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Un suizo valiente

23 febrero, 2026 By Pepa Úbeda Leave a Comment

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Como ha dicho Jon Halliday, Suiza es un Estado mercenario internacional, al servicio del militarismo feudal primero y del capitalismo mundial después.

Crítico con los poderes fácticos

Jean Ziegler, con un largo recorrido vital —ya ha entrado en los noventa—, ha adquirido mala fama entre los poderosos.

Ha escrito más de 30 libros, ha estado 30 años en el Parlamento y se ha pasado la vida acusando a Suiza y su desmesurado influjo sobre el resto del mundo.

Viajar por todo el planeta desde muy pronto lo puso en contra del sistema capitalista, marcado por imperialismo y racismo. Le bastó constatar el genocidio del rey belga Leopoldo II en el Congo, la masacre de la Francia colonial en Argelia y el Chipre anexionado por los británicos.

Verificó que Suiza fijaba los precios especulativos en mercados de productos muy alejados de allí. No importaba el hambre que esas especulaciones supusiesen para grandes masas de población. También comprobó que los ladrones de inmensas fortunas de países con poca o nula democracia, depositaban sus robos en cajas acorazadas suizas, cuyos administradores, los bancos, se sentían orgullosos de separar sangre de dinero. Como guarida del mundo, el bienestar del pueblo suizo depende en parte de la muerte, la guerra y la hambruna en esos países.

¿Por qué pasó de conservador a izquierdista?

Aunque fue conservador al principio como su familia, pronto empezó a ver «cosas raras».

Estudió Derecho en Berna, pero le interesaba más la Sociología y se marchó a París a estudiar, donde entró en contacto con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, quienes lo iniciaron en el marxismo y le informaron acerca de la carnicería que Francia había provocado en Argelia. También conoció al jesuita Michel Riquet, héroe de la Resistencia y gran protector de los pobres. Como consecuencia, rompió con la burguesía y el protestantismo.

Fue expulsado de Francia al enfrentarse a la actuación colonial francesa en Argelia. Al volver a Suiza, empezó a trabajar en Derecho Corporativo, pero lo odiaba, y se trasladó a estudiar Sociología a la Universidad de Columbia. No duró mucho, porque no se sentía a gusto en Nueva York.

Tras enviar muchas solicitudes de empleo, un periódico cubano le dio trabajo como colaborador. Y, en 1961, trabajó como traductor del francés para un funcionario británico en misión al Congo. El país acababa de independizarse, pero Bélgica y los EEUU respaldaron un golpe que acabó con el presidente elegido democráticamente —Patrice Lumumba— a manos del asesino, ladrón, anticomunista fanático y megalómano Mobutu Sese Seko, cuyo único objetivo era enriquecerse. Cuando Ziegler supo que este genocida había desviado importantes sumas de dinero a diferentes bancos suizos, lo político se hizo personal: mientras los niños congoleños se morían de hambre, los oligarcas suizos recibían con los brazos abiertos al asesino.

Dos años más tarde, conoció al Che Guevara. Estuvo a su servicio y al de un grupo cubano y durante dos semanas. Les pidió que lo dejasen ir con él para hacer la revolución. Pero el Che le dijo que hacía más papel en las revoluciones dentro de Suiza que en los países revolucionarios y Ziegler estuvo de acuerdo en que su país tenía algo muy útil para el capitalismo. En efecto, sus poderes económicos intervienen discretamente en un entramado financiero y multinacional que mantiene a los países pobres dependiendo de los bienes, el armamento y el dinero occidentales. Disfrazan sus prácticas financieras de respetables, serias y neutrales para evitar sospechas, pero es el comercio mercenario de toda la vida.

Demandas millonarias

Según Ziegler, Suiza es la cómplice del capitalismo y culpa al calvinismo de esconder, blanquear y mimar la riqueza procedente de todo el mundo. Desde el siglo XVI, el dinero tiene un carácter «divino» en Suiza: tenerlo, aceptarlo, contabilizarlo, acumularlo, especular con él y sacarle rendimiento se considera una actividad magnífica y loable.

