemonía del petrodólar.
La necesidad energética de EE.UU. y el factor China
La economía estadounidense enfrenta una presión energética dual. Por un lado, la demanda eléctrica se ha disparado, impulsada en gran medida por la revolución de la Inteligencia Artificial (IA). Los data centers que demandan cada vez más energía están provocando que los precios mayoristas de la electricidad en algunas zonas de EE.UU. sean hasta un 267% más altos que hace cinco años[i]. Gigantes tecnológicos como Google, Microsoft, OpenAI y NVIDIA requieren cantidades masivas de energía confiable para sostener su crecimiento.
Por otro lado, la producción doméstica de crudo en EE.UU., aunque récord, se enfrenta a costos crecientes. El precio de equilibrio (breakeven) para nuevos pozos en la cuenca Permian, la más productiva del país, ronda los 62-64 dólares por barril[ii]. En contraste, el crudo venezolano, su costo total de ciclo completo se estima entre 39 y 46 dólares por barril[iii], es mucho más competitivo, especialmente considerando su proximidad geográfica y la especificidad de las refinerías del Golfo de México.
Aquí es donde China se convierte en un “problema” para la geopolítica de Washington. Si el 70% del petróleo venezolano sigue yendo a China, no solo se priva a EE.UU. de un suministro crucial, sino que se fortalece la desdolarización del petróleo.
El debilitamiento del petrodólar y el auge de la desdolarización
El sistema del petrodólar, que por décadas ha sustentado la demanda global de dólares, está bajo asedio. Rusia, Irán y Venezuela, que en conjunto poseen el 40% de las reservas mundiales probadas de crudo, están comercializando el petróleo en contratos denominados en yuanes[iv]. Esta desdolarización es una respuesta directa a las sanciones occidentales.
Paralelamente, se han desarrollado infraestructuras financieras alternativas al sistema SWIFT. El Sistema de Pago Interbancario Transfronterizo (CIPS) de China, diseñado para liquidar pagos en yuanes, vio su volumen anual crecer un 43% en 2024, alcanzando los 24.45 billones de dólares[v]. Rusia opera su propio Sistema para la Transferencia de Mensajes Financieros (SPFS). Estos mecanismos, promovidos dentro del bloque BRICS, buscan crear una arquitectura financiera paralela que reduzca la dependencia del dólar y mitigue el impacto de futuras sanciones.
El fracaso de las sanciones y la necesidad de un acuerdo energético global
Las sanciones estadounidenses contra la industria petrolera venezolana lograron contraer la producción, pero también generaron consecuencias no deseadas para Estados Unidos: aceleraron la alianza Caracas-Pekín, fomentaron la desdolarización y crearon un vacío que China llenó con préstamos e inversiones. Reconociendo esta realidad, Washington ha mostrado señales de flexibilización, permitiendo operaciones limitadas a compañías como Chevron y evaluando ajustes a su política de sanciones.
Este pragmatismo obedece a una necesidad imperiosa: estabilizar el mercado petrolero global. El conflicto en Ucrania y el genocidio en Gaza, junto con la inestabilidad en el Golfo Pérsico y Nigeria, han hecho que los flujos de crudo sean impredecibles. En este contexto, el petróleo venezolano, con su potencial de aumentar producción a corto y mediano plazo, se vuelve un factor de estabilidad indispensable.
El mundo necesita más energía a un costo razonable para sostener el crecimiento económico, la industrialización y la revolución digital. El petróleo seguirá dominando la matriz energética global durante al menos dos décadas más como combustible, y muchos más como insumo esencial para la industria química (Producción de medicamentos, fertilizantes, alimentos, productos de limpieza, cauchos, plásticos, textiles, etc.)
Por ello, se requiere un acuerdo concertado entre las principales potencias consumidoras (EE.UU., China, India) y productoras (Venezuela, Rusia, países de la OPEP). Este acuerdo debería contemplar:
- La eliminación total de las sanciones contra Rusia, Irán y, de manera especial, contra Venezuela, con el fin de permitir inversiones masivas que posibiliten la recuperación plena de su capacidad productiva.
- Un entendimiento sobre los destinos de exportación, que equilibre las necesidades de EE.UU. y los compromisos preexistentes de Venezuela con China.
- El respeto a la soberanía y al derecho internacional, acabando con prácticas de bloqueo y “persecución” de buques petroleros.
Gobernanza global y energía: Diálogo sobre la confrontación.
Venezuela, a pesar de haber sido severamente afectada por las sanciones de EE.UU., se mantiene como un actor determinante para la seguridad energética global. La estrategia de “máxima presión” ha resultado contraproducente para los intereses de Washington: lejos de alcanzar sus objetivos, ha fortalecido los vínculos con potencias que Estados Unidos percibe como rivales y ha acelerado el debilitamiento del sistema financiero occidental basado en la hegemonía del dólar.
Estados Unidos debe comprender que los vínculos estratégicos —comerciales, energéticos, diplomáticos, científicos y militares— que China ha consolidado con Rusia son irreversibles. Además, la presencia de estas potencias en la región, y en particular en Venezuela, es una realidad geoeconómica que no se revertirá mediante presiones externas. Bajo esta premisa, lo más conveniente para Estados Unidos y la estabilidad global es fomentar un mercado petrolero equilibrado. Una Venezuela plenamente integrada al sistema energético internacional, operando bajo un marco de reglas claras y respeto mutuo a la soberanía, generaría un beneficio tripartito: aseguraría el suministro necesario para la economía estadounidense y sus industrias de vanguardia (como la IA), protegería las inversiones estratégicas de China y permitiría a Venezuela obtener los recursos necesarios para su recuperación económica y social.
La transición hacia fuentes de mayor densidad energética es imperativa para impulsar la IA y la exploración espacial. La apuesta debe centrarse en la energía nuclear de fisión —aprovechando la eficiencia del uranio y el torio— y, fundamentalmente, en la fusión nuclear como fuente ilimitada para la expansión humana por el universo. En este tránsito, los combustibles fósiles, especialmente el gas natural, actúan como puentes estratégicos hacia estas tecnologías de alta eficiencia, garantizando mejoras sostenidas en la productividad y el bienestar de la sociedad global.
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[i] https://www.bloomberg.com/graphics/2025-ai-data-centers-electricity-prices/?embedded-checkout=true
[ii] https://www.eia.gov/todayinenergy/detail.php?id=65024
[iii] https://incorrys.com/energy/oil-supply/international-oil-supply/full-cycle-cost-of-venezuelan-oil/
[iv] https://ogilvy-wachtel.com/2024/06/has-saudi-arabia-unilaterally-decided-to-end-the-petrodollar-system/
[v] https://www.fxcintel.com/research/analysis/cips-growth-may-2025
Carlos Julio Díaz Lotero
Foto tomada de: ABC

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