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Un mundo sin brújula, pero con hegemonismos imperiales cruzados

12 enero, 2026 By Ricardo Garcia Duarte Leave a Comment

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El golpe de Donald Trump, casi como una herida de bayoneta, el que asestó al gobierno de Venezuela, incluido sobre todo el secuestro de su “hombre fuerte”, Nicolás Maduro, define un punto de inflexión en el orden mundial, lo define en el curso mismo de los vínculos entre la política internacional y la política interna de cada nación; políticas a veces separadas en el espejismo que ofrecen las relaciones entre Estados; pero otras veces muy interdependientes, particularmente por los nexos económicos que se saltan las fronteras; pero no solo por ellos; también por las determinaciones políticas, nacidas de la fuerza, del hardpower, sin respetar soberanías ni autonomías territoriales.

En medio de cierto caos después de la Guerra Fría; o sea, de los fundamentalismos; de los conflictos ambiguos y multicausales; del terrorismo y las guerras oblicuas; en medio de ese maremágnum que sobrevino en los márgenes pero también en los intersticios del sistema internacional, se abrían paso dos macro-parámetros: uno en el orden inter-estatal, otro en el sistema interno de las naciones; todo ello, si se permite la utilización de conceptos acuñados por el perspicaz y muy sistemático James Rosenau.

El primero podría cifrarse en esa línea que envuelve la cooperación y el multilateralismo; en otras palabras, que sigue el trazo de una cierta globalización liberal. El segundo se referenciaría con los avances de la democracia en un número creciente de países, así estuviera llena de imperfecciones. Dicho de otra manera: por el imperio del ciudadano global, sujeto destacado por Fukuyama, bajo una perspectiva conservadora; y también por el recordado Rosenau, con un matiz liberal.

Las condiciones de la coyuntura

La operación militar que terminó en lo que EEUU consideró como una captura judicial, la de Nicolás Maduro – ese presidente de un régimen que se robó descaradamente las últimas elecciones presidenciales en el vecino país – es una acción ilegal que desconoce  de un plumazo la soberanía nacional de Venezuela; viola además su integridad territorial, parte sustancial de los principios que fijan el norte de las relaciones inter-estatales… y claro, también golpea a un régimen autoritario, impermeable a las movilizaciones ciudadanas promovidas por la oposición. Todo lo cual podría entrañar en efecto un progreso interno de la democracia y la libertad, hipotéticamente patentado con la reciente liberación de presos políticos.

Solo que el restablecimiento del orden democrático no es la preocupación mayor del agente externo, en este caso el gobierno de Donald Trump; y ni siquiera hay seguridad de que sea uno de sus propósitos en el corto o mediano plazo. Este vacío de proyecto democrático sería llenado por el control del orden interno, a la manera de un “protectorado”, característico de los tiempos coloniales; y ejercido a través de un régimen interno “fantoche”, por su naturaleza; el mismo que sin embargo conservaría un margen para la retórica populista, incluso para el discurso nacionalista; algo parecido a lo que hacía el mogol Akbar, monarca ocupante, con los rahjas y pequeños reinos en la India del siglo XVI.

Los intereses estratégicos

Si se piensa en puntos de inflexión dentro del orden internacional; es decir, en modificaciones, regresivas o progresivas, hay que detectar los intereses en juego y calibrar los equilibrios en perspectiva.

En Venezuela había por supuesto una crisis política, a raíz de la degradación en términos autoritarios del régimen. Pero aparte de esa circunstancia, resulta evidente que dicho país poseía una significación estratégica, dado su peso en la producción de petróleo y sus inmensas reservas, especialmente en la Cuenca del Orinoco.

Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, aprovecharon dicha crisis para mover una verdadera ciudadela flotante de poderío naval y aéreo en el mar Caribe, frente al país suramericano, con la mira puesta en un golpe demostrativo de su fuerza y de su inteligencia militar, a fin de propiciar por medio de la supremacía armada el control del petróleo, ya no de liberar al pueblo venezolano, como lo ha señalado el columnista del New York Times, Thomas L. Friedman. El presidente de los Estados Unidos quiere recibir de Venezuela unos tres o cuatro millones de barriles, en el término de la distancia, para comercializarlos, de modo que los ingresos resultantes vayan a unos fondos administrados por la potencia hemisférica, con beneficios dice Trump en favor “del pueblo norteamericano y también del pueblo venezolano”, según sus personales criterios de empresario quién lo duda.

