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Uno de izquierda más fuerte, por dos de derecha: las definiciones de la carrera presidencial

23 marzo, 2026 By Ricardo Garcia Duarte Leave a Comment

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Como era lo previsible, dado el precedente más cercano, el de las elecciones en 2022, el formato competitivo para la primera vuelta, era el de dos candidatos de la derecha (o si se prefiere de la extrema-derecha), peleándose la adhesión del país conservador, frente a  uno de la izquierda, obligado a recoger la votación conseguida por Gustavo Petro hace cuatro años, reto que asumió con eficacia sorprendente Iván Cepeda, una personalidad que, siendo de izquierda, integraba al mismo tiempo la faceta de representante de las víctimas y defensor de los derechos humanos, dimensión más humanista y raizalmente liberal, lo cual le ha permitido, sin necesidad de mucha elocuencia, atraer las bases radicales del petrismo y a la izquierda moderada.

Al igual que en el pasado inmediato, la derecha parecía destinada a fracturarse entre un candidato cercano al uribismo –y a los partidos tradicionales-, papel que jugó en su momento Fico Gutiérrez; y un outsider -anti-corrupción y anti-clase política- como fuera el caso de Rodolfo Hernández; este último, un ejemplo muy tentador, sobre cuya huella debiera surgir un Abelardo de la Espriella, con mejor labia es verdad, aunque con poses más autoritarias; más perentorio él, sin muchos miramientos, tras el modelo de Nayib Bukele, el hombre de las mega-cárceles; como quien quiere cautivar a los descontentos con la nueva inseguridad rampante.

Así las cosas, una vez concluidas las consultas del 8 de marzo, útiles en esta ocasión solo para la derecha, quedaron ubicados en el partidor, como potros ansiosos, Iván Cepeda del Pacto Histórico, Paloma Valencia del uribismo y Abelardo, que reclama la calidad de outsider sin partido, aunque intensamente derechista. En otras palabras, tres candidatos para dos mitades del electorado, la del país progresista y la del país conservador; o sea, un formato que ya no debía abismar a nadie, al que casi todos debían acomodarse mentalmente; insinuado desde octubre de 2025, cuando se celebró la consulta interna del movimiento petrista, una consulta intra-partidista en ciernes, de la que iba a emerger como ganador Iván Cepeda, auténtica némesis judicial del uribismo pura-sangre, el mismo que consiguió como acusador un fallo condenatorio de primera instancia contra el expresidente; por tanto, fácil referente de identidad para la izquierda, un rasgo que lo situaba en condiciones de copar con su presencia el amplio espectro del petrismo y simultáneamente hacer nugatoria cualquier pretensión de quien se atreviera a competirle en ese campo ideológico.

¿Volatilidad extrema del electorado? ¡La hay, pero no tanta…!

Una vez se hizo efectiva la candidatura de Iván Cepeda, empezó a despejarse el hecho de que habría por lo menos tres grandes candidatos para la primera vuelta, el de izquierda y dos derechistas, todo lo cual se ha confirmado, luego de las elecciones para Congreso el 8 de marzo, fecha en la que además se realizó la Consulta del Centro-derecha y del uribismo.

Decir que solo había dos candidatos fuertes antes de las consultas interpartidistas es simplemente ignorar que habría candidato uribista de todos modos, respaldado por una votación significativa, algo que en efecto sucedió. Y, por otro lado, pensar que había margen para un candidato de Centro, era sencillamente incurrir en una ilusión óptica, una consideración descontextualizada. Era suponer, por cierto, que el país estaba ante una volatilidad extrema del electorado, además de amplia; de modo que algún viento inesperado pudiera inflar las velas de Fajardo o de Claudia López, milagro que, de suceder, tendría que haber contado con una volatilidad que, por el contrario, ha dejado de tener presencia determinante en el escenario político, durante los seis meses previos a la primera vuelta.

Más bien, lo que ha tomado cuerpo es una tendencia electoral más densa, menos ligera, un proceso de solidificación de las identidades políticas; antes que nada, en los reservorios de la derecha, lo que era más habitual, con el aprovechamiento de la desazón que producía en la ciudadanía el conflicto interno; y, un poco después, en los agitados cauces de la izquierda, un fenómeno emergente y asombroso, que ha revelado su sedimentación en los últimos cuatro años. Es algo que comienza a modificar el sistema de partidos y el orden de sus orientaciones políticas, en ese trasegar en donde se define el trazo de los partidos y facciones; su sastrería ideológica, el taller de sus entallamientos culturales; allí donde se asienta el soporte de las actitudes de que hacen gala los electores.

Hay en curso un proceso de plasmación de nuevos partidos con vocación dominante, una configuración binaria entre la derecha y la izquierda, algo inédito en la historia colombiana, segmentada durante 180 años entre liberales y conservadores, “familias” rancias que, sin embargo, hoy carecen de candidatos propios, aunque se aferran a sus muebles, en medio del naufragio; terminando por ceder el lugar hegemónico a las nuevas expresiones de la izquierda y la derecha.