Riqueza en manos de entidades bancarias y empresas farmacéuticas, agrupaciones comerciales y multinacionales suizas, de todo el país, involucradas en el tráfico de drogas y el abuso de los derechos humanos.

Pocos remordimientos manifiestan ante los maletines que les llegan con dinero procedente de Portugal o la República Dominicana, agencias inmobiliarias que encuentran discretas viviendas a orillas de los lagos suizos para jeques árabes y coroneles de Guatemala y empresas subsidiarias —de Dow Chemical y Honeywell, por ejemplo— para supervisar ventas de napalm y minas explosivas terrestres.

De la famosa «neutralidad» política dice que es un excelente dividendo para generar más ingresos todavía y crear espacios seguros. Suiza no es un Estado-nación, sino una asociación defensiva-delictiva.

Según él, se trata de una democracia ultrapopulista basada en referéndums. Sin embargo, el Gobierno helvético depende exclusivamente del capital y su estructura política es escandalosamente flexible, aunque los suizos cuentan con «vallados» totalmente infranqueables.

Las denuncias le han acarreado demandas millonarias que lo han arruinado.

Quienes no pagan impuestos para mantener el bienestar social

Suiza dice que rebajó impuestos —como ocurre en todos los paraísos fiscales— para atraer negocios. Miente: lo hizo cuando países más democráticos, como Francia y Alemania, subieron impuestos a los más ricos. Luxemburgo no tardó en imitarla. Pero no solo se enfrentaban así a países democráticos, sino que también azuzaban a los cantones suizos entre sí para hacer mejores ofertas.

En 1934, el país asegura que instauró las leyes del secreto bancario para proteger a los posibles perseguidos extranjeros en países como Alemania. Falso. Ocurrió tras un gran escándalo. En 1932, la policía francesa recibió el soplo de que había una reunión secreta en un piso en los Campos Elíseos entre un banco de Basilea y miembros de la alta sociedad francesa para ofrecerles asesoría fiscal. Había más de 2000 clientes franceses reacios a pagar impuestos: obispos, generales, editores de periódicos, senadores, un ministro, la mujer de un famoso perfumista y Armand Peugeot. Su riqueza conjunta equivalía a la quinta parte del PIB suizo. Para evitar problemas en el futuro, el Parlamento suizo convirtió en delito federal la revelación del nombre del propietario de una cuenta numerada. Asimismo, la evasión de impuestos en el país no es un delito penal sino civil.

Suiza se convierte en un «agujero negro»

De la globalización y la regulación a partir de entonces: efectivo, oro, bonos y demás valores entraron en estampida.

A lo largo de la Segunda Guerra Mundial, el vínculo entre banqueros suizos y nacionalsocialistas alemanes fue intenso e íntimo. La «hucha» personal y política de Hitler estaba en Suiza, que también funcionó como caja fuerte del Tercer Reich. Una Suiza muy distinta de aquella que fue refugio, a partir del siglo XVI, de protestantes, comunistas, anarquistas y antibelicistas durante la Primera Guerra Mundial. Con todo, la opinión del pueblo suizo respecto del Tercer Reich es muy negativa.

En resumen, un país de solo 42.000 km2 y una población inferior a diez millones de habitantes es un poderosísimo centro extraterritorial que gestiona el 27% de las fortunas mundiales deslocalizadas.

Y no sirve que los poderes fácticos digan que ya no es un paraíso fiscal, porque la «materia prima» de Suiza es el dinero, mayoritariamente extranjero.

Ziegler ya no está solo

Lo denuncia todo y le han retirado la inmunidad parlamentaria, por lo que tiene que pagar aún más demandas judiciales. Pero ya no está solo: lo acompañan activistas políticos y periodistas que reciben la protección del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.

Gracias a personas como Ziegler, se ha incidido en el debate público, la justicia, la equidad, la desigualdad y los refugiados.

Este artículo toma como referencia el libro de Atossa Araxia Abrahamian, Dónde se esconde el dinero.

Pepa Úbeda

 

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Filed Under: Revista Sur, RS Desde el sur

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