Es un volumen que desea aumentar pronto a 50 millones de barriles, mientras atrae a las compañías de su país, a fin de que inviertan y exploten el oro negro venezolano; y que lo hagan en las condiciones más rentables para los Estados Unidos; es un plan en el que ciertamente han mostrado mucha cautela dichas corporaciones, temerosas de que no se ofrezca un marco de procedimientos claros y estables. Por lo que se ve, se trata de un colonialismo en toda la regla, cuando están en juego los recursos estratégicos, algo que también debiera tener en ascuas a los poseedores de “tierras raras”

De paso, ambos personajes buscan nivelar los equilibrios globales, aquellos que definen la correlación de fuerzas entre los EEUU, China y Rusia, notablemente entre la super-potencia norteamericana y la China emergente, dispuesta a “no ser humillada nunca más”. El objetivo es despojar a otras potencias competidoras de cualquier injerencia en el país suramericano, una Venezuela en la que ya habían conseguido avances importantes.  Apalancado en la nueva doctrina ultra-conservadora del movimiento MAGA, Trump conseguiría reeditar la Doctrina Monroe: “América para los americanos”, sin dejar de revalidar la visión del “patio trasero”, modelo continental de las “esferas de influencia”, en un mundo de grandes poderes internacionales.

¿Y las democracias internas?

Con muchas de las decisiones internas que ha tomado la Administración Trump, ha terminado por abrir un catálogo de inclinaciones autoritarias que se manifiestan en campos como el equilibrio de poderes, la militarización de la vida civil y la persecución a los opositores. Es una línea de restricciones a la democracia y al Estado de derecho, agenciadas con medidas de carácter ilegal que, además, se alejan de los cánones constitucionales. Es algo que dejaría al descubierto un nexo entre el autoritarismo interno y el intervencionismo militar externo.

Por otra parte, esa misma doctrina conservadora en seguridad, dictada por el MAGA, ve en Europa Occidental un continente en abierta decadencia, al ser supuestamente permisivo con la inmigración; en el mismo sentido, le critica a sus gobiernos la resistencia desplegada contra los partidos populistas de extrema derecha, estos últimos, una alternativa con los que se sentiría más cómoda la actual Administración de los Estados Unidos, de acuerdo con el Vice-presidente Vance en un simposio en Münich sobre el tema de la Seguridad.

A lo cual, debería agregarse el famoso “corolario Trump”, remate actual de la ya recordada Doctrina Monroe de 1823, una forma de materializar la renovada presencia de los EEUU, en América Latina, acompañada por presión más intensa en el horizonte envenenado de una subordinación consentida. Todo lo cual podría representar la existencia de menores márgenes para las democracias y mayores restricciones a la libertad, condiciones ambas dictadas por el desiderátum compartido de una dependencia frente a la hegemonía de un poder externo, en condiciones de siderar (de hacer orbitar) a los otros actores estatales, en una especie de sistema planetario particular.

Un futuro inmediato poco alentador

Los atentados contra la soberanía nacional y contra la integridad territorial quedan asociados con el impulso expansivo de las viejas y nuevas potencias; quizá el de los tres imperios que van estructurando en el mundo los órdenes del poder, un proceso amparado en la razón de la fuerza, que muchos en América Latina no entendieron desde cuando la Federación rusa, Putin a la cabeza, invadió a Ucrania con su llamada Operación Militar Especial, mientras en Estados Unidos se aproximaba un cambio electoral de gobierno, el mismo que dejaría instalado en el poder a Donald Trump, con el emblema izado del Make America Great Again.

Esta división geopolítica de imperios, cada uno con sus especificaciones, forzará la constitución de esferas de influencia, igualmente una redistribución del poder, ahora bajo la lógica de la fuerza y al calor de un incremento en las limitaciones de la democracia, el mismo sistema político que precisamente no florecerá muy pronto en Venezuela y que por otra parte estará amenazada en Francia, entre otros Estados, nación en la que sube como una marea la influencia del partido de Marine LePen, el de extrema-derecha, con su deletérea carga de xenofobia, por no hablar ya de Alemania, en la que asecha amenazante la AFD, movimiento nacionalista de derecha.

Para contrarrestar esas tendencias nocivas van a hacer falta Estados fuertes de carácter democrático, una nueva conciencia progresista, un diálogo desprovisto de falsedades y la movilización ciudadana. La piedra de toque de esta resistencia humanista y universal será la propia oposición al interior de los Estados Unidos, en donde las elecciones de mitad de período, las de noviembre, podrían transformar los términos de la ecuación, si los del partido demócrata logran la mayoría en el Congreso, así sea solo en una de las dos cámaras.

Ricardo García Duarte

Foto tomada de: BBC

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