Primero se produjo un re-cambio en el “país conservador”, mutado en derecha pugnaz y anti-comunista –el uribismo-, disociada del bipartidismo tradicional; una mutación que cobró efecto entre 2002 y 2022. Por otro lado, con un ritmo distinto, con una frecuencia más tardía, la dispersa izquierda, de la mano de un agitador y propagandista formidable, el señor Gustavo Petro, experimentó su propio crecimiento, entre 2018 y 2026, tres décadas después de la constituyente y dos después de las reformas electorales, dos años después del acuerdo de paz y dos luego del estallido social. Lo hizo con una eficacia comprobada y con tanta habilidad, en el manejo de la coyuntura histórica, que pudo llegar a la presidencia, empoderado con 11millones 300 mil votos, algo insólito en un país como Colombia, más bien conservador, en el que candidatos presidenciales como Antonio Navarro o Lucho Garzón, buenos prospectos, difícilmente superaban los 800 mil sufragios.

De ahí que esta primera vuelta, tan visible en el horizonte próximo, será nuevamente el escenario para que la ciudadanía, como hace cuatro años, seleccione al candidato número uno, el que toma ventaja en términos relativos; así mismo, a uno de los dos que se disputan la supremacía en el campo conservador, sea la uribista Paloma o el outsider Abelardo, personaje éste que insistirá en aparecer como independiente, no vinculado aparentemente a las maquinarias tradicionales; por contraste con la senadora que no reniega de su filiación respecto de Uribe, pero que además se maquilla con posturas de “centro”, para lo que le es muy útil su fórmula vice-presidencial, Juan Daniel Oviedo, un tecnócrata conservador, amigo sin embargo de la JEP y del Acuerdo de Paz, a los que les reconoce su carácter constitucional, pero símbolos del mal en el discurso del uribismo.

¿Cómo pintan las candidaturas?

De acuerdo con las mediciones de opinión, conocidas después del 8 de marzo (Congreso y Consultas), Iván Cepeda se ha instalado en un 35% en lo que corresponde a las intenciones de voto. Mientras tanto, Paloma ha subido en una encuesta al 16% y en otra al 22%, lo que indica una línea de ascenso, luego de ganar una de las consultas y de escoger a Oviedo como su fórmula vice-presidencial, muy al contrario de lo que sucede con Abelardo de la Espriella, el cual en una encuesta se mantiene estable con el 21%, pero en otra baja al 15%, porcentaje éste, indicativo de una probable caída en las intenciones de voto que lo acompañan.

En el promedio, Iván Cepeda conserva su cota elevada de un 34,5%, respaldado además por 4 millones, 400 mil votos, todos ellos de carne y hueso, obtenidos por el Pacto Histórico, casi millón y medio más que los de hace cuatro años. A su turno, Paloma queda con el 19% y muy cerca Abelardo con el 18%, una fractura en la derecha que debería resolverse tal vez en favor de la candidata de Uribe Vélez,  hombre político empeñado con ella y con Oviedo en un ejercicio ficcional de revestirse de “centro”, lo que en Francia ahora mismo denominan “des-diabolización” para referirse a la operación de la ultraderechista Marine LePen, dedicada por interés electoral a suavizar su discurso, lo que no le impide  de cuando en cuando despertar entre sus co-partidarios los más oscuros demonios del nacionalismo racista; del mismo modo como a Uribe y Paloma, su “apertura” al Centro, no les impide machacar contra el “neo-comunismo” para descalificar a la izquierda y al candidato Cepeda, al que por otra parte quieren macartizar, asociándolo indirectamente con el miserable atentado que terminó violentamente con la vida de Miguel Uribe Turbay.

Las Proyecciones

Con el 35%, Iván Cepeda estaría asegurando una votación equivalente a la que tuvo Petro en la primera vuelta, un marcador que fuera reconocido como sobresaliente, el de 8 millones y medio de votos. Hoy, Paloma con el 19% está cosechando 4 millones 600 mil, mientras Abelardo tendría 4 millones 300 mil, pero con el riesgo de descender aún más, en favor de la discípula de Uribe; salvo que su discurso contra las maquinarias cauterizara la hemorragia.

De todas maneras, si el ganador fuera De la Espriella, por fuerza le “regalaría” el “centro” a Cepeda, candidato que ganaría con amplitud en la segunda vuelta. Es algo que no necesariamente ocurrirá, si la ganadora en el campo derechista es Paloma, eventualidad que determinaría una competencia más reñida en la segunda vuelta, con ligera ventaja para el senador de izquierda, competencia final en la que contaría el millón de votos, o poco más, que sumarían en primera vuelta los candidatos centristas.

Ricardo García Duarte

Foto tomada de: RTVC Noticias

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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Dra. Carolina Corcho Mejía, Presidenta Corporación Latinoamericana Sur, Vicepresidenta Federación Médica Colombiana

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